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COLUMNISTAS / certezas
viernes 29 marzo, 2019

La eternidad de Leonard Cohen

Cuando Kurt Cobain buscaba retornar al útero, escribió una canción hermosa sobre tomarse un té y buscar que le dieran la eternidad de Leonard Cohen.

por Fabián Casas

default Foto: CEDOC

Cuando Kurt Cobain buscaba retornar al útero, escribió una canción hermosa sobre tomarse un té y buscar que le dieran la eternidad de Leonard Cohen. El cantautor canadiense es conocido de manera estereotipada como un depresivo.

Tanto es así que durante los primeros discos de Cohen, un crítico británico dijo que se debería incluir una gillette como regalo para que la gente después de escucharlos pasara al acto. Por el contrario, los desesperados saben que la lírica y las canciones de Cohen no inducen al suicidio, sino que tienen un poder sanador sin usar ningún tipo de autoayuda. Frank Black, el líder de los Pixies, recuerda cómo una noche se metió en una pieza de hotel y lo único que hizo fue escuchar una y otra vez las canciones del canadiense, que le otorgaron sosiego en un momento muy difícil de su vida.

Se acaba de publicar un libro sobre entrevistas a Leonard Cohen. Es como tener una larga conversación con él en diferentes momentos de su vida. A veces, Cohen repite las mismas cosas, pero eso no perjudica al libro, sino que lo vuelve mántrico. Como cuando Juan José Saer decide empezar una y otra vez El limonero real y repasar escenas que acabamos de leer hace unas páginas atrás. ¿Qué hace grandioso el libro de conversaciones con Cohen? Primero, que no se presenta como un libro de memorias. Es espontáneo. Y Cohen nunca se muestra como alguien que se las sabe todas; mejor dicho, es alguien que no tiene problemas en mostrar que sabe muy poco. Se metió en el zen, sí, pero después de probar con todo tipo de tranquilizantes y antidepresivos. Durante cinco años subió a un monasterio de Los Angeles para estudiar con Roshi, su maestro. Hasta que un día tuvo la contrailuminación de que no estaba dotado para la vida espiritual. Eso lo tranquilizó y la angustia dejó de hostigarlo. Bajó del monasterio, volvió a dar conciertos porque estaba quebrado económicamente y se dedicó a cocinar sopa de pollo y vivir solo en una pequeña casa de su barrio natal. Cuando alguien le pregunta cuál es una de sus motivaciones para volver a cantar, dice: “Una de las principales motivaciones es la cuenta de la Universidad de tu hijo, eso hace que te produzca una sensación de pánico que hace que te expreses de algún modo”.

También descubre que hay ciertas estrategias de felicidad que no son necesarias: “No está mal vivir solo. Me siento bien lejos del imperativo social de que es necesario tener pareja”, dice. Lo que uno siente leyendo estas entrevistas a Cohen es que se lo puede escuchar. La claridad de su pensamiento logra traspasar la incertidumbre de la traducción. Cohen es un hombre común. Un hombre que está seguro de no haber inventado nada. Alguien que se siente bien con su vida privada. También deja en claro que no cree que haya nada después de la vida. Ahora lo debe estar comprobando.


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