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viernes 5 octubre, 2018

Feminismo termita

Un científico japonés descubrió una serie de colonias de termitas sin rastros de sexo masculino. Entre las 4.200 Glyptotermes nakajimai estudiadas no había ni un solo macho.

por Pola Oloixarac

default Foto: CEDOC

Un científico japonés descubrió una serie de colonias de termitas sin rastros de sexo masculino. Entre las 4.200 Glyptotermes nakajimai estudiadas no había ni un solo macho. La investigación del doctor Yashiro es la primera en demostrar que los machos pueden ser descartados de sociedades avanzadas donde alguna vez cumplieron un rol activo (en las colonias termitas típicas, machos y hembras participan en actividades sociales).

Me imagino bares diminutos esculpidos en madera seca donde antes había termitos hablando de torneos de fútbol termito, tomando cerveza artesanal termita, de pronto vacíos. Un holocausto silente del que nada sabremos, sin documentos para rastrear su desaparición. ¿Las hembras los encerraron en una cámara secreta sin comida, los dejaron morir? ¿Se los comieron? ¿Los machos huyeron, aprendieron a nadar?, ¿dejaron su Japón natal y emigraron a China? ¿Resistieron o aceptaron con hidalguía que de pronto eran el sexo débil de la selección natural?

Del lado humano, una colonia exclusivamente femenina sería inviable. Los hombres llevan a cabo los trabajos más peligrosos, los más apestosos y peores pagos, desde la construcción hasta la minería, de la recolección de basura al petróleo, tareas sin las cuales aún no concebimos civilizaciones. Este repertorio laboral es tan antiguo que alcanza a los dioses griegos: Hefesto, el dios metalúrgico, está cojo, lisiado y se lo suele representar con los síntomas de la arsenicosis, una enfermedad común en los trabajadores del bronce. Pico ingenieril y mano de obra de su tiempo, Hefesto fabricó desde las alas de Icaro hasta la red de oro imperceptible con la que atrapó a Afrodita, su esposa, teniendo amores con Ares, deidad de la guerra. Guerra, sudor y metales pesados: la diosa del amor privilegia un modelo masculino bastante passé para los gustos urbanos actuales, pero no obstante fundante del orbe.

Tendríamos que ser unas feministas muy poco pragmáticas para deshacernos de los hombres; hasta ahora, los hombres han probado ser bastante indispensables, o al menos han demostrado su utilidad y resiliencia.

Sin embargo, una sociedad progresivamente robotizada verá justamente un descenso de los trabajos más brutales que hoy realizan los hombres. Los Hefestos actuales se extinguirán, desplazados por inteligencias artificiales a las que no hay que pagarles seguro de vida ni se enferman de arsenicosis. Pero si bien este horizonte forma parte del folclore tecnocapitalista, debemos considerar que la “racionalidad masculina” será una de las  víctimas futuras del capital.

Que los hombres son más proclives al frío cálculo racional y que las mujeres son “emocionales” es uno de los prejuicios culturales clásicos que las feministas han combatido por décadas. Es el sesgo que explica, grosso modo, por qué hay más actrices que programadoras de software. Como señala Diana Maffía, quedar del lado de la emoción (en lugar de la razón) justificó desplazar a las mujeres de todo derecho; por otra parte, las emociones, confusas y caóticas, valen menos que la impasible racionalidad –lo que alimenta un fundamento biológico para la inequidad–.

¿Pero qué pasa si la fría razón se vuelve un commodity? Las inteligencias artificiales tienen un talón de Aquiles: la inteligencia emocional, sensitiva, es la más difícil de emular algorítmicamente. Leer las motivaciones, entender lo que va debajo de las palabras, son desafíos técnicos complejos que están lejos de resolverse. Ejemplo: sería más fácil para una máquina reemplazar a un médico, que debe componer un diagnóstico, que a una enfermera, que lleva adelante el vínculo con el paciente y lee de cerca sus señales. Es plausible pensar que quienes sepan desarrollar estas habilidades emocionales tengan un rol más importante en una sociedad de IAs y robots; y que el cálculo racional, por ser fácilmente imitable, se vuelva irrelevante y pierda valor económico. ¿Serán las características que durante siglos fueron consideradas femeninas las que adquieran un peso preponderante en determinar qué es lo humano? La emocionalidad es la diferencia imponderable: la medida de humanidad que excede a las IA.


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