La película Valor Sentimental (Sentimental Value) de Joachim Trier lleva ya varias semanas en la cartelera de Madrid al igual que ocurre en Barcelona y en otras ciudades europeas. El premio del jurado en Cannes puede ser un indicador para parte de la audiencia que acude a verla, pero no necesariamente para la numerosa cantidad de espectadores que está convocando en tiempos de salas vacías.
¿Qué es lo que atrae de esta película? Hay que descartar su posible dosis de autoayuda a través del beneficio que promete el título con semántica financiera. El crítico de El País la denostó, en cambio, por su “intensidad nórdica” deudora del cine de Ingmar Bergman.
Más allá de estas apreciaciones geográficas, la matriz escandinava del equipo artístico de la película no remite a Bergman y aunque se trate de una historia intimista hay un tono y una distancia más ligera que en el cine del director sueco. Joachim Trier, incluso, a la hora de citar, lo hace recordando una escena de Otra mujer, de Woody Allen, cuando un personaje escucha a través del sistema de calefacción el diálogo que se produce en el gabinete de una psicoanalista.
La trama de la película recurre a la representación, en el arte y en la vida, y quizás sea este el tema, el eje conceptual que se va desenhebrando a lo largo de las dos horas con la relación de los personajes. ¿Quiénes somos ante los otros? ¿Qué hay detrás de quien nos está mirando?
Valor Sentimental plantea la relación crítica entre un padre, Gustav, interpretado por Stellan Skarsgård y sus dos hijas, en especial una de ellas, Nora, Renate Reinsvex, la protagonista y su hermana Agnes, Inga Ibsdotter Lilleaas, en el marco de una familia que arrastra una historia alrededor de una casa del siglo XIX, propiedad que pasa de una generación a la otra y que ahora es el marco dramático de estos personajes.
El padre, un consumado realizador septuagenario, pretende llevar adelante un último proyecto ambicioso, proponiéndole a Nora, actriz de profesión, el rol protagónico. Esta se niega y a partir de ese desprecio se abre la historia. Nora es el nombre de la protagonista de Casa de muñecas de Ibsen y la referencia no es casual: es Nora la primera mujer que en un escenario, a finales del siglo XIX propone a su marido sentarse y hablar, es decir, es la primera mujer en tomar la palabra.
El juego de espejos y los laberintos de la representación se articulan sin interrupciones en Valor Sentimental ya que el guión de la película que quiere rodar el padre está inspirado en la historia de su madre, quien nació en esa casa y que había sido adquirida por el tatarabuelo. Su idea extrema es rodarla allí, en la casa de todas las mujeres de su vida.
La hija se niega a trabajar con su padre por considerarlo ausente, ajeno a su vida, cargo que su hermana asume, pero tolera. La película avanza y según nos vamos acercando a la última parte de la historia, los personajes se van desvelando poco a poco y cada uno comienza a ver luz en el costado oscuro de los otros para intentar cruzar puentes. Más aún, también se accede a una vista cenital de la gran casona a través de una maqueta y de ese modo Trier expone al espectador, como si fuera un panóptico, las zonas hasta ahora invisibles del hogar. Como una casa de muñecas.
Todo se abre ante nosotros, porque puede que la vida sea sueño, pero seguro, además, es una representación. Mucho más en este tiempo que, con o sin filtros, permite todo tipo de exposiciones e interpretaciones en las que la mayoría podemos perdemos, incluso, a nosotros mismos.
Si poco tiene que ver Trier con Bergman es precisamente, porque no deja de despojar capas a los personajes. Al final fluye la palabra, sin gritos ni susurros.
*Escritor y periodista.