viernes 07 de mayo de 2021
COLUMNISTAS opinion
16-08-2020 00:02

Hacia el punto de inflexión

16-08-2020 00:02

¿Qué tienen en común los economistas Arthur Laffer, Vito Tanzi y Julio Olivera, el historiador Paul Kennedy y el ministro Martín Guzmán? Todos ellos hablan de diversas situaciones en que los cambios se producen porque el estado de las cosas no se puede sostener. Un reconocimiento a que la realidad, tarde o temprano, pasa su factura por sobre las ideas y el voluntarismo extremo.

El profesor británico Paul Kennedy (“Auge y caída de las grandes potencias”), recordaba que la clave de la implosión de la Unión Soviética fue su imposibilidad de seguir la carrera armamentista con los Estados Unidos de Reagan, pero también enfrentar al poder innovador del cluster tecnológico de Silicon Valley con una estructura productiva debilitada y atrasada. El esfuerzo bélico le llegó a costar a la URSS 14% de su PBI: inviable.

Arthur Laffer, economista estadounidense formado en Stanford, lanzó la piedra filosofal de los Reaganomics: la recaudación impositiva a partir de cierto punto decrece si se aumentan las alícuotas. Bajarlas es una forma de, incluso, aumentar la recaudación total.

Julio Olivera (1929-2016) fue un abogado y economista argentino que llegó a ser rector de la UBA en la época de Frondizi y estudió casi en paralelo con el italiano Vito Tanzi (un Harvard boy que formó parte del staff del Fondo Monetario Internacional) el deterioro de las cuentas fiscales a causa de la inflación, en un círculo vicioso que como una adicción precisa de una dosis cada vez más elevada sólo para mantener el status quo.

Finalmente, Martín Guzmán, otro profesor universitario estudioso de las relaciones financieras internacionales, insistió con la fuerza de un predicador en el desierto, que el problema de la deuda no era su cuantía sino las condiciones que la hacían insostenible para la proyección de la economía argentina. Sin discutir la razonabilidad de su propuesta, que finalmente se cristalizó en un acuerdo con los bonistas, amplió el consenso interno en cuanto a su mayor logro: rebajar la tasa de interés pactada con anterioridad y poder patear los vencimientos. Una especie que pague el que sigue con argumentos atendibles, pero que en definitiva compra tiempo para producir los cambios que eviten en un futuro llegar la misma situación.

Si la deuda fue contraída para postergar ajustes y responder a desequilibrios, pronto llegará el momento de hilvanar una propuesta interna (y también la pedirán los técnicos del FMI para avalar la renegociación). Básicamente, pensando más en un 2021 sin efectos de la pandemia que el anormal 2020, cuáles serán las bases sobre las que se modificará el perfil productivo y el financiamiento del sector público, históricamente deficitario y por lo tanto demandante neto de fondos. Con mucha suerte, la Argentina conseguirá financiar buena parte de sus desembolsos futuros…con más desembolsos.

Por lo tanto, la financiación deberá venir de tres fuentes alternativas, pero no excluyentes: el endeudamiento interno, el aumento de la recaudación impositiva, la baja en el gasto público en general (en el que el rojo previsional, las transferencias a las arcas insaciables de las provincias y la eliminación de los subsidios al sector privado, sobre todo transporte y energía, juegan un rol protagónico). Todo lo que no se origine en esta combinación deberá ser financiado por más emisión monetaria, empresa riesgosa en un país con memoria inflacionaria y luego de la inundación de pesos que produjeron la parálisis por las políticas de cuarentena. Parte de esta fuente incómoda de recursos estará siendo utilizada en lo que queda del año para absorber la actividad inusual de la Casa de la Moneda.

La crisis del Covid quizás no llegó para quedarse, pero aceleró muchos procesos, aún en la vida diaria de empresas e instituciones. El equipo económico, hasta ahora absorto más en los resultados de sus mesas de negociación con Nueva York que en la discusión de un presupuesto creíble, le tocará alinear intereses e ideas para condensarlas en un plan económico, ahora sí, sostenible. El Presidente, que no ha tenido problemas en reivindicar la ética de la responsabilidad weberiana para desdecirse de sentencias que parecían inamovibles, podrá utilizar sus conocidos recursos de armador político para gestionarlo. Eso sí, con la convicción de que no cambiar también es una decisión y siempre trae consecuencias.

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