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Por qué la derecha ama a Pasolini

Hay una forma muy reconocible y muy contemporánea de leer a Pier Paolo Pasolini (el último Pasolini, el de 1974-75) sin leerlo realmente: tomar una frase escandalosa, arrancarla de su sistema de tensiones y convertirla en prueba retrospectiva de que “en el fondo decía lo mismo que nosotros”. Así ocurre con su artículo “Contra el pelo largo”, así ocurre con los numerosos textos sobre el aborto, y así ocurre también con una de sus frases más malinterpretadas: “Demasiada libertad sexual los volverá terroristas”.

Leída en crudo, la frase parece confirmar al Pasolini profeta del orden, al intelectual que habría anticipado el caos moral contemporáneo. Pero Pasolini no hablaba desde el miedo a la libertad, sino desde el miedo a su falsificación. Y eso es exactamente lo que está en juego tanto en su ataque al pelo largo como en su postura sobre el aborto.

Cuando Pasolini escribe contra los melenudos, no lo hace como un conservador ofendido por la estética juvenil: lo hace como un semiólogo desesperado ante la velocidad con que un signo de oposición es absorbido por el poder. El pelo largo había sido, en un primer momento, un gesto mudo de rechazo: no una moda, sino un lenguaje que Pasolini entendía y aprobaba. Pero ese lenguaje terminó siendo capturado, estetizado, distribuido y finalmente vaciado de sentido. El poder no lo reprimió: lo adoptó. Y al adoptarlo, lo neutralizó.

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Con el aborto ocurre algo estructuralmente idéntico. Pasolini dice: estoy contra el aborto, y al mismo tiempo afirma: pero estoy a favor de su legalización. La derecha suele citar la primera parte y silenciar la segunda; el progresismo suele hacer lo contrario. Pero ambas mitades forman una sola idea. Estar contra el aborto, para Pasolini, no era una consigna moral sino el duelo por una catástrofe antropológica: una sociedad que ya no sabe pensar la vida fuera de los términos técnicos del poder. Estar a favor de la legalización era impedir que ese mismo poder ejerciera violencia penal e hipócrita sobre los cuerpos.

La frase sobre la libertad sexual entra exactamente ahí. Cuando Pasolini advierte aquello sobre la libertad sexual y el terrorismo, no está denunciando el exceso de sexo o de permisividad, sino el exceso de permisividad administrada. Libertades concedidas desde arriba, sin conflicto, sin espesor simbólico, sin peligro ni riesgo real. Libertades que no liberan, sino que integran. El resultado no es emancipación, sino frustración: sujetos a los que se les promete todo en el plano del cuerpo y nada en el plano del mundo.

El “terrorista” pasoliniano no es el militante armado, sino el producto final de una sociedad que reemplazó la represión por el consumo de transgresión. El pelo largo permitido, el aborto gestionado, la sexualidad liberada y mercantilizada: todos signos de una misma operación. El poder ya no necesita prohibir, le alcanza con ofrecer.

Por eso la apropiación contemporánea de Pasolini es tan superficial. Se lo presenta como profeta conservador cuando en realidad fue un crítico feroz de la normalización. Cuando decía estar contra el pelo largo no pedía tijeras: denunciaba la absorción de la rebeldía por la moda. Cuando decía estar contra del aborto, no pedía castigos: señalaba una derrota cultural. Cuando hablaba de libertad sexual, no pedía censura: advertía sobre una libertad vaciada de sentido.

Pasolini no temía al deseo, temía a un mundo donde el deseo ya no dice nada, donde los signos circulan sin significado y la rebeldía viene lista para usar. Entonces, cuando ciertos espacios de la derecha italiana –es decir, la derecha argentina dentro de un par de años– intentan reclutar a Pasolini como “conservador” o “profeta”, el chiste es que Pasolini ya describió meticulosamente ese mecanismo: el poder tomando signos, domesticándolos y poniéndolos a disposición de los consumidores.