jueves 26 de mayo de 2022
COLUMNISTAS Asuntos internos
24-04-2022 03:23

El gíglico enseñado a los coreanos

24-04-2022 03:23

El efecto que el micrófono provoca en determinados espíritus es a veces insólito. En una de las mejores escenas de Rocknrolla, de Guy Ritchie, Mark Strong lo pone de manifiesto de manera ejemplar. Archie  Slap (Mark Strong) es el brazo ejecutor de un mafioso londinense llamado Lenny Cole (Tom Wilkinson). En un momento Lenny visita un estudio de grabación para obtener información sobre su hijastro desaparecido, y como todo mafioso tiene modales poco refinados. Mientras Lenny habla, Archie inspecciona en silencio los parlantes, los micrófonos... todo es nuevo para él. Hasta que alguien interrumpe a Lenny para decirle que no le gusta recibir amenazas, y Archi acerca su boca al micrófono para soltar: “Tranquilo, Campanita” (y echa una mirada a los presentes con la expresión de quien dice: “¡Qué bien suena mi voz!”), “no vas a poder cantar si te faltan todos los dientes” (y otra vez sonríe, satisfecho con el resultado: su voz sonó espléndida).

Hubo un tiempo en que solía frecuentar un bar coreano que estaba en el barrio de Palermo. Tenía las puertas abiertas todo el día, y a toda hora toda la comunidad coreana de Buenos Aires pasaba por allí para comer, beber y cantar algo en un pequeño escenario, delante de una pantalla de karaoke donde al son de la música desfilaba la letra de la canción elegida. Yo bebía mi café y pasaba a veces horas viendo a todos esos jóvenes divertirse cantando sus canciones favoritas. 

Hay algo que hace que uno (yo, al menos) sienta cierta seguridad estando en un sitio donde está garantizado que nadie lo conoce y nadie va a dirigirle la palabra, donde uno puede relajadamente sentarse y observar y oír sin que nadie lo juzgue o le pida explicaciones. Y había algo particularmente efectivo en el hecho de que yo no fuera capaz de comprender, en todo el tiempo que permanecía allí, ni una palabra de lo que se decía. No solo de lo que se cantaba, sino de lo que se decía, porque nunca oí allí dentro a nadie pronunciar una palabra en español. Era como sumergirse en un lugar extranjero, con la seguridad que daba saber que bastaba caminar hasta la puerta para volver a estar en el propio país, a pocos pasos de casa. Yo no era tenido en cuenta por nadie, era como si no existiera: nadie me veía, nadie me hablaba. Solo existía para el camarero, coreano también, que a veces tardaba media hora en registrar mi presencia. 

Una noche sucedió algo inusual: en el bar había gente, pero nadie cantaba. En las distintas mesas pequeños grupos charlaban, pero nadie ocupaba el escenario. Lo único que se oía era ese murmullo bajo, indefinido y placentero de los orientales cuando hablan fuera de casa, porque consideran, creo, una intromisión y un gesto de mala educación elevar el volumen de la voz. Por eso, porque nadie ocupaba el escenario, fue que se me ocurrió ir hasta allí, subir y recitar entero, frente al micrófono, el capítulo 68 de Rayuela, ese que empieza diciendo: “Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes”. Es un capítulo que aprendí de memoria hace mucho tiempo y que cada tanto recuerdo porque quisiera olvidarlo, y recitarlo me sirve para corroborar que aún lo sigo recordando. Se hizo en el bar un silencio total. Hasta el cocinero abandonó la cocina y apareció secándose las manos con un repasador. Cuando terminé el estallido de aplausos fue brutal, total. Siempre  me pregunté qué habrán entendido de aquel fárrago de palabras inventadas. Tal vez todo.

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