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COLUMNISTAS / Plan economico
domingo 8 julio, 2018

En qué se equivocó Macri

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EDUARDO CONESA*

Fuga de pesos. Para frenarla hubo que recurrir al FMI. Foto: Cedoc Perfil

Si Macri quiere ser reelegido, debe cambiar su plan económico. En diciembre de 2015, el Presidente alentó una devaluación del peso del orden del 60%, pero sin reducir el déficit fiscal, lo que provocó una inflación del 40% en 2016. Es bien sabido que, cuando se devalúa la moneda en un contexto de déficit fiscal, la devaluación se traduce en inflación. Este fue el primer error de Macri.
El segundo error fue aplicar un modelo que en la teoría macroeconómica estándar se denomina “modelo de Mundell-Fleming”, en su variedad de tipo de cambio libre y fluctuante acompañado de fuerte déficit fiscal financiado con deuda externa y adelantos transitorios del Banco Central al Gobierno. Es bien sabido que este esquema genera sobrevaluación cambiaria, crecimiento nulo y finalmente una crisis de deuda externa. Esta última estalló en mayo de 2018, con el detonante de una suave suba de la tasa de interés norteamericana.
Y acá viene el tercer error: para frenar la fuga de pesos hacia el dólar motivada por la falta de crédito internacional para nuestro país, Macri tuvo que subir la tasa de las Lebacs al 50% o más, y pedir el salvavidas del Fondo Monetario Internacional, siempre dentro del esquema de déficits fiscales y tipo de cambio fluctuante. Pero ahora este esquema es más duro aun que el anterior, debido a que las altísimas tasas de interés reales necesarias para evitar que se escape el tipo de cambio tendrán fuertes efectos recesivos que harán muy difícil la reelección de Macri en 2019. Incluso la recesión hará imposible el cumplimiento de las metas fiscales.
Por el contrario, si Macri fijara el tipo de cambio real de 40 pesos por dólar, el déficit fiscal previsto para 2019, que de acuerdo con el Fondo Monetario Internacional debería ser de 1,3% del PBI, se reduciría a 4.460 millones de dólares. Este déficit puede ser cubierto fácilmente por derechos de exportación sobre bienes primarios que se recaudan en dólares y que generarían unos 2.247 millones de recaudación adicional, a una tasa uniforme del 20%. Pero además, un derecho de importación uniforme del 10% allegaría al Tesoro nacional otros 2.234 millones de dólares adicionales. Todo ello contra el déficit de 4.460 millones de dólares mencionado antes. Así, tendríamos un superávit de cerca de 21 millones de dólares. El argumento consiste en que, de por sí, el tipo de cambio alto permite alcanzar un superávit fiscal importante sin perjudicar a las exportaciones tradicionales de materias primas, que de todas maneras gozarían de un tipo de cambio real indexado con el índice de precios al consumidor de 32 pesos por dólar, muy superior al actual de 28 pesos por dólar. Y todavía nos queda un tipo de cambio alentador de 40 pesos por dólar, además indexado, para las exportaciones con elaboración, todo ello acompañado con tasas de interés bajas.
El esquema aquí propuesto sigue la fórmula desarrollista que aplicaron en la posguerra Japón, Alemania occidental, Corea del Sur, Taiwán y otros países mimados por Estados Unidos en tiempos de Guerra Fría: tipo de cambio real alto, apertura de la economía, superávit fiscal y tasas de interés reales bajas. Es la misma receta que están aplicando los chinos comunistas desde 1990, practicantes del más crudo capitalismo desarrollista.
Es evidente que el tipo de cambio devaluado licúa el déficit fiscal en dólares como porcentaje del PBI y lo torna financiable. Es evidente también que achica el peso relativo del Estado y repotencia el peso relativo de los sectores productivos en el PBI. Sin embargo, en nuestro país hay temor por el efecto inflacionario de las devaluaciones. Ello ocurre porque históricamente casi todas las devaluaciones se hicieron en un contexto de fuertes déficits fiscales. Sin embargo, ha habido devaluaciones técnicamente bien hechas, que no produjeron efectos inflacionarios. Un caso concreto fue la de marzo de 1967, cuando un dólar pasó de 250 a 350 pesos, sin efectos inflacionarios y, por el contrario, con una fuerte reactivación de la economía y el empleo. Otro caso fue la de 2002, tras la cual, desde abril en adelante, no hubo inflación y, por el contrario, se inició un vigoroso crecimiento económico del 8% anual con creación de empleos a la misma tasa.
Para que una devaluación no se traslade a precios deben darse cinco condiciones: la primera consiste en que debe haber superávit fiscal; la segunda, en que la economía debe estar en un estado previo de recesión con capacidad instalada ociosa; la tercera condición es que se deben bajar las tasas de interés después de la devaluación, porque estas son un elemento importante del costo de producción y porque alientan la inversión productiva. La cuarta condición es más bien una consecuencia: al aumentar la producción, disminuyen los costos fijos por unidad de producto en las empresas, lo que refuerza la tendencia hacia la moderación en el aumento de los precios, y la quinta condición es que los derechos de exportación deben dar un pequeño empujón hacia abajo al precio de los alimentos.

*Profesor titular de Economía de la UBA.


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