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COLUMNISTAS / De que se trata
sábado 18 mayo, 2019

Acecha el populismo

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por Félix Lonigro

Foto: Cedoc

Suele hablarse mucho del “populismo” y de sus consecuencias, pero es difícil dimensionarlas si no se entiende bien de qué se trata.

En primer lugar es necesario advertir que el populismo no es una sistema político, sino un estilo de conducción en el que los gobernantes tienen un único objetivo: permanecer en el ejercicio del poder para enriquecerse a costa del erario público. En los sistemas democráticos y republicanos, en los que,

espectivamente, el pueblo es el titular del poder político y en los que existe una renovación periódica de autoridades, los gobernantes solo pueden alcanzar aquel objetivo haciéndole creer hipócritamente al pueblo que lo ha elegido, que su principal preocupación es verlo feliz, cuando lo único que les interesa es beneficiarse en forma personal. Pues para que ese estilo populista de gobernar se impregne en la sociedad, se requiere sembrar en ella las semillas de la pobreza e ignorancia, o bien las del fanatismo irracional.

Los gobernantes populistas necesitan a los pobres, porque se valen de sus necesidades para manipulearlos por medio de subsidios y prebendas a través de las cuales generan dominación y dependencia. Es por tal motivo que a los populistas no les interesa lograr que los pobres dejen de serlo; por el contrario, los multiplican, les declaran amor incondicional, y lo hacen en el marco de discursos emotivos  y teatralizaciones públicas. De allí que jamás un gobernante populista permitirá que se conozca cuántos son los pobres e indigentes de los que tanto se valen para lograr sus perversos objetivos.

El populista también necesita ignorantes, porque solo a ellos se los puede engañar fácilmente, haciéndoles creer que existen enemigos por doquier que desean perjudicarlos (la derecha, los “gorilas”, los “fachos”, los “buitres”, etc.), y en ese contexto se erige en una suerte de salvador supremo dispuesto a luchar contra esos supuestos enemigos a los que jamás denuncia ante la Justicia, simplemente porque no existen como tales.

El populista necesita dotar a su pretendida epopeya épica, de un relato impregnado de falsedades y sofismas que se difunde constantemente a través de interminables arengas, discursos, cadenas nacionales y actos políticos en los que proliferan los infaltables “aplaudidores profesionales”, con la finalidad de provocar ese fanatismo “anulador de mentes”, a partir del cual se descalifica a los opositores, se los declara enemigos del pueblo y se generan grietas insalvables que no solo aumentan las tensiones sociales, sino que llegan a destruir grupos de amigos, familias y hasta parejas. Es por ello que los populistas tienen un profundo desdén por los límites normativos al ejercicio del poder –justificando sus excesos en la legitimidad popular de su elección– y por el accionar independiente de la Justicia. De allí que pretendan eliminar al Poder Judicial o convertirlo en una guarida de “militantes” que dicten sentencias conforme a sus conveniencias y objetivos, mas no conforme a derecho.

Los populistas adoran a la democracia, pero detestan al sistema republicano; afirman falazmente que respetan las normas y califican a las denuncias de corrupción en su contra de “intentos desestabilizadores” provocados por los enemigos cuya existencia invocan permanentemente.

Ignorancia, pobreza, fanatismo y corrupción, son los pilares en los que se sustenta el imperio de los gobernantes populistas, tales como lo fueron los Kirchner en la Argentina, los Castro en Cuba, los Correa en Ecuador, los Morales en Bolivia, los Chávez y Maduro en Venezuela, los Ortega en Nicaragua, y también Rousseff y Lula en Brasil. Sin embargo, en la Argentina, cuando faltan menos de tres meses para las primarias y algo más de cinco para las elecciones generales, inexplicablemente las encuestas aún pronostican la probabilidad de que triunfe en las urnas la líder de uno de los gobiernos más populistas y corruptos que alguna vez haya gobernado a la Argentina, actualmente multiprocesada en diversas causas judiciales.

Así las cosas, si es cierto aquel apotegma democrático en función del cual los pueblos tienen los gobiernos que se les parece, es tiempo de empezar a analizar en qué tipo de sociedad estamos viviendo.

 

*Profesor de Derecho Constitucional UBA, UAI y UB.


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