martes 05 de julio de 2022
COLUMNISTAS UN TIEMPO NUEVO

Es malo creer

En todas las elecciones latinoamericanas posteriores a la pandemia, los partidos tradicionales se han desmoronado. La realidad es esa: la mayoría de los latinoamericanos está enojada con sus presidentes, y estos quitan votos cuando apoyan a alguien. Hay mucha gente enojada con el Congreso, la Justicia, los medios de comunicación, la Iglesia, la Policía, los que estudiaron, los exitosos, los que tienen dinero o posiciones de privilegio. Mientras vivamos en democracia, es difícil que en la sociedad interconectada existan partidos con tesis que logren una mayoría parlamentaria y social contundente. La inmensa mayoría de la gente vota por la persona del candidato.

04-06-2022 23:55

Rodolfo Hernández recibió los resultados de las elecciones colombianas solo, sentado en la cocina de su casa y leyó un mensaje. No lo acompañó ningún dirigente, ni celebridad, ni los representantes de nada. Gustavo Petro, en cambio, apareció en un escenario con grupos musicales, discursos de líderes que tenían planes para conducir al país y a la humanidad.

El uno parecía David, el débil que escucha y puede servirme. El otro era Goliat, apoyado por partidos y organizaciones. No estaba claro cuáles eran esos grupos, pero sus dirigentes predicaban, sabían, se parecían a los políticos de siempre, justo cuando la gente los rechaza. En 24 horas Petro bajó de 41 a 39 y Rodolfo subió de 28 a 42. Como dijimos siempre, la forma en que los candidatos reciben los resultados de la primera vuelta tiene un enorme influjo sobre los resultados finales.

Como analista no creo en la nueva política, ni en la antigua, ni en nada. Intento trabajar sin prejuicios, creo que las creencias nublan la mirada. Estudio hipótesis, las contrasto con datos objetivos actuales, históricos y con los de realidades semejantes. Si funcionan, las uso como categorías que me ayudan a comprender la realidad. Si fallan, las desecho y busco otras.

Conozco valiosos líderes de izquierda, derecha, y de todo tipo. Converso con frecuencia con presidentes, candidatos y dirigentes políticos de algunos países. Contrariamente a lo que predica la ola anti- política que se ha desatado, bastantes son personas interesantes, luchan por sus puntos de vista, tienen mucho que enseñar. Hay que aprender a aprender.

Algunos, sobre todo en Argentina, dicen que promuevo que la política sea superficial, que la gente vote movida por emociones e imágenes dejando de lado las ideas. Esto es equivocado. No expongo en mis libros lo que querría que pase en la sociedad, sino lo que encuentro con mis estudios.

Me gustaría vivir en un  mundo en el que los electores lean poesía antes de votar, pero sería equivocado aconsejar a un candidato que pida a sus partidarios que lean, durante la campaña, a César Vallejo, Lubicz Milosz y W. B.Yeats. No lo harán. La mayoría nunca los leerá. Para ganar las elecciones es mejor hablarles de algo que les interese más.

Hay equivocaciones aceptadas generalmente en nuestras sociedades que se tienen como verdades. Mientras todo cambia vertiginosamente, la mente de algunos políticos y analistas se oxida por el síndrome de Hubrys.

En todas las elecciones latinoamericanas posteriores a la pandemia, los partidos tradicionales se han desmoronado. Las dos alianzas que gobernaron Chile durante todo el período democrático quedaron cuartas y quintas en las elecciones. Los partidos históricos del Perú quedaron arrasados con el triunfo de Pedro Castillo. Los ecuatorianos desaparecieron del escenario, cuando Lasso no exhibió en la segunda vuelta ni a su propio partido. Ni los liberales y conservadores que gobernaron Colombia durante 160 años, pasaron a la segunda vuelta. Es posible que desde las creencias de algunos eso sea bueno o malo, pero en la realidad, el apoyo de los partidos es problemático para ganar las elecciones.

Siempre supimos que el respaldo de personas con mala imagen perjudica a un candidato. No la imagen que tuvieron alguna vez, sino la actual. Al inicio de su gobierno Alberto Fernández tuvo un 70% de opiniones positivas, con la imagen que tiene hundiría a cualquier candidato al que patrocine. Por eso pragmáticos gobernadores quieren desdoblar las elecciones.

Hace cuatro años, Iván Duque obtuvo el 54%, en una de las votaciones más caudalosas de la historia de Colombia. En esta elección, con una imagen con más de 50% negativa, perjudicó a Fico con su respaldo. Lo mismo pasó con el apoyo de Piñera al candidato de derecha, de Moreno al suyo en Ecuador, ni qué hablar de PPK en Perú. No es un tema de simpatías o antipatías. La realidad es esa: la mayoría de los latinoamericanos está enojada con sus presidentes, y estos quitan votos cuando apoyan a alguien.

Algunos siguen creyendo en la teoría del racional choice, que ha sido refutada desde hace décadas por las ciencias del comportamiento y por la realidad. Es absurdo intentar que los electores voten racionalmente, estudiando programas de gobierno.

Nunca conocí a alguien que haya leído neutralmente los planes de los candidatos, para decidir por cuál votar. Trato con muchos políticos y académicos dedicados a estudiar política, pero casi no conozco a ninguno que haya estudiado algún programa de gobierno.

