jueves 06 de mayo de 2021
COLUMNISTAS Defensor de los Lectores
19-07-2020 04:05

Cámara y micrófono no Otorgan "Bill" de inmunidad

19-07-2020 04:05

“La realidad es la única verdad”, dijo Aristóteles (en una de sus tantas definiciones que pretendían confrontar con las previas ideas de Platón sobre el mundo, las sociedades y el hombre). Hábil imitador de los grandes pensadores cuando le eran propicios a sus propuestas, Juan Domingo Perón adaptó la frase por primera vez en 1948, para explicar el aumento de los productos exportables argentinos en la posguerra.

Tanto le sirvió esta frase modificada, “La única verdad es la realidad” (una tautología, si se la desmenuza), que sigue formando parte, setenta años después, del paquete de ideas que se adjudica un peronismo sin discusiones. Pocos registran hoy que la sobrevoló hace 200 años Immanuel Kant, pero mejor no entrar en disquisiciones filosóficas más profundas cuando de lo que se trata es de intentar una aproximación a esta realidad que vivimos lo argentinos en los tiempos de pandemia y política cargada de presiones y protagonismo comunicacional.

Los lectores de PERFIL estarán ya preguntando adónde apunta este ombudsman su mirada. Merecen saberlo, y también merecen formar parte activa del análisis porque ser lector de este diario obliga a asumir una posición reflexiva acerca de las cuestiones principales de la vida en estas pampas chatas (como definía Miguel Brascó).

En algunas columnas pretéritas, he intentado explicar que un periodista se va alejando de la esencia de su oficio –dar información cierta, o la más cercana a la verdad– cuando se asume actuar como otra cosa: sea actor político sin abandonar el traje que le provee la profesión, sea operador para direccionar la opinión pública en uno u otro sentido, sea opinador puro sin datos surgidos de la realidad, sea amanuense subordinado a posturas de otras personas o colectivos. Es muy interesante la tarea cotidiana de observar las mutaciones de esos periodistas, por lo general alterados en su pureza cuando son capturados por las mágicas manos de los aplaudidores, por su propia propensión al vedetismo. Les ha pasado –y les pasa– a muchos. Algunos mantienen aún cierto grado de respetabilidad porque alimentan sus textos y dichos con buena y sana información. Otros van perdiendo credibilidad, o manteniendo solo la de quienes adscriben sin cuestionamientos a sus afirmaciones sesgadas o falaces.

El problema se acentúa cuando intervienen en la dialógica personajes con más o menos poder. Sean ellos directivos de medios que no vacilan en ordenar qué se dice, qué no y cuándo o dirigentes de mayor o menor envergadura en el campo de la política, la economía, los credos, las ideas. Días atrás, por poner un caso de importancia no menor, el animador radial y televisivo Jorge Lanata (otrora legítimo referente del buen periodismo) mostró su rostro opositor para reírse con tono misógino de Carla Vizzotti, una de las responsables de la política sanitaria de este gobierno, callando por acción o por omisión que se trata de una lúcida experta en materia de medicina preventiva (tal vez mi compañera de sección, Mabel Bianco, amplíe el tema). Subiendo en la escala, el animador radial y televisivo Víctor Hugo Morales (otrora legítimo referente del relato futbolero y la difusión de música clásica) calentó sus espacios cuestionando con duras palabras acciones del Presidente de la Nación y desnudando así su adscripción a uno de los sectores de la coalición de gobierno, el que lidera la vicepresidenta.

En uno y otro caso, no primaron los principios básicos de buen periodismo. Era opinión dura, sin datos certeros ni balance en la información.

Verdad y realidad, que debieran ser términos de una misma ecuación, chocaron con el fanatismo o la sumisión. Mal que les pese a sus seguidores, eso no es practicar el oficio como creemos que debe ser.