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COLUMNISTAS / inteligencia artificial
domingo 16 diciembre, 2018

Indice del miedo

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por Alejandra Litterio

default Foto: CEDOC

En el Libro VII de la República de Platón nos encontramos con la alegoría de la caverna que nos sumerge en los cuestionamientos más profundos del ser, el mundo de una realidad ficcionada que nos distrae y nos encadena, llevándonos a una percepción de sombras falaces. Pero ¿qué sucedería si operase un cambio cualitativo y el juego de luces y sombras que desfilan sobre la pared de la caverna, fruto y consecuencia de la realidad material como reflejo de la verdad, encarnasen un nuevo paradigma?
Al parecer, podríamos estar en presencia de una metamorfosis o cambio inicial, donde el nuevo ser, al adaptarse a luz cegadora de la realidad mediatizada por el redescubrimiento de un enfoque fundamentalmente basado en la premisa del solipismo, se regenera en una entidad que se trasciende a sí misma con el designio moral de “iluminar” a los otros seres.
Si esta entidad trasmutada creara las condiciones ideales que liberaran al “prisionero” de sus cadenas, entonces estaríamos en presencia de una realidad automatizada donde los hombres mismos paradójicamente quedarían encapsulados en una burbuja controlada. ¿Seríamos parte de Un mundo feliz como lo describe Huxley, donde las castas se definen en función de la genética? o tal vez ¿el engranaje de un mundo distópico como en La pianola de Vonnegut? o simplemente ¿nos pronunciaríamos como Miranda en La tempestad ante la belleza de la humanidad y las maravillosas criaturas que habitan ese universo polifacético?
Todo indicaría que nuestro mundo, tal y como lo conocemos, no es más que un imaginario colectivo donde el “espejo negro” crea una sensación de placer motivada por el ego de una realidad aumentada y donde cada participante condicionado por las reglas del juego virtual asigna una calificación personal basada en la interacción social, modelando la vida alrededor de una estructura artificial que se encarga de determinar el valor de cada ser humano a través de actos superficiales. Al virtualizarnos, entonces, nos convertimos en seres “hackables”, altamente vulnerables: un objeto definido en la lógica de un sistema, una línea de código de un software personalizado.
En esta misma línea, nos preguntamos: ¿somos parte de ese Sion, presos de nuestros sentidos, engañados por una suerte de ilusión, una especie semejante al poder divino, creados por el sujeto cognoscente, como sostenía Descartes? O en última instancia, reinterpretando a Strawson: ¿somos una totalidad indisoluble, unos estados mentales interconectados codificables?
Lo cierto es que en un ecosistema en el que todo es programable, incluso los “sentimientos”, los estados mentales adquieren un valor agregado, son, de hecho, cuantificables. Esperamos reacciones que se miden en un gradiente de la euforia al temor: todos ellos parametrizados por el denominado “índice del miedo”. Y sin embargo, desconocemos el elemento catalizador en esta formación tecnosocial distópica donde las interacciones reguladas conforman un perfecto mecanismo de control social distribuido, en la que somos predadores de acuerdo con la teoría de la selección natural darwiniana, guiados por un filtro racional autoimpuesto según el imperativo categórico kantiano.
Como en el Leviathan, somos la fuente generadora de “datos alternativos” reutilizables que el “Arquitecto” explora en su afán de perfeccionar el modelo basado en algoritmos de reconocimiento que nos transforma en versiones digitales mejoradas, representaciones con rasgos efímeros del ser.

*Lingüista.


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