miércoles 07 de diciembre de 2022
COLUMNISTAS opinión

El historiador y el guionista

En 1979, la Unión Soviética había intercambiado con Estados Unidos a Moroz por un ruso acusado de espía.

25-09-2022 00:52

Hay libros que se leen de una sentada, pero Credo, del guionista Jean-Claude Carrière se lee de una parada de colectivo. O, como en mi caso, esperando que llegue el peluquero para abrir su negocio (en San Cle-mente los horarios no son muy estrictos). Mi ejemplar es una edición de Editorial Atlántida de 1984 que me regaló Magdalena Arau tras encontrarlo en la librería más vieja del pueblo. Credo es una obra de teatro en un acto presentada en forma de relato, es decir, sin los nombres de los personajes delante de cada línea de diálogo (en el original francés, publicado en 1983, ocurre lo mismo). Trata sobre un profesor al que la policía de un país comunista convoca a la comisaría para convencerlo de que reniegue de sus creencias religiosas o, por lo menos, que no hable de ellas. Ayudan al comisario una psiquiatra e incluso dos sacerdotes, que practican una versión colaboracionista de la fe. 

Las autoridades sostienen que solo un loco puede creer, como cree el profesor Lenski, en antigüedades tales como la virginidad de María y la existencia del diablo. Pero la policía es benévola y solo le propone a Lemski una modesta abjuración y lo amenaza, en caso de no aceptarla, con encerrarlo en un manicomio para que lo curen. Carrière dice en el prólogo que en 1866 un cura jesuita llamado Lefebvre publicó en París un libro titulado: De la locura en materia de religión, donde afirmaba que solo un loco podía no participar de la fe católica y que había que curar por la fuerza a los que padecieran de ese mal. A Lemski le toca padecer la misma doctrina en sentido contrario. Carrière agrega que se inspiró para escribir el libro en un artículo de Le Monde que hablaba de un historiador ucraniano llamado Valentin Moroz “arrestado, interrogado y, finalmente, internado como loco porque creía en Dios. De esto hace más de diez años y no tenemos noticias de Moroz.” Pero Ca-rrière estaba mal informado. En 1979, la Unión Soviética había intercambiado con Estados Unidos a Moroz por un ruso acusado de espía. Por otra parte, el historiador había sido encarcelado varias veces, alternando los centros psiquiátricos con las prisiones y los campos de internación. Su caso como prisionero de conciencia era notorio y Amnesty International lo había tomado como propio. Así se lo menciona en el informe de la organización de julio de 1976 junto con otras violaciones de los derechos humanos en el mundo. Entre ellas, se habla de 350 asesinatos políticos y veinte mil probables detenciones producidas en los primeros meses del régimen militar argentino. 

De todos modos, es posible que la historia de Moroz dé para más. Tras vivir doce años en Canadá volvió en 1991 a Ucrania y se radicó en Lviv, donde murió en 2019 dejando una extensa obra ensayística. La Enciclopedia Ucraniana, que no lo quiere nada, dice que Moroz era un nacionalista extremo, fanático y beligerante, que se dedicó a atacar a sus compañeros de prisión primero (que lo denunciaron por tener una conducta impropia de un preso político) y de exilio después. Y allí se agota la información de la que dispongo, que deja muchos más interrogantes que certezas, ya que internet es un gigantesco queso agujereado. La conexión entre estos hechos prueba que todo está conectado con todo, pero no sabemos nada de nada.

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