lunes 06 de febrero de 2023
COLUMNISTAS OPINION

Messi: elogio de su vulgaridad

A sus 35 años, en el final de su inigualable carrera, el capitán de la Selección nos está demostrando que cada espacio y cada persona tienen su tiempo, y que a él esa relación simbiótica con la Selección y con su pueblo le llegó ahora. En estos días en que afloran algunos cuestionamientos por sus "malos modos" contra Países Bajos vale recordar todo lo que le endilgaron en estos 17 años. No hay más lugar para las críticas a Messi, menos si tienen cierto aire clasista.

¿Se acuerdan cuando nos enojábamos con Messi y decíamos que no aparecía en las difíciles? Cerremos los ojos y hagamos el ejercicio mental de viajar en retroespectiva a fragmentos de su vida, que ya es parte de la nuestra: una vida colectiva. ¿Se acuerdan de todo lo que lo culpamos y de todo lo que le exigimos en estos 17 años con la Selección?

Por estas horas, cierto moralismo oral y escrito le endilga vulgaridad y malos modos, cuando todo un país festeja e infla el pecho por él y el equipo de Scaloni. Por responder con hechos y gestos a las patadas y el ninguneo del entrenador Van Gaal lo cuestionan medios europeos –sobre todo españoles– y también medios nacionales, que diluyen la algarabía para intentar –como escribió alguna vez Jauretche– desmoralizar y entristecer

Lo cierto es que Messi, con 35 años, en el final de su inigualable carrera, nos está demostrando que cada espacio y cada persona tienen su tiempo, y que a él esa relación simbiótica con la Selección y con su pueblo que no se explica –solo ocurre– le llegó ahora. No existe entre sus prioridades una más importante que la Argentina. Lo demuestra en grandes jugadas, en algunas decisiones de este último año y también en movimientos minúsculos, para mucha gente imperceptibles, como el que ocurrió en medio del desasosiego y enojo por el gol del neerlandés Weghorst. Tras esa jugada final y exquisita de Países Bajos, Messi pateó el pasto, el aire, casi como El Chavo del 8. Señalaba al árbitro. No tenía consuelo. Había un regreso a las canchitas de la infancia del sur rosarino en ese gesto inocente, en esa tristeza pasajera que luego –por suerte– sería solo un mal recuerdo.

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¿Se acuerdan cuando nos enojábamos porque no cantaba el himno, cuando le reprochábamos que casi no era argentino?

Acaso la mayor muestra de argentinidad la dio a la salida del inolvidable duelo contra la ex Holanda, cuando lanzó una frase que ya es bandera, remera y taza: “¿QuéMiráBobo? AndáPaAlláBobo”. Lo escribió alguien entre el fragor de los festejos: te podés ir de Rosario a tus 12 años, pero Rosario nunca se va de vos.

¿Se acuerdan cuando le reclamábamos a Messi que fuera el líder que alguna vez fue Maradona? ¿Cuando lo poníamos en esa injusta e incómoda analogía con el futbolista que más felices nos hizo, no solo por lo que transmitía en el campo sino por lo que transmitía afuera?

La muerte de Diego, su redención definitiva, el llanto de un pueblo al que reivindicó desde su imperfección, su ascenso a mito también liberaron a Lionel, el único capaz de seguir su camino de una manera distinta. Porque Messi nunca será Diego, pero hace varios años que Messi es el líder y emblema de la Selección. Las dos Copas América en Brasil solidificaron ese liderazgo. Una por el lamento, otra por el festejo. 

A veces los modos importan menos que los fines. Y Qatar es eso. Un fin, el objetivo final de la carrera de Messi. Relativizado por tantos argentinos y tantas argentinas durante años, ahora Messi, además de su magia, nos ofrece su sarna: es un sabueso en busca de su última presa, acaso la más deseada de su vida. Quizás sea eso por lo cual el de Qatar ya es su mejor Mundial. El mejor de sus cinco mundiales. Por lo que hace en la cancha –sus cuatro goles, sus gritos en fases de eliminación directa (una novedad qatarí), sus asistencias quirúrgicas, sus repentizaciones– y por lo que hace afuera: su rol de guía espiritual y de combate, su impronta Marvel en cada salida del equipo. 

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Nadie sabe si podrá salir campeón del mundo, pero estamos seguros que todos queremos que lo consiga más por él que por nosotros. Ahí está la magia de esto: después de tantos cuestionamientos, de tantas frustraciones, "las finales que lloré", ya casi nadie permite que lo cuestionen por lo que haceNo hay más lugar para las críticas. Menos si tienen cierto tufillo clasista. La felicidad de Messi es la nuestra. Aprendimos a quererlo, a defenderlo y ya no le exigimos nada: solo que sea él, en cualquiera de sus formas.

¿Se acuerdan cuando nos atreviamos a cuestionar a Messi por su carisma? Porque era tímido, de pocas palabras, porque parecía que no se emocionaba.

¡Qué injustos y crueles fuimos, hermano! No hay en el mundo un ídolo tan terrenal para los niños y las niñas como él. Está ahí, se puede tocar, le pueden pedir una foto o un autógrafo, y él acepta, se ríe, lo agradece. Busquen en YouTube: Messi firma mientras les pide piedad a patovicas que corren a taclear a algún intrépido que interrumpe un partido para pedirle un autógrafo. Messi frena su marcha entre la multitud para llamar al nene que quería una foto con él. Messi choca la mano y saluda a las niñas y los niños que la FIFA hace entrar con cada jugador en cada partido del Mundial. Muchas veces los héroes no llevan capa. Messi es uno de esos héroes. Pobre del que quiera robarnos esa idea.