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COLUMNISTAS / negocios
sábado 22 diciembre, 2018

Los adaptados de siempre

Tengo la impresión de que el tema de las barras bravas se encara por momentos como si se tratara de unos cuantos malandras a los que convendría intimidar con penas amenazantes para hacerlos recapacitar o meterlos directamente en gayola.

por Martín Kohan

default Foto: CEDOC
sábado 22 diciembre, 2018

Tengo la impresión de que el tema de las barras bravas se encara por momentos como si se tratara de unos cuantos malandras a los que convendría intimidar con penas amenazantes para hacerlos recapacitar o meterlos directamente en gayola. Flagelo de gente mala: disuadiéndolos o encarcelándolos, o impidiendo su ingreso a las canchas, se presume que se daría una inmediata solución al tema.

Pero ya hubo y ya hay unos cuantos barras presos, y muchos más a los que se expulsa de las canchas por derecho de admisión; y la existencia de barras bravas se mantiene inalterada. Hay casos de jefes de barras presos que las siguen liderando desde la celda. Y hay casos en los que las lideran sin necesidad de entrar a las tribunas (tal parece ser la situación con Caverna, a quien inexplicablemente Rodolfo D’Onofrio pretende no conocer, y aun con Rafael Di Zeo, con quien inexplicablemente Mauricio Macri pretende no haber tratado).

No es porque exista gente mala (aunque, en efecto, existe) que hay barras bravas en el fútbol, sino porque se ha constituido con ellas un negocio fenomenal. Y en tanto ese negocio persista, la expulsión de ciertos barras solo hará que algunos otros quieran ocupar su lugar (nunca es más peligroso ir a la cancha, para el hincha común, que cuando se genera una disputa por el control de una barra. A menudo son las así llamadas fuerzas de seguridad las que desencadenan esta situación, en su lucha contra la violencia en el fútbol).

El negocio de las barras contempla rubros diversos; por ejemplo: puestos de comida y bebida en los estadios, trapitos los días de partido, reventa de entradas, etc. Pablo Alabarces ha señalado muy bien que el problema con las barras no es que sean inadaptados; al contrario: es su perfecta adaptación. Su actividad en negocios abusivos (ilícitos) funciona porque se inscribe en un sistema general de negocios abusivos (lícitos). La hamburguesa a $ 130 y el hábito de aguar las gaseosas no surgieron con las barras. La reventa de entradas nunca ofrecidas a los hinchas comunes en agencias de turismo no es menos arbitraria ni es menos onerosa. Los garajes legalmente habilitados duplican o triplican sus tarifas por estadía en los días de partido, y a veces el Gobierno de la Ciudad aprovecha la aglomeración de autos en los alrededores del estadio para mandar a recaudar a sus inspectores, si acaso un guardabarros queda un poco sobre el cordón amarillo.

La violencia de las barras en el fútbol responde desde hace tiempo mucho más a las pujas por el manejo de los negocios espurios que a razones de otra índole (por ejemplo, el fútbol mismo). Pero estos deplorables negocios espurios no son en muchos casos tan distintos de esos otros negocios, los admitidos. El cambio, entonces, como suele decirse, tendría que ser estructural.


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