miércoles 17 de agosto de 2022
COLUMNISTAS OPINION

Bien-venida frag-men-tación

11-12-2021 23:55

Tras el big bang de 2001 y la insignificantización del radicalismo, representante mayoritario del antiperonismo, el kirchneroperonismo de Néstor Kirchner y luego su heredera pasaron por un ciclo de ocho años de verdadera hegemonía al no encontrar rival de su tamaño. 
En las elecciones de 2007 Cristina Kirchner obtuvo el doble de votos (45%) que los restantes más votados: Elisa Carrió (23%) y Roberto Lavagna (17%). En 2011 esa diferencia se amplió más que triplicando Cristina Kirchner (54%) a los siguientes dos más votados: Hermes Binner (17%) y Ricardo Alfonsín (11%).  

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Esa última aplastante victoria del kirchneroperonismo y la atomización de todo lo que no estaba contenido por ese espacio nacional y popular generaron simultáneamente dos movimientos: una escisión dentro del kirchneroperonismo, que, siendo tan dominante de la escena electoral, podía aspirar a que solo una parte pudiera ganar, y una aglutinación de fuerzas por fuera del kirchneroperonismo, que, convencidas de no tener ningún destino separadas, estuvieron dispuestas, como el radicalismo y la Coalición Cívica, a ser socias minoritarias de una coalición guiada por otro, en este caso, el PRO.

En las elecciones de 2015, la división de las fuerzas del kirchneroperonismo, entre Scioli (37%) y Massa (21%), le permitió a Macri salir segundo (34%) y ganar en segunda vuelta, dejándole al campo nacional-popular el inexorable mandato de unión si quería volver a ser gobierno. Lo que finalmente consumó en 2019 al ganar en primera vuelta Alberto Fernández (48%) contra Macri (40%).

En síntesis, los movimientos fueron: 1) big bang, 2) primera hegemonía: coalición panperonista con atomización del resto, 3) división de la primera coalición paralelamente a la construcción de la otra coalición, 4) reunificación de la primera coalición y empate hegemónico entre ambas coaliciones. 

Y tras las elecciones de 2021, la confirmación en ambas coaliciones tanto de posibilidades de triunfo como de derrota, siempre por pequeño margen, creó nuevos movimientos dentro de las fuerzas políticas, donde, repuestas de la atomización primitiva del pos big bang dos décadas después se podría estar gestando una fragmentación (diferente de atomización), un sistema de partidos al estilo europeo y hasta brasileño, en que las coaliciones se reagrupan con combinaciones distintas pero manteniendo cada partido o campo político su identidad, con sus internas y luchas de poder. 

Seis colectivos tienen identidad propia: peronismo, kirchnerismo, radicalismo, PRO, libertario y trotskismo. No es tan distinto a Alemania: socialdemocracia, democracia cristiana, liberales, verdes, los conservadores y el poscomunismo.  

Obviamente hay tensiones en las fronteras: en Argentina el socialismo fue unido al radicalismo en su etapa progresista y enfrentado en su ciclo macrista, como en Alemania hubo momentos en que la socialdemocracia (radicalismo) y la democracia cristina (peronismo), rivales habituales de ser cabeza de coaliciones, se unieron en una misma coalición, como sucedió en los últimos años de Angela Merkel, o ahora sin ella, compartiendo coalición los verdes y liberales, a priori poco compatibles, con la socialdemocracia.

Podríamos imaginar en la próxima década combinaciones del peronismo y el radicalismo sin el PRO ni el kirchnerismo. O la más pensable para 2023, por lo menos parlamentariamente, PRO, radicalismo y parte de los libertarios.

La pregunta de fondo es si es más adecuado para la Argentina el modelo norteamericano de dos grandes fuerzas, partidos o coaliciones, o el europeo, con varios partidos que construyen gobernabilidad por alianzas no definitivas, sean electorales o de gobierno, tras competir en las urnas.

La mayoría de los analistas perciben peligro en la fragmentación de las dos coaliciones actuales. Dentro de Juntos por el Cambio, la vacuna serían las PASO, donde candidatos del radicalismo y del PRO se mezclaran en fórmulas combinadas para desalentar una identidad radical y otra PRO.

Pero podría resultar una ventaja tener seis fuerzas que estén obligadas a acuerdos tanto para gobernar como para hacer oposición. Tras la llegada de Trump al poder en los Estados Unidos, el modelo norteamericano perdió superioridad moral frente al europeo continental. Inglaterra, ida de la Unión Europea con un Brexit que se proyecta como un error, es otro ejemplo de los extremismos que produce el férreo bipartidismo anglosajón.

Las tensiones dentro del radicalismo y del PRO no necesariamente podrían ser un síntoma de involución del sistema político argentino. Un ejemplo más pequeño pero ilustrativo se da en las organizaciones privadas. En todas las escuelas de negocios del mundo se enseña que una sociedad donde dos socios tengan 50% cada uno sin ninguna forma de construir una mayoría será muy inestable. Combinaciones de distintas formas de mayorías permiten llegar a acuerdos más fácilmente.

El acto del viernes en Plaza de Mayo muestra a un Frente de Todos reamalgamado al haberle cedido Alberto Fernández a Cristina Kirchner el protagonismo que no tuvo en la plaza posterior a las elecciones. Pero las diferencias entre el peronismo y el kirchnerismo son estructurales y permanecerán. La CGT, que fue esencial en la convocatoria a la Plaza donde el protagonismo fue solo de Fernández, en esta, donde Máximo Kirchner llamó a “reventar la plaza”, decidió no participar. 

La historia reciente muestra que no hay que escandalizarse por internas radicales o tensiones del PRO

Quizás solo alguien como Alberto Fernández, especializado en enviar continuamente señales en un sentido y el otro, sea quien pueda oficiar de pegamento por un tiempo más prolongado del imaginable. Y en la medida en que el Frente de Todos se mantenga unido por temor a las consecuencias electorales de una nueva división, esto oficiará de cemento dentro de Juntos por el Cambio, pero ambas coaliciones tienen dos claros campos ideológicos diferentes, y podría no solo no resultar negativa, sino hasta positiva la existencia de esa fragmentación para lograr que haya, luego, posibles consensos que trasciendan una victoria electoral de 50,01% de los votos.

La polarización es el problema, el disenso es útil.