jueves 23 de septiembre de 2021
COLUMNISTAS OPINION
13-08-2021 23:55
13-08-2021 23:55

El fin de la 'illusio'

13-08-2021 23:55

La foto del cumpleaños de la mujer de Alberto Fernández transgrediendo el confinamiento vuelve a mostrar cómo ciertas imágenes tienen un poder de síntesis superior a muchos discursos. Pueden ser bautismales y cumplir el papel de significantes de toda una época. En algunos casos, porque lo estético refleja mejor el alma y el inconsciente. El espíritu desinhibitorio de los 90 produjo varias fotos así: María Julia cubierta solo por un tapado de piel pintó el hedonismo de la “pizza con champán” menemista, o la foto que le costó la vida a José Luis Cabezas, de Yabrán, nos recuerda la frase de este último: “El poder es impunidad”. Pero la foto le ganó al poder. 

El exceso visual noventista y la crisis de 2002 generaron pudor público, que mantuvieron los Duhalde y los Kirchner. Esa actitud recatada fue cediendo ya con Macri, aunque su estilo más aspiracional hizo que chocara menos.

Pero la foto del cumpleaños de la primera dama en confinamiento atacó el núcleo de la gestión presidencial, que durante 16 de los 19 meses de mandato cumplido fueron dedicados a combatir la pandemia, lo que para sus críticos permitió solapar la falta de un plan económico y un rumbo para el país, lo que tendrá consecuencias en estas elecciones de medio turno sobre los malos pronósticos que ya había para el oficialismo.

Resulta oportuno entonces levantar la cabeza sobre estas elecciones y mirar las de 2023. ¿Qué votó la gente que votó a Alberto Fernández en 2019? ¿Votó a un líder que prometía innovar en materia política y económica para resolver el estancamiento tras el deterioro de la segunda presidencia de Cristina Kirchner y la de Mauricio Macri? ¿O votó simplemente a alguien –cualquiera, dentro de ciertos límites– que pudiera detener la marcha de Macri sin muchas más expectativas que dejar de caer? Un análisis del voto de 2019 muestra bastantes parecidos con el voto desencantado de 2003 y, salvo que Argentina tenga un renacimiento prodigioso, ese voto desesperanzado de 2001 se volverá a repetir, más idéntico aun, en 2023.

Pero quizá no sea mala noticia. Quizá la desesperanza de la sociedad argentina pueda ser partera de un proyecto serio de sostenida recuperación dejando atrás sueños de un rey Midas que lleve a Argentina al Primer Mundo, que ocupó en 1910, tanto como al país socialmente más desarrollado de 1945. La posibilidad de una sociedad que se autoperciba reconociendo sus limitaciones puede ser la condición necesaria para rechazar nuevos discursos facilistas y producir acuerdos entre oficialismos y oposiciones sucesivos porque, cuando nada es posible, todo es posible. 

Para Pierre Bourdieu, la illusio (interés) es un concepto central para entender el funcionamiento de la sociedad. Representa aquello que hace a cada individuo participar –“quedar atrapado”– en cada juego (en latín illusio) de la vida aceptando las reglas con la esperanza de obtener algo a cambio. En su Curso de sociología general, Pierre Bourdieu explicó: “La illusio puede manipularse de dos maneras: con la acción directa sobre las esperanzas o con una acción directa sobre las posibilidades objetivas. Esas son las dos formas por excelencia del poder y por eso está muy fuertemente ligado al tiempo: el poder podrá consistir en manipular las probabilidades subjetivas, las esperanzas subjetivas, o en manipular las probabilidades objetivas”. 

Todo gira alrededor de la espera. No espera quien tiene recursos para satisfacer sus deseos o necesidades. La sala de espera es la antonomasia del poder. El pobre espera para todo: en la cola del hospital, en la del comedor, en la cola del subsidio. Su esperanza es en el futuro no tener que esperar. No tener que esperar más desde su llegada es lo que propone el conquistador de votos.

Para Pierre Bourdieu, la illusio (interés) es un concepto central para entender el funcionamiento de la sociedad.

El derrumbe de las expectativas sobre un héroe que lleve por el atajo al desarrollo o sobre la existencia de un paraíso de patria grande habitada por un ser humano nuevo hará a la sociedad menos vulnerable a la seducción de terceros (y propias) como resultado de esa illusio.

Los catequistas de todo signo son expertos en el arte de lograr que las personas se mantengan en el juego aun sin ganar nunca manipulando sus posibilidades objetivas. Así, la angustia crece a la espera de resultados. “El proceso es un procedimiento, una suerte de máquina infernal: se afianza poco a poco y, una vez que uno queda atrapado en el juego –y cuanto más lo estamos mayor es la angustia con que esperamos resultados–, más vital es y más aumentan la tensión y la espera. Esa tensión y esa espera sin garantía alguna de satisfacción proponen la experiencia de la angustia como experiencia de la equiprobabilidad de todas las posibilidades”, explicó Bourdieu. Los campos ejercen una fuerza proporcional a las disposiciones que deben invertirse en el juego y a la angustia derivada.

Una forma de blindarse consiste en reducir las esperanzas, dejando de apostar, e invertir tiempo (destemporizar). Retirada la esperanza de premio, desaparece la illusio. David Hume escribió en su Tratado de la naturaleza humana: “Tan pronto como sabemos que es imposible satisfacer un deseo, este se desvanece”.

Pero la eventual reducción significativa de la grieta paralizante que nos sujeta e inmoviliza desde hace más de una década, gracias a la intervención de la desesperanza, no implica el fin de una sociedad dicotómica, sino que coloca límites a la posibilidad de manipulación de los actores políticos autodestructivos.

El fisiólogo conductual Erich von Holst escribió: “Si una vez llegara a haber una sola doctrina salvadora para toda la Tierra, al momento sus partidarios se dividirían por lo menos en dos interpretaciones fuertemente antagónicas (una la verdadera y otra la herética) como antes”.

La presidencia de Alberto Fernández es un síntoma exacerbado propio de un fin de época, el tema es la sociedad y cómo ella puede aprender de sus fracasos para invertir lo que prescribe: “Nada fracasa más que el éxito”.

En la misma línea, Konrad Lorenz, citado en profundidad en la columna de la semana pasada, escribió: “La humanidad no es agresiva por estar dividida en grupos políticos o de otra índole, enemigos unos de otros, sino que está dividida de ese modo porque así se halla preparada la situación estimulante necesaria para la abreacción de la agresividad social y el entusiasmo militante”.

Pero además de ese fin psicológico, siempre serán necesarias dos posiciones porque, no importa cuánto la humanidad progrese –y precisamente para seguir progresando–, es necesaria la dialéctica previa a cada síntesis. El problema argentino no vino siendo la divergencia, porque la competencia de idas enriquece a ambas ponencias, sino el error de jugar un juego donde ninguno puede ganar.

La presidencia de Alberto Fernández es un síntoma exacerbado propio de un fin de época, el tema es la sociedad y cómo ella puede aprender de sus fracasos para invertir lo que prescribe: “Nada fracasa más que el éxito”. La pandemia fue un gran acelerador de tendencias que ya se venían produciendo. En el terreno político argentino, 2023 comenzará este noviembre. 

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