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COLUMNISTAS / INTIMIDAD
sábado 23 junio, 2018

La libertad de estar solos

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por Miguel Roig

default Foto: Cedoc
sábado 23 junio, 2018

El hombre y la mujer de nuestros días parecen muy próximos a Robinson Crusoe. Construyen su espacio en soledad, iluminando la libertad conquistada con el sol que entra por las ventanas de sus pisos, y como los personajes de Sex in the City recurren a Viernes cuando lo necesitan y el resto del tiempo la red de relaciones se articula en el entorno laboral.
A finales de los años noventa pasé una larga temporada en Londres hospedado en la casa de la famosa ginecóloga inglesa que divulgó el uso de la pastilla anticonceptiva en el Reino Unido junto a su marido. Entonces, vivía sola, estaba divorciada y tenía un hijo psiquiatra que residía en Estados Unidos. Aún ejercía la
medicina y la planta baja, de las tres que constituían la casa, estaba en su mayor parte ocupada por e consultorio y la sala de espera. A unas calles del mismo barrio vivía su hermana menor, docente de la Facultad de Bellas Artes de Londres. También ella vivía sola, era divorciada y tenía dos hijos. Cuando yo regresaba por las noches solía encontrarlas juntas, hablando sobre sus jornadas, y en muchas ocasiones me sumaba a la tertulia. Mi condición de argentino y residente regular en España me convertía en un blanco atractivo para la curiosidad de las damas que me interrogaban sobre todo tipo de cuestiones tanto relativas a Buenos Aires como a Madrid. Uno de los temas que más les interesaba era la vida afectiva de la gente en esos sitios. Una tarde, hablábamos sobre la decisión de vivir en pareja o no, y estaba claro que las dos habían optado por ser singles, una elección importante después de un largo tiempo de vida compartido con sus maridos. Para ellas ésta era la única forma posible de vivir, en una libertad plena, ajena a consensos estúpidos que no son otra cosa que resignaciones que a la larga despiertan como monstruos. El único inconveniente de ser libre, opinaban, es la soledad, un tributo que se paga por vivir como uno quiere.
El siglo XVIII inventó la intimidad y el hombre y la mujer hallaron un refugio ante las inclemencias externas al abrigo del amor romántico. Cuando en el siglo pasado se incorpora el sexo abierto y el lecho conyugal se convierte en un lugar de experimentación, lo romántico recibe una completud que lo realiza.
Para Eva Illouz, el amor romántico ocupa el centro de la escena y de alguna manera se transforma en un agente catalizador capaz de asimilar y atenuar los conflictos sociales porque “se ha convertido en un elemento íntimo e indispensable del ideal democrático de la opulencia que acompañó el surgimiento de los mercados masivos, con lo cual ofrece una utopía colectiva que trasciende y atraviesa todas las divisiones sociales”. Pero el amor romántico se concreta en el encuentro con el otro, ese ser ausente en el amanecer del primer habitante del planeta y excluido en términos de cohabitación en el proyecto vital de las hermanas inglesas. Pascal Bruckner aventura una hipótesis: “La extravagancia de nuestra época depende de este sueño poco razonable: todo en uno. Un solo ser debe condensar la totalidad de mis aspiraciones”. No se oye a menudo aquello de “morir de amor”, pero las pretensiones afectivas que nos mueven parecen sintonizar con ese relato, aunque en realidad estemos más cerca de matar que de morir por un amor. Matar a ese otro del que no aceptamos ni su vulnerabilidad ante nuestras manifestaciones de singularidad excluyente, ni sus imperfecciones.
En El declive del hombre público, Richard Sennett afirma que “la instrumentalización publicitaria de lo íntimo solo es posible en una sociedad que ha olvidado el sentido inicial del ideal de autenticidad”. Lo auténtico no surge espontáneamente, sino que se adquiere a través de los relatos circulantes que se asumen como propios. Esta alienación impide la autenticidad y lleva a que el único producto confiable en el mercado emocional sea uno mismo.

*Escritor y periodista.

 


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