martes 17 de mayo de 2022
COLUMNISTAS metafora
21-01-2022 23:55

La poda impúdica

21-01-2022 23:55

Hay que darle a la metáfora para hacer madera… Algunos creen que es al revés; que los árboles estamos plantados para simbolizar cualidades humanas: la debilidad o fortaleza de las raíces remite al crecimiento, frondosidades o flaquezas a sus propias andanzas, equiparan el otoño de sus vidas a nuestra escala de ocres. Cierto poeta –francés, por supuesto– llegó a considerarnos vivos pilares de los que a veces se desprenden confusas palabras. Nos han hecho morir de pie, adjudicando estoicismo a nuestra sequía demorada. Por lo visto, representamos atributos transferibles al quehacer humano, pero si siguen volteándonos como pájaros sin alas, ¿de dónde sacarán sus metáforas para subsistir de lo que nos adjudican? ¡Ni siquiera se podrán ir por las ramas! A muchos de nosotros nos las han quebrado. Con lo que nos cuesta bifurcarnos. Es toda una decisión –digamos, troncal– ir hacia un lado y el otro, construyendo la verde copa de la que beben tantos ojos extasiados. Por más metáforas que hagan, no consiguen salvarnos, ni tampoco se libran ellos de las consecuencias de sus arrebatos

Es extraño cuánto nos veneran, lo que han escrito y dibujado sobre nuestras diversas especies: desde las cuevas de Altamira hasta las galerías posmodernas; las anotaciones de Plinio el Viejo en su “Historia natural” o las “Notas del bosque” de Emerson. A veces pareciera que nos hubiesen inventado, de tan nítidos que nos trazan, como si del arte proviniésemos. 

Los más protagónicos son los robles (inolvidable aquél donde se posa Orlando de Virginia Woolf, ¿será por su corteza tan especial, pergamino del tiempo, sendero de hormigas de varios siglos?); le siguen los cerezos y castaños, tan proclives a la literatura rusa; el poeta de los árboles, Antonio Machado, prefiere los álamos, encinas, olivos y olmos; al unísono están todos en el “Himno al árbol” de Gabriela Mistral, los sauces llueven en el jardín de Diana Bellessi; Octavio Paz nos hace crecer hacia adentro, y nuestro sutil observador, Felisberto, considera al árbol como “el amigo que siempre se queda”.

Poetas y pintores nos convocan en sus obras, como si fuésemos sus mudos representantes en la naturaleza pródiga; se esmeran en darnos la vida que solo el arte otorga, quizá en busca de enseñanzas venerables y silenciosas; otras personas simplemente descansan en silencio bajo nuestra sombra; los paseantes se alegran al vernos florecidos, y los niños se aferran a nuestras ramas experimentando sus primeros ascensos, con la felicidad y el vértigo de las alturas solitarias. 

Solo unos pocos –que suelen ser los mismos de siempre y lamentablemente alcanzan para acabar con el bienestar de tantos– se empecinan en derribarnos, por doquier y a destiempo. En el Amazonas o durante los meses de crecimiento. En ese momento se olvidan de una cualidad humana que otorga más años: la contemplación. Tampoco atienden al bienestar de nuestra sombra, al jugo vital de nuestros frutos o la calidez intrínseca de la madera. Ni siquiera les importamos para hacer cajones fúnebres, nos prefieren muertos a nosotros, caídos, incendiados. Para favorecer sus negocios, o por emperrada ignorancia.

¿Acaso no saben de palabras los humanos, con tantas que nos han atribuido? ¿No son las letras partículas elementales de su naturaleza hablante? Se suele decir que en meses con “r” no hay que podar. El recuento es muy sencillo, son tan solo ocho. 

Entonces, ¿por qué yacen nuestras ramas en veredas de enero?  

Y ni siquiera nos han recogido… Hace varios días que permanecemos pelados y mudos observando nuestros brotes en el piso, pisoteados, evidencia de una poda triste e inadecuada. Del menjunje de hojas desparramadas no es fácil distinguirnos, ¿fresno, plátano? ¿Les dará lo mismo? Tal vez un perro se detenga, husmee y mee. O un niño advierta la posibilidad de una onda y nos recicle, cazador. Otro, distraído, posiblemente se tropiece con alguna rama, dándose cuenta del despropósito de nuestra presencia en las calles del verano, y quizá alce la cabeza, mirando a través de los huecos, y derive en sus pensamientos a los árboles que mueren de pie, el estoicismo, las edades, y otros atributos pero… De la metáfora no se extrae madera.