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Aquí y allá

La lectura de Monjeau nos predispone a seguir construyendo esos puentes, valorando a la erudición (la suya) como pieza nodal en ese camino.

11-10-2020-Perfil logo
. | CEDOC PERFIL

Estaría tentado de decir que el último libro de Federico Monjeau –Viaje al centro de la música moderna. Conversaciones con Francisco Kröpfl (Gourmet Musical, Buenos Aires, 2021– es más técnico, establece un diálogo con los lectores a partir de saberes más específicos que sus libros anteriores. En parte es cierto, es más técnico, más específico. Pero si ese no es el concepto central en esta lectura, es precisamente a causa de una palabra mencionada más arriba que, creo, define el proyecto de Monjeau: diálogo. Esa tradición musical, desde principios de siglo XX, corrió el riesgo de convertirse en un campo cada vez más cerrado, compartimentado. En Monjeau, erudito como pocos –o como nadie– en aquellos saberes específicos, esa situación de relativo tabicamiento aparece como un punto a discutir. Sin aceptar condicionamiento alguno, sin jamás hacer concesiones, sin rebajar nunca su rigor intelectual, Monjeau pensaba que había puentes entre las diferentes artes y los lectores. Eso es un crítico: alguien que posee un saber específico capaz de ser compartido, sin disminuir su alcance intelectual. Por supuesto que ese no es un proceso propio de la música, ocurre en todas las disciplinas. A veces tengo la impresión de que los únicos (o casi) que hoy leen poesía son quienes escriben poesía. No falta mucho para que eso pase también con la narrativa, si es que no está ocurriendo ya, al menos con cierto tipo de narrativa. Es esa una situación inaceptable, y la lectura de Monjeau nos predispone a seguir construyendo esos puentes, valorando a la erudición (la suya) como pieza nodal en ese camino. 

Algo no muy diferente señala Kröpfl de sus primeras actividades como compositor en las que “solían estar Tomás Maldonado, Alfredo Hlito, Lidi Prati, Edgard Bayley”, es decir, el compositor de música contemporánea, el discípulo de Juan Carlos Paz, rodeado de pintores y poetas con los que compartía el mismo horizonte de preocupaciones. Así, Viaje al centro… permite una primera lectura, precisamente más específica, acerca del itinerario y las preocupaciones estéticas de Kröpfl, y una segunda –en la que por supuesto yo me sitúo, carente de esos saberes técnicos– que invita a pensar problemas culturales que atraviesan los diferentes campos específicos. Uno de ellos, es la relación entre Buenos Aires y lo que ocurre en Europa, es decir, la vieja pregunta acerca de cómo llegan los conocimientos del centro a la periferia; los problemas de la modernidad periférica, para retomar la fórmula de Sarlo. Una parte importante del libro reside en anécdotas (algunas hermosas, como la de la vitrina en el departamento que alquilaba en la calle Junín, llena de partituras, entre ellas una rarísima de Schoenberg) acerca de la dificultad para hacerse de partituras o escuchar obras de música contemporánea estrenadas en Europa. Monjeau llega incluso a hacerle una pregunta en apariencia trivial, pero que en verdad está llena de implicancias: “¿Cómo se copiaban las partituras?” El libro avanza en ese registro (frases como: “Kagel y yo escuchábamos esas audiciones [de la radio y televisión francesa]. Juan Carlos Paz obtuvo el libro de Schaeffer en el 52, y tanto Kagel como yo tuvimos acceso a su lectura”) hasta llegar a convertirse en una pequeña pieza de reflexión sobre el aquí y el allá, obsesión que, desde el siglo XIX, no deja de rondarnos.