sábado 13 de agosto de 2022
COLUMNISTAS opinión

Lágrimas para todos

A medida en que Naipaul va escuchando historias personales, descubre etnias, religiones, territorios, tradiciones...

24-07-2022 02:58

Hace unos cuantos años compartí una cena con Belén Gopegui, Constantino Bértolo e Ignacio Echeverría, distinguidas figuras de las letras hispánicas. Mientras comíamos lacón con grelos, el trío trató de convencernos a mí y a los otros comensales (que eran Flavia y mi cuñado Lisandro) de que los dos escritores más importantes de las últimas décadas eran dos premios Nobel: V. S. Naipaul y J. M. Coetzee. Impresionado por el énfasis de mis calificados interlocutores, en los meses siguientes acumulé libros de ambos y hasta leí alguno. No hubo caso.

Pero siempre existe la oportunidad de arrepentirse y cada tanto vuelvo a intentarlo. A Coetzee lo abandoné, pero hace poco me pasó algo curioso con Naipaul, que murió en 2018, a los 85 años (después de aquella conversación). Hace poco me asomé a India, un libro de más de setecientas páginas cuyo título completo es India: tras un millón de motines (1990), me puse a leer y lo terminé fascinado. No tanto por la prosa o el estilo de Naipaul (la traducción, por otra parte, es muy mala) sino porque me pareció la mejor puerta de entrada a un mudo es el tercero de los libros que Naipaul escribió y lo dedicó a la tierra de sus antepasados (los anteriores son Una zona de oscuridad, de 1964, y Una civilización herida, de 1977). Nacido en Trinidad, nieto de hindúes que huyeron a las Indias Occidentales británicas para trabajar casi como esclavos, viajó por primera vez hacia sus orígenes y se encontró con un país inabarcable y desconocido. 

Nunca estuve en la India y debe haber pocos países importantes de los que sepa menos: ignoro casi completamente su historia, su geografía y su cultura. Por eso, en parte, es tan atractivo el enfoque de Naipaul, que tiene algo de Tristes trópicos o de Allá lejos y hace tiempo, el de alguien que no pretende saber, pero no se priva de sus opiniones. A medida en que recorría la India, Naipaul de fue dando cuenta de que la visión del país que le transmitió su familia (asimilada a la cultura británica y al Caribe) partía de una inexistente unidad que la asombrosa y abigarrada diversidad de la India vuelve inapresable. Sin embargo, la visión previa de Naipaul se parecía a la de Gandhi, un hindú que se formó en Inglaterra y en la Sudáfrica colonial y veía a su país como un todo (Paquistán incluido). Pero las ideas de la gran mayoría de los personajes que encuentra Naipaul, con quienes construye una especie de novela coral basada en hechos reales, tienen poco que ver con el padre de la independencia (de hecho, muchos lo detestan). A medida en que Naipaul va escuchando historias personales, descubre etnias, religiones, territorios, tradiciones y filiaciones políticas de las que surge un caleidoscopio de reivindicaciones (los motines a los que alude del título) que enfrenta a todos contra todos. Y a todos les da la palabra en lo que termina siendo una colosal obra de ficción con personajes perdidos entre el orgullo y la desesperación. “Aquí sufre todo el mundo” dice uno de sus interlocutores y es difícil desmentirlo. Y, al mismo tiempo, Naipaul se acerca a otro motivo de lamento: el final de la civilización hindú, el ocaso de una cosmología y una literatura reducidas primero a la servidumbre del ritual y de las castas, atropellada después por el colonialismo, la modernidad y el Islam.

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