viernes 01 de julio de 2022
COLUMNISTAS ¿Argentinidad al palo?

Coronavirus: autoestima y democracia

Durante la cuarentena, los gobiernos de todos los niveles han abusado de su autoridad avanzando sobre la libertad de los ciudadanos. ¿Por qué no hemos ofrecido resistencia?

30-04-2020 12:23

Decía Richard Rorty que el orgullo nacional era para los países como la autoestima para las personas. Es vital tenerlo para poder realizarse, ser medianamente feliz, y razonablemente libre. Antes que Rorty, solo unos años después de la caída de Benito Mussolini, Benedetto Croce ligó el amor a la patria con la libertad. Otras versiones, desde el republicanismo habermasiano hasta el comunitarismo contemporáneo, vincularon el amor a la patria con un componente moral y cívico, trascendente e integrador.

La misma analogía puede pensarse al extremar un poco los recursos: las personas que se exceden en la autoestima terminan en la pedantería y los países que lo hacen tienden al chauvinismo y al nacionalismo.

Aquí, en Argentina, desde hace unas semanas, reconocemos que son las 9 de la noche porque escuchamos aplausos. Los motivos iniciales quedaron desdibujados entre el sonido de las cacerolas, alguna vuvuzela, vítores a Perón y a Cristina Kirchner, reivindicaciones malvineras y, casi siempre, el himno. Todos sabemos que, en la parte en que la canción nacional se colma de tragedia y reclama nuestro heroísmo, las gargantas nacionales se hinchan, se enrojecen hasta el límite, y aseguran que moriremos con gloria si así nos lo reclama la patria.

Un conurbano paralizado recibe a las Fuerzas Armadas con aplausos

Cuando las marcas tienen que hacer un comercial que busca apelar a la argentinidad, la pantalla se colma de símbolos, de banderas que flamean lento, de paisajes hermosos y de personas abnegadas cumpliendo sus deberes con una sonrisa amplia como el mundo. La argentinidad se hace creativa en los estadios de futbol del mundo y se hace título de álbumes de bandas de un movimiento que se conoce como rock nacional.

¿Somos los argentinos tan patriotas? ¿De verdad queremos tanto a la patria?

En las semanas que llevamos de cuarentena, los gobiernos de todos los niveles -desde el ejecutivo nacional hasta intendentes de pequeños poblados- han abusado de su autoridad avanzando sobre la libertad de los ciudadanos. Solo en la última semana, en medio de las irresponsabilidades cometidas en los anuncios sobre la moderación del encierro, se pidió la libertad de funcionarios kirchneristas, se liberó, por decisión política, a más de 2000 criminales de las cárceles (incluyendo violadores), se cortó la relación con el Mercosur de un modo inconsulto, se planearon subas de impuestos y se dejó varados a ciudadanos argentinos en todas partes del mundo. Algunos pueblos decretaron la ley seca y otros quedaron librados a la voluntad de sus intendentes que establecieron limitaciones adicionales, como los comercios cerrados los domingos y la prohibición de circulación ese día.

El gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, después de tropezar con la prohibición de salir de los más70s, eligió ahora bajar un tono y tiene en su website un instructivo dedicado a impulsar (algo difícilmente discutible) la igualdad en el trabajo doméstico, aprovechando la cuarentena. En ella explican, en abril del 2020, que no está bien que el trabajo de la casa recaiga en una sola persona.

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Esta hinchazón normativa y controladora ejercida por el poder político, que se entromete en las casas y nos quiere decir cómo vivir, no encuentra, lamentablemente, demasiada resistencia. Algún tuitero ocasional, algunos diputados más enjundiosos que el resto, alguna salpicada nota periodística, pero nada más.

Pareciera que la sociedad, un poco aletargada, prefiere la seguridad de la quietud a la responsabilidad de la libertad y no se lleva tan mal con el acatamiento de normas que, en definitiva, avanzan contra su individualidad. Se podrá decir que no hay mucho por hacer, pero las cartografías fácticas de las imposibilidades revelan, la mayoría de las veces, cierta pereza intelectual para buscar opciones.

Una de las hipótesis posibles es que la sociedad argentina, o buena parte de ella, no percibe estos avances como algo negativo. Otra posibilidad, concurrente por cierto, es que desconfía del uso de su propia individualidad y de la libertad y, por eso, prefiere la tutela como si se tratara de un menor.

Si bien estas explicaciones son verosímiles, me permito considerar alguna más. Imagino que mucha de la inacción de la sociedad argentina se debe a una muy fuerte sensación de desconfianza en la capacidad de la democracia para resolver problemas. Con el correr del tiempo, esta decepción no horada al sistema, pero termina generando una falta de afecto con el país. La épica discursiva nacionalista y redentora es útil para la narración histórica más inflamada y es utilizada por los espacios patrioteros y nacionalistas, pero no funciona para generar un lenguaje coral que incluya a todos. Más que unir, separa. Más que restaurar, rompe.

Tal vez esta falta de orgullo nacional explica, al menos en parte, la perezosa actitud de la ciudadanía para defender su autonomía y sus proyectos. Es algo que habría que revisar, apelando a aquella historia y a aquellos nombres que logran funcionar como símbolos de encuentro, buscando una gramática creativa que tropiece con menos resistencias. No sea el caso que, parafraseando a Simone Weil, terminemos defendiendo a nuestra democracia no por su grandeza sino porque, en su condición terrenal, puede ser destruida.

*Analista político.

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