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COLUMNISTAS / aprendizajes
viernes 27 julio, 2018

Años de inicio

Nada más placentero y a la vez más crepuscular que el acto de hacer memoria sobre el tiempo de los comienzos.

por Daniel Guebel

Portal Perfil.com Foto: Perfil.com

Nada más placentero y a la vez más crepuscular que el acto de hacer memoria sobre el tiempo de los comienzos. Escribir fue, desde el principio, sujetarme a las condiciones de una libertad de invención que oscilaba siempre entre la voluntad de exceso y la sensación de impotencia. El deseo de hacerlo era tan poderoso que anulaba su posibilidad, porque cada palabra efectivamente puesta sobre el papel funcionaba menos como un puente tendido hacia una continuidad que como una limitación de ese anhelo. ¿Brillan las palabras? Al menos, para mí, el brillo era la palabra ajena, la obra de los otros escritores, lo inimitable que no se podía tomar. A eso se sumaba que el continuo devorar de libros (durante años, al menos tres por día) no me volvía más sabio, técnicamente hablando. Por las noches, terminaba con dolor de cabeza, abombado. Si tuviera que adelantar una conclusión, diría que escribí para enseñarme a leer, restituyendo en la tardanza lo que no aprendí en el deslumbramiento propio de los primeros descubrimientos. Aunque mi tono general sea la melancolía, no hay en esta admisión ningún rasgo melancólico. En realidad, es una tarea ardua, que tal vez ocupe toda una vida: volver a traer a la luz lo que no pudo verse o lo que uno se ocultó a sí mismo que veía. De eso quizás trata mi famosa formulación (famosa solo para mí): “Escribir es ordenar la biblioteca”. La literatura leída como una colección de piezas dispersas, hundidas entre las capas de polvo y falso olvido que acumula el tiempo, la escritura como una arqueología del inconsciente literario que hace aflorar lo oculto de lo leído para que ese tesoro adquiera el resplandor inicial, que la vista estrábica del escritor no detectó a la primera mirada, pero que sin embargo supo preservar para cuando pudiera usarlo.

Pese a todo, hay un aprendizaje, pero no se trata de un dispositivo instrumental sino de un modo de selección, oscuro para uno mismo.


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