jueves 29 de julio de 2021
COLUMNISTAS Análisis
10-03-2021 08:51

Galaxia Zoom

No es la primera vez en que la irrupción masiva de una nueva tecnología provoca vertiginosos cambios culturales en la sociedad.

10-03-2021 08:51

Luego de dar clase para doce personas de México, España, Perú y Argentina, salgo a la calle para hacer compras y tomar aire, a pesar del tapabocas. En un jardín de una casa vecina veo una niña con un palo de jockey y una pelota. Me da pena verla tan sola y le digo: “Hace mucho que no jugás con tus amigas…”. Me replica: “Estamos entrenando”. Me muestra entonces una notebook a su lado, donde en la pantalla y en ventanitas, decenas de niñas como ella están con su palo de jockey y una pelota…

No vamos a hablar aquí de los excluidos, los bárbaros más allá de los muros virtuales, los que no percibimos o no queremos percibir. Esa sería otra extensa nota. Pero quiero reflexionar sobre algo que, intuyo, aun no dimensionamos: el zoom ha entrado en nuestras vidas. Casi todos estamos trabajando, estudiando, haciendo reuniones de todo tipo por esa plataforma o similares: talleres de marketing, tango, yoga, bioenergética, teatro, cocina, bitcoins, todo lo que se nos ocurra lo podemos encontrar allí. Ya usábamos el whatsapp, ya usaban sistemas algunos docentes para dar clase y mucha gente para trabajar, pero sin dudas carecía de esta enorme popularidad.

No es la primera vez en que la irrupción masiva de una nueva tecnología provoca vertiginosos cambios culturales en la sociedad. Hace ya décadas la revolución tecnológica nos ha lanzado en una carrera de incorporación vertiginosa de nuevos hábitos, y olvidamos que hace muy poco era novedad el contestador telefónico o el grabador a casete. Pero si lo pensamos bien, hay muchos hábitos, ya naturalizados, que alguna vez no existieron, tan comunes como usar un alfabeto y leer y escribir. La humanidad vivió muchos siglos sin estas tecnologías.

En los años sesenta, Herbert Marshall McLuhan se convirtió en uno de los teóricos de la comunicación más celebres del mundo por un libro provocador: “La Galaxia Gutenberg”. En él estudia el impacto que tiene la invención de la imprenta y el profundo cambio que provoca la masificación de los impresos y de la alfabetización. Se trata del salto cultural entre una sociedad dominada por la oralidad a una donde la palabra impresa y la lectura son las rectoras, una cultura dominada por el código visual. En un extenso y erudito trabajo explica lo diferente que eran las costumbres de la Edad Media donde, por ejemplo, los libros eran manuscritos y escasos, se leían sólo en voz alta y en grupo, y curiosamente, se consideraban publicados al leerlos. En esos tiempos la memoria humana media tenía una capacidad que hoy sería considerada un prodigio. Para McLuhan el pasaje a una cultura marcada por la organización de la palabra impresa y la lectura lineal tiene enormes consecuencias, que incluyen desde la lectura en silencio, el pensamiento lógico, la perspectiva, el individualismo... Pero eso no es todo, también habla de la alteración que produce en nuestros sentidos la incorporación masiva de nuevas tecnologías:

“Si se introduce una tecnología, sea desde dentro o desde fuera, en una cultura, y da nueva importancia o ascendencia a uno u otro de nuestros sentidos, el equilibrio o proporción entre todos ellos queda alterado. Ya no sentimos del mismo modo, ni continúan siendo los mismos nuestros ojos, nuestros oídos, nuestros restantes sentidos. La interacción entre nuestros sentidos es perpetua, salvo en condiciones de anestesia. Pero cuando se eleva la tensión de cualquiera de los sentidos a una alta intensidad, éste puede actuar como anestésico de los otros.”

McLuhan ya estaba viendo los cambios que comenzaba a producir lo que llamaba en el libro “la era eléctrica” y que permitían pensar en la futura muerte de la cultura de la “Galaxia Gutenberg” y, de alguna forma, volver a formas de relación semejantes a las culturas tribales donde predominaba la oralidad. Pero lo que estamos viviendo es infinitamente más complejo. Esta vez, la pandemia y el confinamiento han disparado el uso de plataformas –que ya estaban, pero no así, como ahora- y en pocos meses casi todos incorporamos esas tecnologías y con ellas, nuevas relaciones sociales virtuales. Son hábitos que se pronostica, llegaron para quedarse postpandemia.

No discutimos las maravillosas posibilidades de encuentro y formación que brindan estas herramientas, las redes que están tejiendo y la circulación de información que multiplican.

Pero, vale la pena reflexionar: ¿están abonando una “nueva realidad” con su compost multicultural para inaugurar relaciones virtuales que están ocupando el lugar imposible de las relaciones presenciales?, ¿y/o pueden considerarse una forma de potenciarnos para un futuro mediato donde nos reencontraremos en el cuerpo a cuerpo? Y volviendo a McLuhan, ¿qué está pasando con nuestros sentidos? ¿Qué está pasando con el caleidoscopio sensorial al desaparecer el tacto social relajado, el percibir de cerca los otros y las cosas sin tanto gel protector? Hoy –salvo entorno inmediato- hay una ausencia general de abrazos, besos y caricias, utopías soñadas y temidas. Los que venimos de las artes escénicas a veces sentimos un ahogo parecido a un ataque de pánico. Falta el aire, falta el aliento que llegaba desde el público, esa energía que a veces una función bien hecha, nos dejaba tan cargados que costaba dormir. Falta el contacto en entrenamientos y escenarios, tactos y olores que ya no están, indagaciones sensoriales que estamos olvidando. Es verdad, en las pantallas del zoom a veces aparece la emoción y el sincero aprecio por quienes están en las ventanitas. Pero, ¿cuáles sentidos corren riesgo de atrofiarse y necesitan terapia intensiva? Es cierto: con barbijos nos miramos más a los ojos, y en las pantallas escuchamos a la fuerza con mayor atención.

Estoy fascinado con este mundo virtual que se abre en la soledad real de mi escritorio. Pero también estoy alerta ante cierto impulso que estoy sintiendo crecer día a día: salir a la calle y en las puertas de los supermercados, tocar la corneta para convocar al público, y reinventar el teatro necesario de estar aquí y ahora, muy cerca, con los demás.