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El testimonio de la literatura

La literatura es acto, y no necesita de ningún habla, de ningún metalenguaje que le dé apoyo.

“La literatura marca, pero no deja huella”, escribe Blanchot. Es una frase crucial, que expresa la tensión entre la materialidad de la escritura y la volatilidad de la tinta, entre la marca de la literatura (paso, pisada, huella, resto, ruina) y el peso (cuenta, balance, cálculo, arqueo) de la cultura. Nada que no haya sido dicho antes, aunque el secreto de la literatura y el arte (secreto público después de Duchamp, secreto a la vista de todos, evidente, deseante) reside en convertir a la repetición en novedad. Un mismo objeto en otro contexto: he aquí lo nuevo. Y la legitimación de lo nuevo. Porque, ¿ante quién testimonia la literatura y el arte? Dicho de otro modo: ¿qué institución autoriza a la literatura? La literatura contemporánea es el testimonio del estado latente de la lengua en un momento dado. La cuestión de la autorización de la literatura, o lo que podría llamarse también su legitimidad, permanece vigente, indemne al paso del tiempo. En la lógica de la vanguardia (“no tengo padres e invento a mis precursores”) la literatura se autoriza sola. La literatura es acto, y no necesita de ningún habla, de ningún metalenguaje que le de apoyo y sustento. “Si no me creen, vayan a ver”, exclama Lautréamont al cerrar sus Cantos de Maldoror, colocando al texto –a la sintaxis– como columna última del sentido. Lo que dice el texto es verdad, no porque refleje, retrate o reponga alguna realidad exterior al texto; sino porque la ficción se escribe como verdad. Es una cosa. Un acto. El texto es una acción performativa.

Pero esa frase, esa lógica de la vanguardia exige, después de Duchamp y del nouveau roman, repensar el carácter fetichista del texto (y su secreto). A saber: reponer el texto –el texto de vanguardia– como el resultado de una relación social determinada. Es decir, como una forma. Escribe Marx: “¿De dónde brota, entonces, el carácter enigmático que distingue al producto del trabajo no bien asume la forma de la mercancía? Obviamente, de esa forma misma”. Es allí, entonces, en la forma, en la sintaxis, donde se juega la posibilidad de develar, de acceder al misterio de las condiciones sociales de producción de un texto. La forma no es lo que encubre, al contrario, es lo que revela. Aquello que de manera pueril, denigrante, la literatura del progresismo de mercado llama, como un insulto, “formalismo”, o incluso, reproduciendo el habla pequeño-burguesa, simplemente “estilo”, no es más que su propia mala fe publicitaria que, en nombre de una literatura temática (como el anaquel de los estudios culturales de la academia norteamericana aplicada a la literatura latinoamericana) obtura la ruptura que introduce la forma cuando es radical.

Vuelvo a la cuestión del testimonio: ¿ante quién testimonia la literatura? Una frase de Barthes: “¿Cómo el texto puede ‘salir’ de la guerra de las ficciones, de los sociolectos? Por un trabajo progresivo de extenuación. En primer lugar el texto liquida todo meta-lenguaje, y es por esto que es texto: ninguna voz (Ciencia, Causa, Institución) está detrás de lo que él dice. Seguidamente, el texto destruye hasta el fin, hasta la contradicción, su propia categoría discursiva, su referencia sociolingüística (su género); es lo cómico que no hace reír, la cita sin comillas. Por último, el texto puede, si lo desea, atacar las estructuras canónicas de la lengua misma”.

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