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Apuntes en viaje

De nosotros, el primero

No se trata de ver el conocimiento como la deducción o la conjetura de una realidad hipotética, sino como una forma luminosa de ordenar la ristra de sensaciones.

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De nosotros, el primero. | Marta Toledo

Detrás, mucho más allá de los montículos de arena olvidadiza, bañistas corren de frente hacia la última luz del ocaso, cabellos deprimidos, los cuerpos patinados por varios días de audaz exposición. Esteban los mira hacer, cavila. Cierra los párpados y comprime los ojos con la base de las palmas duras. Medita pálidamente: Alghero ya no es el mismo, acaso tampoco él es el mismo que llegó hasta aquí. ¿Hace cuánto ya? ¿Veinte, veintidós años? Los días son tibios y calmos. Y sobre todo pasan.

(Hunde la mirada en el abismo, sin miedo a sumergirse en lo insondable.) 

Después de dejarlo todo, de verdad todo (Resumo: se recibió de médico en la UBA; pensaba casarse, era un hecho; su padre, depositado por la familia en un geriátrico años antes, finalmente había fallecido, de manera que incorporó a su cuenta bancaria una herencia gruesa), mantuvo la atención preciosista por el detalle en sus cartas. Decidido a descubrirlo todo, de verdad todo, deja notas así: Mirás una mariposa y ves el color de sus alas. Lo que sucede con respecto a mí es el establecimiento de una correlación entre yo y la mariposa: ambos estamos ahora en un estado entrelazado. Las palabras nunca son precisas; la borrosa nube de significados que llevan consigo es su fuerza expresiva (cause you know sometimes words have two meanings.). ¿Es posible que algo sea real para vos y no lo sea para mí?

O así:

La idea de que el conocimiento se fundamenta en la experiencia y la observación no es original: es la tradición del empirismo clásico que se remonta a Locke y Hume, si no a Aristóteles. La atención a la relación entre sujeto y objeto del conocimiento y la duda sobre la posibilidad de conocer el mundo como realmente es habían conducido, en el gran idealismo clásico alemán, a la centralidad filosófica del sujeto que conoce. La experiencia como sensación, o dicho mejor aún: sensaciones. No se trata de ver el conocimiento como la deducción o la conjetura de una realidad hipotética, sino como una forma luminosa de ordenar la ristra de sensaciones que se alimentan de fenómenos manifiestos en el universo. De manera que todo puede pensarse no desde la observación de partículas, sino en la interrelación que proclaman. 

Esteban citaba como programa personal la frase parida por un paisano en el cenit del alud telúrico: no hay mal que por bien no venga. Adecuaba a los sujetos en su engranaje como jurado de un concurso de talentos. Te salvaba del fuego al mismo tiempo que te encendía por dentro. Sus reflexiones en voz alta podían tanto concentrarse en epigramas de cinco palabras como expandirse en consideraciones sobre los problemas generales del lenguaje y los grandes inventos de la humanidad.

Aquel verano en Alghero remontamos altamar en un yate junto a otros cinco pasajeros. La actividad pareció asomarse en el horizonte más próximo de la evasión, de la negación, en escenarios que sean o se parezcan a los del fin del mundo. Aquel verano en Alghero escribimos página por página (con una tipografía minúscula) una novela vital dispersa, polifónica y soberbia que solo pudo ser imaginada como una hazaña de potencia narrativa entregada a la gracia de la aventura imposible. Ese cosmos inmenso que construimos ese verano, en Alghero, nos hizo pensar el mundo como maqueta de un gesto de confianza ciega en el otro, y de desconfianza del mundo como organizador de sus propios acontecimientos.

Un lunes áspero, tironeado de los grises, de regreso a su casita ubicada en el centro de la ciudad costera, aturdido aún por el griterío y por el lamentable espectáculo de pánico que dieron los bañistas, Esteban se contactó vía zoom con sus afectos en Buenos Aires para transmitirnos la noticia: cáncer (de próstata). El primero de nosotros.