jueves 21 de octubre de 2021
COLUMNISTAS opinión
10-10-2021 01:48
10-10-2021 01:48

Esta ya la vi

A los responsables del engendro les parece que nunca está de más un adorno o un subrayado, creen que el cine se fabrica convirtiéndolo todo en imágenes explícitas.

10-10-2021 01:48

Ayer vi en Netflix una película que se llama Mi año con Salinger. En realidad, el título original es My Salinger Year y la tradujeron como El trabajo de mis sueños, para adaptarla a un público al que se supone que el nombre de Salinger no le dice mucho. Aunque es cierto que se trata de un nombre devaluado e incluso un cliché del que suena bien burlarse a esta altura. No era así en 1995 cuando Joanna Rakoff, una chica de 26 años entró a trabajar en Harold Ober, la agencia literaria que representaba a un escritor que se leía en las escuelas y que 45 años después de publicar El cazador oculto seguía recibiendo una enorme cantidad de cartas de jóvenes que se identificaban con Holden Caufield. En realidad, no era él quien recibía las cartas sino la secretaria de la agencia, que las contestaba invariablemente diciendo que el señor Salinger no aceptaba correspondencia de lectores. Rakoff escribió un libro sobre su empleo en la agencia y en él está basada la película en la que la bonita y simpática Margaret Qualiey hace de Rakoff y nuestra vieja amiga Sigourney Weaver de su jefa. Lamentablemente para la película, aunque los actores son estadounidenses, tanto el director como la producción son de Quebec, una región del mundo en la que la cultura cinematográfica nunca penetró. Así es como My Salinger Year se permite materializar a los lectores de Salinger, hacerlos monologar y hasta bailar (ese es una escena ciertamente dolorosa). A los responsables del engendro les parece que nunca está de más un adorno o un subrayado, creen que el cine se fabrica convirtiéndolo todo en imágenes explícitas. Para colmo, en imágenes dulzonas.

Por otra parte, My Salinger Year se parece demasiado a The Devil Wears Prada, otra película sobre una secretaria emprendedora y una jefa dura, pero ambientada en la redacción de una revista de modas. La de Salinger es la versión soft, en el sentido de que el cinismo y la ostentación se atenúan por el recato que el medio literario supone merecer frente a un ambiente supuestamente más frívolo. Pero los realizadores saben que el espectador (dicho sin ninguna connotación peyorativa, porque eso es lo que ofrecen estas películas) quiere ver Nueva York, quiere ver lujo, quiere ver cómo son la riqueza, el prestigio o la exclusividad desde los ojos de la recién llegada. 

El espectador quiere (queremos) ver además cómo alguien se abre camino en un medio altamente competitivo (todos lo son, al menos en la pantalla). El cine americano y su periferia (aun esta santurrona periferia canadiense) se especializan cada vez más en el tema de la lucha por el éxito en una especialidad que los de afuera quieren espiar. Se trate periodistas, atletas profesionales o astronautas, la fórmula del ascenso social bajo la coartada de una vocación es infalible. Pero acaso para mostrar que la fama es puro cuento aparece Cry Macho, la última película de Eastwood, que se burla de la pasión universal por el triunfo y la gloria (“overrated”, dice el protagonista). El problema no es que el arte se parezca demasiado al rodeo o a la riña de gallos: después de todo, cada uno tiene derecho a perseguir sus metas o a balconear las ajenas. Lo malo es el regodeo en el propio privilegio: el cine lustroso parte de ese autoelogio que oculta detrás del destino sus héroes.