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COLUMNISTAS / Defensor de los Lectores
domingo 31 mayo, 2020

El valor de lo que se dice depende de quién lo dice

Sebreli. No está mal decir gueto, pero sí comparar una villa con Varsovia. Foto: cedoc
domingo 31 mayo, 2020

En algunas ocasiones, este ombudsman ocupó parte del espacio dedicado a su columna dominical a aportar ideas que faciliten a los lectores una mejor comprensión de los textos y  –en particular- a ellos y a quienes escriben en PERFIL para que el valor de la palabra sea ponderado en la medida más cercana a la precisión conceptual. Es decir: la palabra tiene un valor que puede o no ser alterado por las costumbres, pero que en esencia, en interpretación y en uso cotidiano adquiere una calidad que le es propia.

Durante la semana, el sociólogo, historiador y polémico intelectual Juan José Sebreli, quien se apresta a cumplir 90 años, conmovió los medios y las redes sociales al comparar el cierre de la llamada Villa Azul (un barrio marginado entre Quilmes y Avellaneda) como consecuencia de la pandemia de Covid-19, con el Gueto de Varsovia. Sebreli tiene abundantes antecedentes como pensador proclive a la provocación política y social, por lo que tal afirmación (a la que se sumó, en el mismo reportaje televisivo, una clara invitación a la desobediencia civil) se instaló en línea con una parte de la sociedad que en días anteriores había incitado a violar las normas sanitarias de cuarentena ordenadas por el gobierno central y los de provincia y ciudad de Buenos Aire. 

Sebreli sabía –o lo intuía- que sus palabras habrían de generar el desborde de opiniones encontradas que se está produciendo desde entonces. Bienvenido el debate, pero…

Quiero decir que no fue una inocente puesta en escena sino el fruto de una meditada decisión: hacer pública la opinión (y generar una masiva difusión) de que las acciones de los gobiernos y las propuestas de los científicos que los asesoran, guardan en su interior el germen del autoritarismo y la ausencia de valores democráticos. Las libertades individuales, así, pasarían a importar menos que las necesidades colectivas para atemperar (si no es posible frenar) las consecuencias de la pandemia. Es cierto.

La palabra gueto forma parte del lenguaje usual en el rico léxico que administra Sebreli. En marzo de 2005, publicó en el suplemento Radar de Página/12 una suerte de autobiografía en la que la emplea varias veces, simplificando con ella la identificación de conciliábulos, reductos, lugares o modos de encuentro entre pares: políticos, intelectuales,  escritores, artistas. 

En este sentido, le adjudicaba a la palabra las acepciones es tercera y cuarta del diccionario de la RAE, con cierta elasticidad en su interpretación.

Gueto deriva de Ghetto, una zona del barrio veneciano de Canareggio, donde en 1516 fueron confinados los judíos que vivían en la ciudad italiana. Por extensión, el término está referido a los espacios adjudicado (por imposición del poder o por la elección de sus componentes) a minorías raciales, políticas y sociales y a los sectores económicamente marginados en distintos países.

Lo que provoca escozor es la comparación específica con el Gueto de Varsovia, en el que murieron no menos de 400 mil judíos durante el nazismo. No es equivalente identificar esa tragedia provocada por un régimen criminal para someter y eliminar a los judíos, con la decisión sanitaria de cerrar la Villa Azul para frenar allí la propagación del coronavirus. El ejemplo fue, cuanto menos, desafortunado.

¿Por qué forma parte de esta columna un exabrupto individual? Porque este fue viralizado por las redes sociales, y lo fue por la importancia de su emisor, por el peso que tienen sus palabras en la opinión pública y porque es misión de este ombudsman orientar a los lectores de PERFIL  hacia el buen uso de las palabras, su interpretación y sus significados.


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