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COLUMNISTAS / la lengua argentina
sábado 6 abril, 2019

Habla manchada

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por Silvia Ramírez Gelbes

congreso. María Teresa Andruetto en su discurso de cierre en Córdoba. Foto: cedoc perfil
sábado 6 abril, 2019

No voy a ser original en este asunto. Mucho se ha hablado de este tema y por eso lograré, a lo sumo, ser insistente.

Hace poco más de una semana se llevó a cabo el VIII Congreso Internacional de la Lengua Española en la ciudad de Córdoba. Por segunda vez se realiza este congreso en nuestro país (el tercero se celebró en Rosario), lo que nos otorga la precaria distinción de ser el único país que lo ha cobijado dos veces.

Aunque hubo en su transcurso muchos debates, centrados en y descentrados de los ejes que propuso el propio congreso desde España (“El español, lengua universal”, “Lengua e interculturalidad”, “Retos del español en la educación del siglo XXI”, “El español y la sociedad digital”, “La competitividad del español como lengua para la innovación y el emprendimiento”), quisiera concentrarme muy brevemente en dos cuestiones que no estaban exactamente previstas por la agenda: las lenguas de la América Latina y la lengua de la América de habla hispana.

Las lenguas de la América Latina. Como es de costumbre con la ocurrencia de este congreso, se dio en simultáneo lo que la calle llama contracongreso y que fue, esta vez –también en esa ciudad, en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Córdoba, también por esos días de fin de marzo–, el I Encuentro Internacional: Derechos Lingüísticos como Derechos Humanos. En él se trató el tema del plurilingüismo en América Latina, con una perspectiva –como allí mismo se declaraba– plural e inclusiva.

Condición casi invisibilizada por un congreso que, en América, se precia de tener al rey de España como invitado inaugural, el plurilingüismo de nuestro continente no debiera ser –a estas alturas– desconocido por nadie. A pesar de que, para entendernos entre quienes hablamos lenguas diferentes, necesitemos traductores.

De hecho, el ava-guaraní, el aymara, el chané, el chorote, el chulupí, el guaraní, el mapudungun, el mbyá guaraní, el mocoví, el pilagá, el qom o toba, el quechua, el tapiete, el vilela y el wichí son, junto al español, las lenguas que se hablan en la República Argentina. Y otras muchas más las que se hablan en la América Latina toda.

La lengua de la América de habla hispana. Aun cuando –nobleza obliga– se oyeron voces en disidencia, el propio congreso pareció convocar la idea de unidad. Sí, se habla de unidad en la diversidad. Pero ha de reconocerse que solo se ve diversidad en la América de habla hispana, donde residen más del 90% de los hablantes del español. Solo se ve diversidad en esta geografía colorida que es hoy tan dueña del idioma como la tierra en la que surgió.
¿Cómo hemos de llamar a nuestra lengua en América Latina? ¿Lengua española, con esa resonancia de traducción del inglés, que la llama “spanish”? ¿O quizás castellana, como propone María Teresa Andruetto en su discurso de cierre del CILE (y como hacen centenares de libros de texto por estos lares)? ¿O acaso hispanoamericana, como sugiere, también en su discurso del CILE, Claudia Piñeiro?

Yo quisiera llamarla manchada, como hacía Carlos Fuentes, el magnífico escritor mexicano. Pero no manchada de sucia: manchada de inquieta, manchada de alegre, manchada de distinta y distinguida. Manchada, como él mismo decía, porque viene de La Mancha, porque es mestiza, porque es itinerante, porque es lengua del futuro.

No es mi intención –¡en absoluto!– vilipendiar el español o castellano. Es imposible imaginarnos americanos y sin él. Nuestro ejercicio congénito de este idioma maravilloso –son palabras de Jorge Luis Borges– nos impiden toda presunción que diverja.

Pero de allí a ignorar que existen muchas otras lenguas que conviven con la nuestra en América y son tan aptas como ella para la comunicación, de allí a soslayar que la diversidad es la potencia que nos enriquece, porque nos permite pensar con más palabras y con más matices, hay una distancia inconmensurable. La distancia vacía del no saber. O del no querer saber.

 

*Directora de la Maestría en Periodismo de la Universidad de San Andrés.


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