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COLUMNISTAS / Herejes
sábado 4 mayo, 2019

Izquierda, madre monstruo

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por Pola Oloixarac

default Foto: CEDOC

La batalla contra la norma es la épica de moda. Lectora de Foucault, Lady Gaga canta su “manifiesto de la Madre Monstruo” a los raros, que se aferran a su tentativa de monstruosidad como un triunfo político sobre la opresión. El cuerpo propio es la utopía y el cuidado de sí es la tierra prometida: la sociedad ya no busca reprimir desde afuera si no que invita a autoclasificarse hasta la exasperación, a gestionar la performance de sí, porque todos somos iguales al competir (como mini-Gagas) por seguidores y likes.

En breve Libros del Zorzal publica La traición progresista, de Alejo Schapire, un viaje a las entrañas de esa madre monstruo, la izquierda contemporánea. Nacido en Buenos Aires en 1973 y radicado en París, Schapire disecta el devenir irreconocible de una gauche divine en cuyos valores se educó, pero con cuyas configuraciones actuales ya no se puede identificar. Criado en el seno de la zurda sentimental, nunca sospechó que sería la fidelidad a esos valores liberales primigenios la que terminaría expulsándolo.

La traición progresista es una salida del clóset y una herejía dolorosa, que medita el desencanto con urgencia y lucidez. Interpela la buena conciencia de izquierda apuntándole a la yugular. Entrenada en despreciar los productos culturales norteamericanos como Disney y Hollywood, la izquierda tradicional no tardó en engullir el puritanismo progresista yanqui, que sustituyó el multiculturalismo por una guerra racial sorda donde ser víctima es una forma de meritocracia.

Si Francis Fukuyama expresó que, con la caída del Muro de Berlín, la Historia había terminado, la izquierda norteamericana vuelve esta idea su programa: la Historia terminó y su misión es ordenarla, aplicando su superioridad moral triunfal a la revisión de todas las historiografías y cánones. Como Pangloss en Cándido, para este progresismo revisionista vivimos en el mejor de los tiempos posibles: lo que piensa es lo mejor pensable, y esta arrogancia le permite abocarse a la cancelación de las obras y sistemas que no cierran bajo su égida. La Historia no existe más: solo existe el presente de lo que puede ser pensado o dicho. Y los indeseables, los perversos, o los que no puedan probar su inocencia, deben ser excluidos. Los preceptos puritanos del nuevo progresismo yanqui fluyen hacia las versiones ecualizadas de cada país occidental y son la norma que ha creado nuevos raros que no tienen donde asirse, nuevos excluidos que boyan entre configuraciones políticas extremas a las que une el espanto.

Schapire expone aquello de lo que no se habla. Organiza con nitidez las discusiones borrosas en torno al lenguaje inclusivo, la construcción de un orden puritano que recuerda a las fantasías victorianas y la ya demodé libertad de ofender (o escribir cosas que puedan ofender a la burguesía). El antisemitismo también se ha visto revisado bajo este espíritu epocal: atacar a los judíos por su condición de judíos en Europa ya no se piensa como un crimen de odio, sino que es recatalogado bajo el mantra favorito de la actitud ilustrada: “Es más complejo”. Schapire muestra los atavíos hipócritas de este progresismo que niega la realidad de la violencia racial. Al mostrar el ajuar de bodas entre la izquierda y los intolerantes racistas, Schapire describe nuestra desnudez.

La traición progresista narra un problema cognitivo. Nuestras teleologías de la represión –que forjaron el pensamiento de izquierda como reacción– ubicaron siempre al Otro afuera. Pero no nos prepararon para la represión que viene de lo mismo. Ahora que, como decía Fukuyama, la Historia ha terminado y solo existen el mercado y la competencia por lo mismo, por likes y audiencias, esa cultura triunfal busca generar un sistema saturado de su mismidad para rehacer la Historia a su imagen y semejanza. Orwell: “Los intelectuales son más totalitarios que la gente común. No tienen reparos en abrazar formas dictatoriales, policías secretas, la falsificación sistemática de la historia, siempre y cuando esté ‘de su lado’”. Este lado es el giro copernicano: la nueva Iglesia es la izquierda, y el hereje es quien ose criticarla.


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