01 dic 2020
COLUMNISTAS |ídolos
viernes 20 noviembre, 2020

Activismo del yo

Foto: Cedoc

Con la publicación de Mi lucha, “la masiva autobiografía objetivista y meganarcisista de Karl Ove Knausgård”, como definió Nicolás Mavrakis en un artículo, la “literatura del yo” entretuvo a la crítica durante varias temporadas, para ir cayendo en el desprestigio. En consonancia, el concurso literario impulsado por Mariana Enríquez para el Fondo Nacional de las Artes estuvo este año dedicado al terror, la ciencia ficción y el género fantástico y, aunque cerró envuelto en críticas por su especificidad, muchos celebraron, justamente, que lo autobiográfico en plan “te voy a hablar de mí” quedara fuera de competencia. Más allá de las cualidades estilísticas de sus cultores, los libros en los que el autor y su derrotero vital son protagonistas hacen fantasear con un individuo que relee sistemáticamente su propia historia, como si mirara un viejo álbum, con mayoría de fotos propias. 

Sin que medie un mamotreto literario, en las redes, miles de usuarios disimulan la celebración personal bajo disciplinas como la sociología, la política, la filosofía, el periodismo, la psicología o el couching. Un activismo en función de uno mismo que se reviste de difusión de buenas causas, motorizando un mercado de ideas repetitivas en formato video, curso, libro, viñeta o productos de consumo cotidiano, como remeras. Sin guardar relación con mejoras sociales comprobables, apela a lo colectivo mediante frases vacías, confirmando en demasiadas ocasiones lo dicho por la pensadora norteamericana Nancy Fraser: “Activismos sociales que son una suerte de coartada para que las políticas económicas reaccionarias parezcan emancipatorias”. 

En los casos más febriles de autopromoción, el vicio de acumular despunta inevitablemente. “El avaro se hacía trasladar por la mañana al lugar situado entre la chimenea de su cuarto y la puerta de su despacho, lleno sin duda de oro; para permanecer inmóvil y mirarlo”, releí hace poco en Eugenia Grandet y me figuré a otro tipo de avaro, menos brutal y más contemporáneo, aunque igual de laborioso cuando se trata de acopiar likes y seguidores. Pero hay algo más subterráneo –y quizás innominable– que conecta al autobombo del siglo XXI con la idolatría del pasado, los fetiches del padre de Abraham con el timeline de Twitter, el feed de Instagram y el muro de Facebook. “La vida del avaro es un constante ejercicio del poder humano puesto al servicio de la personalidad”, escribió también Balzac sobre el viejo Grandet, quien guardaba con sus riquezas una actitud similar a la del que se prosterna ante un símbolo divino. Cuando no hay Dios ni oro para amontonar y los ídolos probaron ser de barro, los activistas del yo se solazan con el modestísimo rito de adorar la versión mejorada de sí mismos a la que han dado vida en las pantallas.


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