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COLUMNISTAS / opinion
domingo 18 noviembre, 2018

El impacto del FMI en 2019

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por Guido Lorenzo

Mision. Roberto Cardarelli, del FMI, se reunió con la CGT esta semana. Foto: FMI
domingo 18 noviembre, 2018

Transcurrido más de un mes de la implementación de la política consensuada con el FMI -que mantuvo reuniones con gremios y organizaciones sociales esta semana en Buenos Aires- ya se puede empezar a hacer un balance de sus costos y beneficios. Los costos aún no se vieron en su conjunto, pero vamos a plantear un escenario probable para 2019.

Lo positivo del nuevo acuerdo fue el esquema de desembolsos, más del 85% de los fondos son adelantados para los años 2018 y 2019. Esto implica que los programas financieros para esos años están cubiertos. A raíz de esto vino la estabilidad cambiaria que permite que la economía vuelva a tener parámetros de referencia. Hoy el valor del dólar es más previsible sabiendo las zonas de intervención y de no intervención, y eso se tradujo en un tipo de cambio apreciándose casi a los niveles de intervención.

El tipo de cambio de esta forma se ubicó en un nivel más elevado y estable, lo que permite que reaparezcan los planes de inversión y explorar posibles sectores con potencial para exportar que aporten soluciones estructurales relacionadas con el déficit creciente que observamos de cuenta corriente. El consumo también se observa que reacciona en forma negativa con esta incertidumbre. El comportamiento de las familias ante la inestabilidad es el de aplazar los planes de consumo para buscar protección en divisas alimentando la volatilidad del tipo de cambio.

La política monetaria dará sus resultados en materia de inflación pero posiblemente tarde más de lo que el FMI espera. La inercia con la cual se negocian contratos (explícitos e implícitos) en nuestro país es alta y la recomposición de precios luego de la depreciación del peso llevará meses para resolverlo. Incluso cuando el año que viene veamos aumentos en las tarifas debido al desacople entre el precio en pesos pagado por el consumidor por el gas y la energía y el costo en dólares que supone su extracción o importación.

Aquí es donde empiezan a verse los costos, la desinflación los tiene. Generar dureza en lo monetario en un contexto de renegociación de salarios que van a perder cerca de 15 p.p. frente a la inflación en 2018 será difícil dado que si las empresas no pueden afrontar los aumentos, ajustan por cantidad, es decir, con menor empleo. Esa tasa de sacrificio puede que sea alta y que veamos uno o dos trimestres de caída profunda de la actividad para luego ver sí un rebote.

Ese rebote es el que trae un poco de dudas dado que en el medio está el compromiso del déficit cero. Se habla del “brutal” ajuste fiscal, cuestión que en la demanda no será tan sentido como sí en la presión impositiva que va a recaer en el sector exportador debido al incremento de los derechos de exportación. Si bien estos impuestos generan distorsiones con resultados no deseados, son paliativos de corto plazo para hacer una política de redistribución en un contexto donde hay que repartir pérdidas.

En este escenario donde la demanda vuelve a aparecer y la actividad recupere rápidamente lo perdido será cuestión de ir mostrando compromiso con el plan fiscal.

Riesgo político. Actualmente muchos indican que el riesgo país de Argentina no puede bajar de los 600 puntos básicos debido a que hay riesgo político. Sin minimizar el período electoral, al mercado no le bastará con ver con que gana el actual oficialismo, sino que también deberá rendir cuentas de su compromiso para que el programa financiero de 2020 y 2021 pueda cumplirse, y para ello se necesitan US$ 16.500 millones en ese período de nueva deuda, por lo que en ese período hay que recuperar el acceso a los mercados a tasas razonables.

Uno de los riesgos que sí preocupan a mediano plazo es el de recomponer la hoja de balance del BCRA, algo que sí les había llamado la atención al staff del FMI y de lo cual ahora salió del radar. El activo del Banco Central tiene Letras Intransferibles nominadas en dólares por el equivalente a casi US$ 35 mil millones, guarismo superior a las reservas netas actuales. Esto, en conjunto con el creciente pasivo remunerado (Leliq), hace que el programa monetario deba ser cambiado en un momento no muy lejano en el tiempo seguramente si se quiere lograr no tener que caer otra vez en una caída abrupta del valor de nuestra moneda.

Se ha ganado tiempo y espacio político para que desde la política económica se puedan corregir los desequilibrios macroeconómicos heredados y postergados por la actual administración. Estamos frente a una excelente oportunidad de abandonar la recurrencia de las crisis en forma periódica y reordenar la macroeconomía.

No obstante, quedan muchas materias pendientes, el plan no contempla estrategias de crecimiento o desarrollo, es simplemente un plan de estabilización. Lo otro deberá surgir de la propia dirigencia, recuperar un norte es tan importante como tener estabilidad macroeconómica, de hecho se retroalimentan. Sin estabilidad la productividad y los planes de distintos agentes desaparecen. Pero sin un norte al cual dirigirnos, nos vamos a quedar en la miopía de tener victorias pírricas.

*Economista. Profesor de la Universidad de Buenos Aires (UBA).

 


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