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COLUMNISTAS / de las etiquetas a la grieta
sábado 2 marzo, 2019

Mucha discusión, cero reflexión

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por Sergio Sinay

En los medios y en lo cotidiano. No importa el tema en el país, casi todo es materia de discusión. Foto: captura web
sábado 2 marzo, 2019

En la Argentina hoy casi todo es materia de discusión y casi nada es motivo de reflexión. No importa el tema, en cuanto algo se plantea es materia de controversia, enfrentamiento o altercado. Esto abarca a la política, el deporte, la economía, el arte, el espectáculo, las opiniones personales, la cuestión de género. Todo. No se intenta debatir para consensuar, para buscar un tono de gris que contenga, aun en proporciones diferentes, al blanco y al negro. Se discute para vencer, para tener razón, aunque no se la tenga. Se discute sin admitir un mínimo porcentaje de veracidad en el argumento del oponente, aunque ese porcentaje exista. En 1995, entrevistada en la revista Mother Jones por la periodista Cynthia Gorney, quien la instaba a tomar partido por uno de los dos campos en que, según ella, estaba dividido el feminismo, la reconocida escritora y activista feminista Gloria Steinem apuntaba que ella había participado en ambos campos, y que la pregunta de la periodista reforzaba la costumbre de desvirtuar cualquier tema dándole forma de discusión para terminar creando etiquetas y colocándoselas a las personas. Etiquetar, subrayaba Zachary Mainem, significa ignorar los matices de las opiniones y de los pensamientos.

En ese punto estamos. De las etiquetas a las grietas hay un paso, y ese paso se da aquí cada día y por cualquier motivo. Quizá la explicación está en que etiquetar es una manera de no pensar. Es más fácil tomar el atajo de la simplificación, evitar el riesgo de ejercer el pensamiento crítico, eludir el compromiso de la reflexión, cosechar certezas fáciles, repetir ideas ajenas como si fueran propias, sentirse parte de un bando, diluir la responsabilidad de sostener una idea con argumentos, de someterla a la prueba de la realidad y, llegado el caso, admitir sus debilidades y falencias y transformarla. Es demasiado pedir en la era de la superficialidad extrema, del pensamiento y las palabras breves. Sobre todo, si abreviar equivale a mutilar y no a condensar sin alterar la esencia. Para certificarlo basta con leer tuits, posteos en portales de información, mensajes en las redes.

“Nada hay de malo en apartarse y reflexionar”, decía Susan Sontag (1933-2004), pensadora y ensayista, autora de obras claves del pensamiento contemporáneo como Contra la interpretación, La enfermedad como metáfora y El dolor de los demás. “Nadie puede pensar y golpear al mismo tiempo”, agregaba Sontag. El medio ambiente que habitamos muestra cotidianamente lo contrario. La suspensión de la reflexión y su reemplazo por el golpe, que puede tomar, además de su expresión física directa, la forma del insulto, la descalificación, la falacia ad hominem (atacar a la persona y no debatir sobre sus ideas), la difamación, la noticia falsa. Este guiso suele ser condimentado por los medios con su casi patológica inclinación a definir (y titular) como “polémica” cualquier actitud, declaración, acción, propuesta o conducta de cualquier persona. Como la palabra polémica deviene del griego polemos (guerra), y como toda palabra carga contenidos, aunque su emisor lo ignore, el abusivo uso de este vocablo es un constante llamado a la guerra, real o simbólica, sea por lo que fuere. Una actitud poco responsable (y reveladora de carencia de recursos) en tiempos que requieren calma, reflexión y escucha.

Al respecto, la lingüista Deborah Tannen se pregunta en su ensayo La cultura de la polémica: “¿Es necesario incluir en el género bélico cualquier tipo de intercambio para interesar a los participantes? Aun así, se corre el riesgo de que el interés de la audiencia decaiga al no encontrar mayor sustancia bajo el envoltorio”. Tannen llama “agonismo” a la actitud de oponerse por oponerse, de discutir sin escuchar, actitud que valora la agresividad como táctica sin otro objetivo que, justamente, discutir, agredir, confrontar. Como si fuera más importante demostrar la propia agresividad (igual que un patovica exhibe sus músculos) que pensar sobre una cuestión. Y el pensamiento, cuando no se ejercita, se atrofia. Tal como resulta evidente en este tiempo y en esta sociedad.

 

*Periodista y escritor.


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