sábado 02 de julio de 2022
COLUMNISTAS regalos

El don de dar

25-12-2021 23:55

Los niños me esperan todo el año como si tuviéramos una cita desde siempre. Gozan por anticipado, preparando el arbolito, y cuando se iluminan las luces de la decoración, los ojos centellean reflejando en las bolas metalizadas el alboroto de sus ilusiones. Hay que llegar hasta la medianoche sin romper las reglas de una ceremonia tan puntual como fantástica (¿acaso la Navidad no es también un cuento, o varios)? Tantos autores intentaron apresar la Nochebuena incluso remitiéndose a las malas… Dickens, Auster, y el tiernísimo relato de Truman Capote, Un recuerdo de Navidad, infaltable lectura para atisbar lo inolvidable (“Podría dejar este mundo con un día como hoy en la mirada”, dice su protagonista). 

He visto a tantos chicos correteando por la cocina, desordenando los frutos secos, sin comprender del todo la importancia de las alcaparras en el vitel toné, preguntándose de dónde vendrá ese nombre compuesto tan hermoso, aunque escuchen a una tía comentar que esta vez le falta anchoa y a otra asestar un sí resignado, “qué queres, a lo que las venden teniendo tanta costa”, para rematar embadurnando el dedo en la salsa, corolario de su desaprobación. 

Al anochecer, con la primera estrella, empieza la cuenta regresiva o el regreso a la cuenta de lo que falta (uy tanto, siempre mucho), las horas, los minutos que no pasan nunca o dejan de pasar y hay que sumarlos para llegar a las horas que tan lentamente se aproximan a la lejanísima medianoche. La cena de Navidad se inventó para soportar la espera, contando el tiempo en tomates rellenos, aceitunas del infaltable pionono (otra palabra que desenrolla la lengua en estas fechas), y seguir contando al postre: 2 almendras, crack, un turrón, crack otro, y ya estamos cerca, la bandeja con la sidra, las caras de los niños se van transformando, sin saber del todo  qué se festeja, creyendo en lo único que esperan: amor y sorpresas.  

La necesidad de recibir de los pequeños es tan grande que me desespero por alegrarlos. Soy el regalo que aguardan, el que los considera niños. Hace días que los veo merodear por el arbolito, buscando sus nombres, el paquete que los incluye, que los tiene en cuenta. 

Pero a veces soy el regalo que no está. Entonces quisiera envolverme solito, poder desplazarme,  llegar a los que no me reciben, sabiendo que es imposible, que sólo conjugado los alcanzo. Yo regalo, tú regalas, él regala… Y los niños, regalones nomás.