jueves 26 de mayo de 2022
COLUMNISTAS OPINIÓN
01-04-2022 23:55

Mi 2 de abril

01-04-2022 23:55

“Jovencito, usted es un idiota útil de los norteamericanos y los ingleses. Nos están haciendo lo mismo que hicieron los japoneses en la Segunda Guerra Mundial con radio Rosa de Tokio. Buscan desmoralizar a los soldados argentinos. Y usted es el instrumento. No existe una flota inglesa de cuarenta barcos viniendo al Atlántico sur. A usted lo vamos a fusilar por traición a la patria, no ahora porque las balas las vamos a usar primero para matar a todos los ingleses, pero cuando termine la guerra”. Esto me dijo el temible general Ramón Camps en el edificio del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas, donde había sido citado después al publicar un informe sobre la evolución de la Guerra de Malvinas a poco de comenzar, escrito por el periodista norteamericano experto en temas militares y ganador del Premio Pulitzer por develar papeles del Pentágono, Jack Anderson.  

Tokyo Rose es el nombre con que la contrainteligencia de Estados Unidos bautizó a la radio AM japonesa escuchada en el océano Pacífico que transmitía en inglés contenidos desmoralizantes para las tropas norteamericanas: prisioneros que enviaban mensajes a su familia y testimonios de soldados capturados obtenidos por la fuerza en interrogatorios producidos por la Kenpeitai japonesa.

Rosa de Tokio hacía referencia a Ikuko Toguri, hija de inmigrantes japoneses que había nacido en Los Ángeles, que viajó a Japón a visitar familiares justo seis meses antes del ataque a Pearl Harbor y, sin poder volver a Estados Unidos, fue contratada como locutora de los 350 programas de propaganda antinorteamericana.

El alucinado general Camps creía sinceramente que Jack Anderson, más que periodista, era un agente de inteligencia de la OTAN. Pero no estaba solo en su fantasía: ese fue el cargo con que meses después de terminar la guerra el presidente de entonces ordenó mi detención acusándome de ser agente de inteligencia del Foreign Office, la Cancillería británica, ordenando mi arresto bajo la acusación de traición a la patria.

Jack Anderson es considerado en Estados Unidos el padre del periodismo de investigación, y además de la nota por la que mereció el Premio Pulitzer acumuló múltiples revelaciones: el hostigamiento de Nixon a John Lennon, el complot de la CIA para asesinar a Fidel Castro, la participación de la mafia en el asesinato de Kennedy, el caso Irán-Contra durante la presidencia de Reagan. Los mismos agentes involucrados en el Watergate confesaron haber planeado un frustrado envenenamiento de Jack Anderson por orden del hermano de Nixon.

Pero el general Camps, en lugar de prestar atención a los innumerables indicios de independencia de Jack Anderson de los distintos gobiernos de su país, hasta su mala relación con el poder, prefirió considerarlo un agente de inteligencia de la OTAN y, por carácter transitivo, también a mí. Anderson era tan draconiano en su autonomía que hasta me recomendaba ni tomar café con ningún funcionario porque, él decía: “Se puede encontrar con una persona simpática que lo condicione inconscientemente, lo mejor es no atender a los funcionarios”.

Pero esta ignorancia es apenas un pequeñísimo ejemplo de la superficialidad con la que la dictadura militar planificó la recuperación de las islas Malvinas. En su balance a cuarenta años de la guerra, Rosendo Fraga reproduce un párrafo del Informe Rattenbach, preparado por las propias Fuerzas Armadas, donde se dice: “El procedimiento adoptado por la Junta Militar para preparar a la Nación para la guerra contradijo las más elementales normas de planificación vigentes en las Fuerzas Armadas y en el Sistema Nacional de Planeamiento. Ello motivó que se cometieran errores fundamentales respecto de la propia orientación política y estratégico-militar con que se inició el conflicto, y aquella con que se lo concluyó”.

También hoy PERFIL publica el testimonio sobre Malvinas del oficial más antiguo de las Fuerzas Armadas en actividad, el teniente general Juan Martín Paleo, jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas (ver página 54), contrastando el sentido común actual con aquella embriaguez de poder de los comandantes de la dictadura. Galtieri había recibido un llamado de Ronald Reagan no bien la flota argentina zarpó para las islas Malvinas y fue detectada por los satélites norteamericanos, pidiéndole que abortara la misión, y Galtieri no lo hizo sabiendo a partir de ese llamado que Estados Unidos apoyaría a Inglaterra. 

Mañana PERFIL publica un extenso reportaje al periodista de la BBC Robert Fox, quien desembarcó con las tropas inglesas en las islas Malvinas y fue el testigo civil que acompañó con su firma la rendición de las tropas argentinas.

Planes para recuperar las islas Malvinas militarmente tuvieron Julio Argentino Roca, Hipólito Yrigoyen y Juan Perón, cuando Inglaterra estaba debilitada, en medio de la Segunda Guerra Mundial. Pero ninguno quiso avanzar sabiendo que era factible su recuperación militar pero no así rechazar un eventual contraataque inglés.

Hizo falta que en el proceso de deterioro intelectual de la dirigencia argentina se llegara a la peor dictadura de todas para llevar a cabo una operación cuya estrategia no tuviera en cuenta el paso posterior a la ocupación inicial, y en el peor contexto histórico: con una Inglaterra no concentrada en sus guerras mundiales, como en buena parte del siglo XX, con una primera ministra como Margaret Thatcher, que aprovechó el descrédito de un gobierno argentino ilegítimo y desprestigiado por su crímenes contra los derechos humanos, sumado a la hostilidad de Chile, con el que se había estado por entrar en guerra dos años antes, entregándole a Inglaterra un aliado vecino al teatro de operaciones militares.

La derrota en la guerra impidió al general Camps y sus superiores cumplir su amenaza de fusilar a nadie pero el anacronismo de acusar a un periodista argentino de agente inglés, ordenando su arresto bajo el excesivo cargo de traición a la patria a través de un decreto presidencial, demostraba el nivel de alucinación maniática que caracterizó esa época. 

Finalmente pude asilarme en una embajada, salir del país y vivir en el exilio hasta el regreso de la democracia.
 

Continúa mañana con: “La banalidad del mal”