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Los años locos

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Números | GERD ALTMANN / PIXABAY

Los números tenemos doble fama. Por un lado estamos en todas partes, regimos la humanidad, somos la referencia de lo que la mayoría busca, ya sea por temor o expectativa. Le damos lugar al tiempo, confirmamos épocas a través de las fechas, pautamos las vidas de la gente en los almanaques, nos calentamos a la luz de las velas en los cumpleaños y descansamos en la tristeza de las flores, cuando fallecen. 

Contamos con la gracia secreta del cero o la acostada perspectiva del infinito. 

Apuestan miles de nosotros en las carreras, la lotería, la ruleta; nos transformamos de un día para el otro en verdes, o derivados de la especulación financiera. Tenemos primos con cargos importantes en la teoría de los números, muchos de ellos considerados “ladrillos con los que se construye cualquier número natural”; otros muy solitarios, como “los números primos” tan bien representados en la novela de Giordano. Algunos llevan nombre, como “Pi”, que además se prolonga hasta lo incalculable, y quizá por eso llegó al cine en la homónima película de Aronofsky.

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De niños usan los dedos para contarnos y llegando al diez de sus manitos, prosiguen como si les quitasen las rueditas a la bicicleta de su pensamiento. Somos finalmente tan abstractos como reales, nos anotan cada vez que las personas se conocen, anteponiendo el 11, el 15, los más asiduos de nosotros en sus celulares. 

En la era digital los números llevamos la delantera, el mundo parece depender de nuestras determinaciones algorítmicas, los deseos se distribuyen estadísticamente. Nos aliamos con algunas palabras –aunque éstas nos desprecien–, revelando el poder de sus apariciones en internet. “Like” ya no significa nada sin nosotros. Cuantos más estemos a su lado, cambia su estatuto, genera sonrisas, envidias, famas. 

Por otro lado, los números no somos nadie… A pesar de estar en todas partes, del miedo que infundimos al aumentar o al disminuir –del bolsillo, de los seres queridos–, se habla de nosotros como sin ganas, a tal punto que suele decirse “no es más que un número”, incluso se nos ha utilizado para desvalorizar a las personas en tiempos nefastos de la historia, colocándonos en sus ropas.

Hay un escritor que elevó nuestra condición (¡por fin algo de subjetividad!). Borges creó al personaje Funes, y éste proyectó un vocabulario infinito para la serie natural de los números. Más de veinticuatro mil recibimos un nombre… El siete mil trece, por ejemplo, fue bautizado Máximo Pérez, y el siete mi catorce, El Ferrocarril. A otros números, Funes los llamó Olimar, Gas, Luis Melián Lafinur  o El Negro Timoteo.  

A veces también la realidad nos brinda unas palabras de aliento… En estos días la palabra “feliz” acompaña a uno de los nuestros, el 2022. Ojalá que su terminación (el famoso 22), sea una locura de las buenas, aquellas que alimentan la felicidad.