Generalmente los leen unos pocos adversarios y periodistas que buscan errores o frases incómodas, para cuestionar una campaña. La inmensa mayoría de la gente vota por la persona del candidato, y es capaz de combatirlo si llegado al gobierno cumple con su programa haciendo algo que lo incomoda.

No defiendo una teoría que me gusta. Constato hechos. Si algún lector conoce un país en el que la mayoría de los votantes ha elegido a un presidente o alcalde gracias al contenido de su programa, que por favor lo cuente. De inmediato viajaré a conocerlo.

La gente decide su voto por la imagen del candidato y no por el contenido de su discurso. Usted mismo, traiga a su memoria a un político que le cae mal, ¿votaría por él porque sus propuestas parecen buenas analizándolas racionalmente?

Por lo demás, todos tenemos prejuicios que no se ajustan con la realidad. Cuando la gente debe escoger entre el programa de un candidato de “los ricos” y el de un candidato de “los pobres”, la mayoría escoge al segundo. Si debe optar entre un candidato del gobierno y uno de la oposición, seguramente apoyará al que está en contra del establecimiento, de cualquier cosa que hacen los poderosos.

Está de moda combatir lo establecido. El candidato de Sebastián Piñera en Chile salió cuarto, el de Duque en Colombia se evaporó, el de Lenín Moreno en Ecuador no llegó al 2%, el de PPK en Perú no existió. Digan lo que digan las teorías, es peligroso ser candidato oficial.

La resistencia al establecimiento es más amplia que la mera antipatía hacia el gobierno y los partidos. Hay mucha gente enojada con el Congreso, la Justicia, los medios de comunicación, la Iglesia, la Policía, los estudiados, los exitosos, los que tienen dinero o posiciones de privilegio.

Se ha consagrado una terminología antisistema que usan incluso los medios de comunicación no militantes. Si los piqueteros cortan la Ciudad de Buenos Aires, son movimientos sociales convocados por “dirigentes populares”, que nunca consiguen el respaldo del pueblo. Si convocan a una concentración alcaldes, gobernadores o presidentes y que fueron elegidos por el pueblo, pero no son de izquierda, no son dirigentes “populares”, sino representantes de una minoría de oligarcas.

La mayoría de las dirigentes del PRO que conozco son profesionales de clase media, con menos recursos que los poderosos empresarios de la pobreza multimillonarios como: Moyano, el Pata Medina, el Caballo Suárez, el chofer de Cristina, el jardinero, los secretarios, la corte de funcionarios y la propia familia real argentina. Estos son muy ricos y dirigentes de los pobres, mientras que los otros son pobres oligarcas.

Los ajustes económicos son difíciles de vender. Piñera y Duque “pusieron en orden” la economía de sus países, lograron importantes avances en las variables macroeconómicas, pero la gente rechazó sus logros en las urnas. La economía peruana se ordenó durante mucho tiempo, pero la mayoría terminó eligiendo a Castillo. Mahuad y Sánchez de Lozada intentaron hacer ajustes mientras fueron presidentes, siguen prófugos desde hace veinte años. Dilma Rousseff pretendió ordenar la economía brasileña y le destituyeron inventando que era corrupta.

¿Significa esto que estamos condenados al caos? Creo que no, pero mientras vivamos en democracia, es difícil que en la sociedad interconectada existan partidos con tesis que logren una mayoría parlamentaria y social contundente. El bastón y la banda no permiten que un presidente haga lo que quiera. Probablemente necesitemos gobiernos que sepan dialogar con la oposición y la sociedad, para conseguir los consensos posibles en la sociedad líquida.

No es fácil. El desmoronamiento de Boric y los problemas que afronta, son una muestra de lo difícil que es gobernar en sociedades en las que la gente común tomó su cuota de poder blandiendo celulares.

No tienen problemas de gobernabilidad los que, a pesar de escribir un programa perfecto, pierden las elecciones, como José Antonio Kast en Chile. Dicen que el suyo es un programa ideal para un partido de derecha. No me consta porque tampoco leo programas.

Nuestras sociedades tienden a una creciente fragmentación, en la que cada grupo cree que su problemática es lo único importante. Los resultados de las elecciones dicen que los nuevos presidentes están condenados a negociar, porque cuentan con bloques parlamentarios minoritarios. Si Boric, Castillo, Lasso, no logran dialogar con sus opositores, no podrán gobernar.

La posibilidad de conseguir consensos se ha deteriorado por el estilo de algunos líderes y por la psicología autosuficiente de los electores. Piñera, con su trabajo incesante, provocó una intensa reacción entre sus opositores. Alberto Fujimori dejó en Perú una grieta imposible de subsanar, Castillo es un extremista difuso con el que es difícil dialogar. ¿Cómo pueden gobernar?  

Las élites ecuatorianas quedaron irritadas, no tanto por la ideología, sino por la psicología pendenciera de Rafael Correa. Se resisten a que el gobierno dialogue con el bloque mayoritario del Congreso. Si en Colombia llega a ser presidente Petro, experimentará algo semejante, y si llega Hernández será peor: no cuenta con un solo legislador que esté de su lado y es una persona intemperante.

En este artículo nos hemos referido solo a países en los que, durante este año, pudimos dialogar con políticos del más alto nivel, candidatos y académicos, aplicamos encuestas diseñadas por nuestro equipo, tuvimos acceso a investigaciones realizadas por otros. No mencionamos a países sobre los que tenemos solo noticias por la prensa y a la red. Los estudios comparados con fundamentos reales enriquecen el análisis.

*Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.