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Hebe Uhart decía que cuando una llega a vieja es mejor no tener mascotas porque una puede morirse (va a morirse) y qué pasará con el gato o el perro o el canario.

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Libros. | Marta Toledo

La biblioteca volvió a mi casa. Llegaron las cajas, muchas, un montón. Las apilamos contra la pared del living. La biblioteca, el mueble, espera con los estantes vacíos. Es un mueble hermoso de madera y hierro, construido especialmente para esta casa. Antes, siempre, mis bibliotecas, los muebles, fueron improvisaciones (ladrillos huecos y madera; o ménsulas puestas en la pared y tablones) o de fabricación en serie. Miento: cuando me mudé a Buenos Aires, mi madre que estaba estudiando carpintería me hizo una biblioteca pequeña para los libros que me había traído de Paraná, la mayoría comprados en lo de Altman o en los quioscos de revistas, colecciones que venían con Página/12 o el diario Crónica. Hace poco, en la Feria del libro de Paraná, justamente, un hombre se acercó y me dijo que me conocía de lo de Altman, él también era su cliente. Me contó una escena detallada de la primera vez que me vio y dijo una palabra muy graciosa: parece que le preguntó al viejo Altman, el librero, quién era esa chica y él le respondió: una jipilonga que estudia en el profesorado. Dijo que dos décadas después me vio en la tele, en un programa sobre libros, y me reconoció de inmediato: la jipilonga de Altman, dijo de nuevo. Me dijo también que siempre lee esta columna (hola).

Me había acostumbrado a no tener los libros. Están en esas cajas desde el 2019. Pasaron en esas cajas en un depósito toda la pandemia. En ese tiempo tuve libros nuevos y volví a comprar algunos que ya tenía. Cuando los acomode en los estantes voy a tener parejas de gemelos de varios. Hay muchos libros que ya no me acuerdo si los tengo. Me inquieta abrir las cajas. Me agobia el trabajo que me espera (ordenar, clasificar, decidir cómo va a estar ordenada) aunque un par de amigos ya me ofrecieron su ayuda. Me preocupa también el día de mañana. ¿Hasta qué edad es aconsejable tener una biblioteca? Hebe Uhart decía que cuando una llega a vieja es mejor no tener mascotas porque una puede morirse (va a morirse) y qué pasará con el gato o el perro o el canario. Pienso que también se puede aplicar a las bibliotecas: para qué dejarles ese embrollo a los que nos sobrevivan. En una época daba talleres en Aquilea, la librería de viejo del escritor Hernán Lucas: qué delicia era hurgar cuando compraba una biblioteca nueva (mejor dicho vieja). Una vez me traje dos o tres libros de una colección juvenil que habían sido de la hija de una astróloga muy famosa.

Por supuesto apenas colocamos el mueble, los gatos lo usan para pasear o echarse una siesta. Por supuesto desde que llegaron las cajas y las apilamos contra la pared del living, los gatos las usan para pasear, afilarse las uñas, dormir o sentarse a mirar por la ventana. Apenas ordene la biblioteca se quedarán sin estos dos entretenimientos.

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También me pregunto qué cosas volveré a encontrar entre las páginas de mis libros: tickets de supermercado que usé de señalador, postales, una notita escrita a mano; libros dedicados por sus autores y también libros dedicados por quien me los regaló (antes se usaba regalar un libro a un amigo y escribirle una dedicatoria, recuerdo los Cuentos completos de John McGahern dedicado por mis compañeros del taller de Laiseca). Y voy a encontrarme de nuevo con el único libro que robé en mi vida o que, mejor dicho, no devolví a propósito. Y con el ejemplar del Martín Fierro que fue de mi abuelo Antonio: ¿habrá sobrevivido a las polillas? Me acuerdo que algunas páginas estaban tan caladas que parecían de encaje.