viernes 21 de enero de 2022
COLUMNISTAS ecos
04-12-2021 00:28
04-12-2021 00:28

La apuesta de Postel

04-12-2021 00:28

Una vez, hace muchos años, cuando era un joven lleno de intenciones divergentes, fui a ver a un productor de televisión para ofrecerle una idea televisiva. El productor le echó una miradita rápida a mi proyecto  (impecablemente tipeado) y me preguntó si lo tenía registrado porque –me dijo–, las estadísticas probaban que en el mismo momento en que alguien concebía en algún punto del planeta lo que consideraba una idea original, en otros cinco mil puntos había cinco mil personas que se veían iluminadas por ese mismo eureka.  Por supuesto, la respuesta me pareció un disparate, le dije que yo le llevaba una idea genial. Y en el momento en que se lo decía le entró un fax, que el productor tuvo la gentileza de leerme. Desde algún lugar del país, o de su misma productora, alguien le estaba enviando un proyecto idéntico al mío.

Por supuesto, las “ideas geniales” son excepcionales, y la mayoría de las que se tienen por tales en realidad resultan simples adiciones o pequeñas variaciones de otras ya existentes. Sobre todo cuando se trata de productos que al aspirar a cierta masividad prefiguran al público determinada manera, que responde a modos probados de funcionamiento. Más sencillamente, un gerente de programación de canal decía “Los éxitos no se tocan”.  Por supuesto, en algún momento, el público espectador (o el lector, que es el que nos interesa) puede en algún momento cansarse de la fórmula de ese éxito que hasta ayer le encantó, y ahí se produce la diferencia.  En un sentido amplio, cultura sería la tensión constante entre la voluntad de lo nuevo como una entelequia que nos permite desplazarnos sobre la línea de montaje fantasma de nuestra imaginación, y el reconocimiento de la validez y el sostén que nos proporcionan las producciones de las que nos apropiamos. 

Como decíamos ayer, Guillaume Postel (1510-1581) tuvo o tomó la misma idea que antes habían tenido Orígenes y San Agustín: que el hebreo era la lengua perfecta, universal, con la que Dios, por Divina Economía, transmitió su verdad y el conocimiento. La idea –cito la cita que hace Umberto Eco de su libro de 1550, De Foenicum litteris  (y cómo me gustaría que este diario empleara en la versión online las bastardillas para los títulos), dice que así como hay un único género humano, un único mundo, un solo Dios, también debe haber habido una única lengua, una “lengua santa, divinamente inspirada al primer hombre”. Sigo citando: “Igual que la fe y la propia lengua materna se aprenden a través de la voz, era necesario que Dios educase a Adán infundiéndole la capacidad de dar el nombre apropiado a las cosas. Lo curioso (al menos Eco no aclara el punto) es que Postel realiza estas aseveraciones en latín (De originibus, seu, de varia et potíssimum orbi Latino ad han diem incognita aut inconsyderata historia, 1553), sin tomarse el trabajo de explicar por qué la especie humana se desgració en multitud de lenguas, al punto de que él mismo debió escribir sus verdades en latín. 

Pero más allá de ese pequeño detalle, en Postel primaba la divina voluntad de reunificación lingüística de la humanidad, unida a la utopía religiosa de una paz universal bajo el signo de la cruz donde agonizó Cristo (De orbis terrae concordia, 1554), pero admitiendo, con el eclecticismo que caracteriza a los mejores exponentes de esa fe sincrética,  la posibilidad de admitir como verdaderas las creencias de las otras religiones. Y en su opinión, esa concordia universal debía llevarse a cabo bajo el mando del rey de Francia, descendiente directo de Noé  a través de una serie de interesantes circunvalaciones genealógicas y etimológicas (por ejemplo, gallus, es decir, galo, significaría en hebreo “el que venció a las olas”, es decir, aquel que se salvó del Diluvio).

En resumen, Guillaume Postel primero  intentó convencer de su verdad a Francisco I de Francia, Padre y Restaurador de las Letras, Rey Caballero y Rey Guerrero, quien poco menos que lo tomó por chiflado, y luego se dirigió a Roma buscando la anuencia de Ignacio de Loyola. Pero al español no le gustó nada la idea de que un francés ecuménico y mandón, por muy descendiente de Noé que fuera…

Seguiremos con estos ecos del pasado.

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