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COLUMNISTAS / lecturas
sábado 24 noviembre, 2018

El café de Hugo

Existen los cafés archipiélago, en los que cada mesa funciona como una especie de isla, y existen los cafés asamblea, en los que se habla de mesa a mesa, de mesa a barra, de punta a punta.

por Martín Kohan

El café de Hugo. Foto: El café de Hugo
sábado 24 noviembre, 2018

Existen los cafés archipiélago, en los que cada mesa funciona como una especie de isla, y existen los cafés asamblea, en los que se habla de mesa a mesa, de mesa a barra, de punta a punta. Son dos formas de la comunidad: en la primera, se otorga un grado mayor de autonomía a las partes que la componen; en la segunda, prepondera la integración al conjunto, se impone la condición colectiva.

Los cafés archipiélago resultan sin dudas más propicios para quienes tenemos el hábito de irnos a leer al bar, escapando de las intrusiones y las distracciones que suelen verificarse en las casas. No obstante, frecuento, y con absoluto placer, un neto café asamblea: el café de Hugo. Los debates se dan allí a viva voz, el género declamativo prepondera, nadie cree que para hablarle a otro sea preciso acercarse hasta donde está.

Me gusta ir a leer al café de Hugo, para así poder hacerlo en estado de interferencia. El otro día, sin ir más lejos, en medio de una discusión sobre un tema que no viene a cuento, Esteban, desde una mesa del fondo, dijo de Hugo: “Este me parece que lee el diario al revés”. Y Hugo, acodado en la barra, sin dejar de leer el diario, replicó: “Es una gran virtud saber leer al revés. Pero la historia está escrita al derecho”.

Qué bien me vino la interrupción. Que no fue, en sentido estricto, una distracción, sino todo lo contrario. Las voces de uno y de otro me sacaron, por cierto, del libro que en ese momento leía; pero de inmediato me devolvieron a él en mejores condiciones que antes. ¿Demagogia? Para nada. ¿Elitismo? No practico. Me limito a celebrar esos momentos en los que un libro y el mundo consiguen resonar uno en otro, nutrirse mutuamente. Aunque la tendencia general es más bien que se refracten, permitiendo que uno descanse de una cosa con la otra: el feliz regreso al mundo, al cabo de la lectura; el amparo en la lectura, ante el agobio implacable del mundo.


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