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Aquí no pasa nada

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CABA. Los locales comerciales que cerraron superaron en un 58,6% en comparación a 2024. | cedoc

Según diferentes estudios, en el último cuatrimestre de 2025 la pobreza, tras descender algunos puntos, volvió a subir y ya afecta a uno de cada tres argentinos. La inflación no dejó de escalar mes a mes a lo largo del año y aceleró en el tramo final. Los precios reales y el bolsillo indican que las cifras del Indec, siempre sospechosas, se quedan cortas en su medición. En el período septiembre-octubre de 2025 los locales comerciales que cerraron sólo en la Ciudad de Buenos Aires superaron en un 58,6% a los que lo habían hecho en el mismo lapso de 2024, de acuerdo con datos de la Cámara Argentina de Comercio y Servicios (CAC). Desde noviembre de 2023 hasta septiembre de 2025 se verificó el cierre de 20.134 empresas y la pérdida de 154.382 puestos de trabajo en todo el país, según cifras del Instituto Argentina Grande. A estos indicadores objetivos se suman las experiencias personales de quienes repiten frecuentemente, tanto ante encuestadores e investigadores como en conversaciones circunstanciales, que no llegan a fin de mes, que recortaron gastos y hábitos llevando sus vidas y las de sus familias a un minimalismo inédito. Algo confirmado por las mermas en colegios privados, los cierres de restaurantes, las deudas que se acumulan en el pago de tarjetas, de créditos, de expensas y de alquileres.

Un porcentaje significativo de las personas a quienes afecta el panorama descrito votó en las elecciones legislativas de octubre pasado a candidatos del oficialismo y había elegido al gobierno libertario en 2023. En ambos casos, para terminar con una década de kirchnerismo (es decir, de corrupción, ineficiencia, clientelismo obsceno, deterioro de servicios, nepotismo y variadas formas de rapiña) o para impedir su regreso. A las razones reales de ese hartazgo y ese temor se sumó un relato hábilmente construido y divulgado por redes y por medios funcionales para aumentar la paranoia.

Al mismo tiempo, la Argentina mudaba de un populismo de izquierda a uno de derecha, de cara mucho menos “progre” que el anterior, y mucho más fanático, desfachatado e insultante. Esto significó, en el orden externo, salir del club de dictadores obsoletos (los Chávez, los Maduro, los Castro, los Evos) y entrar en la órbita de figuras retrógradas, intolerantes y destructoras del orden mundial como los Trump, los Orban, los Bolsonaro, los Erdogan o los Bukele. En ambos casos a altos costos éticos y morales para el país. Y en paralelo los discursos anticasta y anticorrupción nunca fueron confirmados por la realidad. La casta sigue viva y saludable, enquistada en funciones gubernamentales y en sectores económicos clave, y toda denuncia de corrupción, por más pruebas que se aporten, duerme como de costumbre en cajones de Juzgados a la espera de un despertar tardío en un próximo régimen.

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Todo esto ocurre ante la llamativa pasividad de una sociedad que parece anestesiada o, peor, profundamente deprimida, que no reacciona ni ante lo que la afecta ni ante lo que daña su dignidad, especialmente en los sectores directamente victimizados por esta situación. También, como es habitual, muchos de los que eligieron (y reeligieron) esto dirán en su momento, cuando el rey se vea inocultablemente desnudo, que no lo votaron. Pero, aunque se pretendan ingenuos o inocentes, los pueblos construyen sus destinos con sus conductas colectivas. El implacable humorista catalán Jaume Perich (1941-1995) decía: “Gracias a la libertad de expresión hoy ya es posible decir que un gobernante es un inútil sin que nos pase nada. Y al gobernante tampoco”. Más adusto y filosófico el gran George Orwell (1903-1950), autor de la imperecedera 1984, advertía: “Hasta que no tomen conciencia no se rebelarán, y sin rebelarse no podrán tomar conciencia.”

*Escritor y periodista.