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COLUMNISTAS / BAJON MACRISTA
domingo 25 agosto, 2019

Microclimas

La derrota electoral tiene razones que el Gobierno no ve. Votos con mensaje.

por Carlos De Angelis

¿Siempre que llovió, paró...? Foto: Pablo Temes

Pasadas dos semanas de las elecciones primarias debe llegar el análisis más reflexivo buscando comprender las razones del triunfo del Frente de Todos sobre Juntos por el Cambio.

El escrutinio definitivo mostró a Fernández alcanzando el 47,65% (11.622.020 votos) y a Macri en el 32,08% (7.824.996). Casi tres millones ochocientos mil personas marcaron una diferencia que sorprendió a gran parte del país.

Sin aliento. Las ponderaciones del Gobierno sobre los resultados fueron mutando con el correr de las horas. La primera reacción fue la conferencia de prensa del día siguiente de la elección donde Macri mostraba su enojo con los resultados y pasaba facturas a los votantes de Fernández por la devaluación de la moneda que se había efectuado el mismo día. Dos días después se vio a un presidente más calmo, pidiendo disculpas por sus comentarios del lunes diciendo que había entendido las razones del voto y presentando medidas para compensar los efectos de la caída del peso. Fue un Macri que parecía dar un golpe de timón a su gobierno, desde donde surgían muchas dudas, ¿caería el acuerdo con el FMI?, ¿cómo se financiaría el esfuerzo de las nuevas medidas? Al día siguiente en “gabinete ampliado” se ponía en marcha otra narrativa buscando reactualizar la épica y centrando las explicaciones en las falencias en la fiscalización y la falta de respaldo de quienes en realidad en vez de ir votar estaban esquiando.

El viernes de la semana anterior a última hora renunciaba Nicolás Dujovne en implícito rechazo a las medidas adoptadas el miércoles anterior y el sábado asumía el nuevo ministro que curiosamente estaba de vacaciones en el sur. El martes juraba Lacunza y daba una conferencia de prensa seguido por Guido Sandleris, presidente del Banco Central. En sendas conferencias combinaron tonos cordiales con rostros preocupados. En resumidas cuentas, la preocupación es contener el dólar y cumplir con el Fondo; ya no hubo rastros del Macri del miércoles que esbozaba un cambio de rumbo, no habría nuevas medidas compensatorias.

Para terminar la semana ocurrían dos hechos: el encuentro organizado por el grupo Clarín con periodistas de ese diario entrevistando a Fernández y a Macri y la arenga de Marcos Peña por WhatsApp. En la reunión de Clarín, Macri defendió a su jefe de Gabinete de los cuestionamientos tras la derrota, mientras que volvía a la carga sobre la narrativa enunciada una y otra vez: transformar la decadencia de “setenta años”, es decir el peronismo. También reclamó extrañamente que Cristina Kirchner diga lo que piensa. Peña, por su parte, exhortaba a los voluntarios de Juntos por el Cambio para “dejar todo en la cancha” en las elecciones de octubre, y que busquen convencer a los millones de argentinos que no fueron a votar.

Aquí se pone en marcha otra red argumental para explicar la derrota, combinando un cuestionamiento a su propia gente que no se ha sabido explicar bien, más una objeción más sofisticada apuntada a la ciudadanía, polarización 2.0: los votantes no se habrían dado cuenta de que llegaba al poder Cristina F. de Kirchner.

Jaula de oro. El diagnóstico que se puede trazar muestra las dificultades de un gobierno en la comprensión del proceso electoral y en su lectura posterior. El proyecto macrista tiene algunas ideas-fuerza muy afincadas sobre qué tipo de país desea en cuanto a la estructura económica, y ese formato fue generando una superestructura ideológica para que, desde un consenso, la sociedad acepte ese modelo de país, lo internalice, pero también mayoritariamente lo vote (esto último evidentemente no pasó).

La cúpula del poder del gobierno de Macri está absolutamente convencida de que ese modelo es la única alternativa posible. Han construido un relato y se han ido a vivir adentro de él. Esta narrativa construyó un enemigo, su “nosotros o ellos”: el populismo en general y el kirchnerismo en particular. En ese marco, toda crítica o señalamiento es sindicado como proveniente de ese enemigo. Los propios consultores que deberían, por su tarea profesional, modular entre el afuera y el adentro sucumben también frente a la presión de tener que aceptar los puntos de vista de ese núcleo duro. Es la hora de los soldados, no de pensamiento crítico. Para ser gráfico, si alguien cercano al núcleo de poder tiene datos o percepciones que puedan mostrar discordancias entre ese modelo idealizado y su aceptación por el mundo social, prefiere en última instancia guardarlo antes que exponerse.

Mucho big data, poco little story. La construcción de ese microclima tan cerrado explica la enorme sorpresa ante los resultados electorales, amplificado por tratarse de un gobierno que le ha dedicado ingentes recursos a la investigación de la opinión pública. Se podrá aducir que en un punto a todos los gobiernos les termina pasando lo mismo. Sin embargo, si los cercanos a la corte –funcionarios, empresarios, periodistas y consultores– solo suman datos que confirmen los puntos de vista del Presidente toda esa tecnoestructura se convierte en una jaula de oro a la weberiana, una enorme incomprensión del mundo que lo rodea. Hoy mismo las explicaciones alternativas que trazan sobre la derrota electoral van desde la ausencia de votantes (la asistencia fue históricamente alta, cerca del 76%), la poca energía puesta por los “defensores del cambio” para convencer a la gente, o la poca valoración hacia figuras como María Eugenia Vidal.

Ni una palabra sobre las consecuencias del modelo económico, la dramática pérdida salarial, la inflación galopante, los sacrificios realizados por las familias de clase media y baja para reducir sus consumos. Ese gran componente vital para la sociedad no es reconocido como parte de la varianza explicada.

Es claro que los votantes no dejan por escrito el motivo de su voto en el momento de meter el sobre en la urna, pero miles de indicios, desde una enorme cantidad de estudios de opinión hasta el análisis de la distribución territorial del voto correlacionado con los mapas de incidencia de la pobreza, muestran esa realidad con la misma elocuencia de la carta robada de ese gran cuento de Edgar Allan Poe.

 

*Sociólogo (@cfdeangelis).


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