miércoles 18 de mayo de 2022
COLUMNISTAS opinión
15-05-2022 02:06

Al borde del abismo

La idea va por el lado de que los protagonistas podrían ser los cineastas, un grupo familiar creativo y cooperativo que representa a un medio cultural.

15-05-2022 02:06

Una idea me ronda aunque no sé bien cómo expresarla y ni siquiera sé si es una idea. Sea lo que fuere, surge de cuatro películas argentinas que vi en el Bafici, todas producidas por fuera del Incaa. La primera es Clementina de Constanza Feldman y Agustín Mendilaharzu. Es una producción de El Pampero, la sólida usina cinematográfica de Mariano Llinás y sus socios que producen a bajo costo y con gran eficiencia. Filmada en la pandemia con un plan de rodaje de precisión bélica, Clementina es una proeza que derrocha el ingenio y la solvencia que corresponden a un modo de hacer cine que aborrece el vacío. Pero no quiero hablar de los méritos de la película sino del mundo que la representa encarnado en una pareja de clase media que intenta sobrevivir a las dificultades de la vida cotidiana y a sus propias neurosis en el absurdo contexto de las restricciones sanitarias. La idea va por el lado de que los protagonistas podrían ser los cineastas, un grupo familiar creativo y cooperativo que representa a un medio cultural. 

La segunda película es Amancay, de Máximo Ciambella, otra producción independiente. Aquí los personajes son también un grupo de amigos, pero estos son solteros dedicados a sus actividades artísticas y perdidos en sus relaciones sentimentales. La protagonista es actriz, bailarina, flautista, gimnasta y sus amigos son una versión menos establecida del arquetípico matrimonio clasemediero de Clementina. Filmada en blanco y negro a lo largo de varios años, Amancay tiene la huella del cine de una generación anterior (Rejtman, Piñeiro) sobre porteños jóvenes, solos y un poco tristes ligados al mundo artístico, especialmente al teatro. Las dos películas difieren en su tono, en su estética y en su apego al realismo, pero operan en una ciudad y en una clase que los contiene y que, más allá de sus coqueteos con el espiritismo o con el Gauchito Gil, se estacionan en un espacio relativamente protegido contra las calamidades, al que no son ajenos ni la CABA ni el BAFICI. 

Otro asunto es Smog en tu corazón, de Lucía Seles, un melodrama del que participan el dueño y los empleados de un club de tenis y no se parece a nada que haya dado el cine argentino. Los personajes, autistas alternativamente entrañables e insoportables, emiten desde sus berretines infantiles un sordo grito primal que expresa la necesidad de recurrir a la infancia para que los defienda del mundo de la normalidad que fingen encarnar. Smog en tu corazón funciona como una interpelación al mundo de estabilidad propio de ese cine festivalero, que se atrinchera en su consistencia y su endogamia. 

Finalmente, la cuarta película, Carrero, de Fiona Lena Brown y Germán Basso, cruza la General Paz e intenta hablar de ese otro país que apenas se roza con el de los artistas del teatro porteño. Película inteligente y frágil con adolescentes y caballos, muestra el abismo que separa al fortificado mundo del cine y el teatro de la precariedad conurbana donde la vida hace lo posible por manifestarse contra todo pronóstico. ¿Y la idea? Creo que el cine independiente está afirmado en sus certezas y sometido a una presión que le evoca terrores que no se atreve a nombrar. Como si las dos primeras películas estuvieran amenazadas por las otras dos sin que nadie se de cuenta de lo que ocurre.

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