lunes 04 de julio de 2022
COLUMNISTAS obsequios

Nellie, la madre del rey

04-09-2020 23:19

¿Madre hay una sola? Yo creo que hay muchas. Pienso en el nombre de la banda de Frank Zappa, The Mothers of Invention, un grupo genial. Y pienso en una madre que conocí en un departamento en el que vivía, que tenía un hijo discapacitado que sólo podía hablar como Chuwaca, el compañero de Han Solo, y la madre, por supuesto, lo entendía a la perfección y lo cuidaba de manera inspiradora. 

Nellie Pillsburg King fue madre soltera. Tuvo dos hijos –uno que era un verdadero demonio y casi hace explotar a su cuadra haciendo experimentos eléctricos– y otro menor un poco más opacado, pero muy imaginativo. En algún momento ella los dejó al cuidado de alguna hermana suya porque tal vez no estaba con la capacidad anímica de cuidar a dos críos. También, trabajando de un lado a otro para mantenerlos, se vio obligada a contratar una serie fractal de niñeras, de las cuales sobresalía Eula-Beula, una persona inmensa, que se la pasaba hablando por teléfono y pegando cachetazos de cariño a los hijos de Nellie. 

“Cada vez que veo filmaciones con cámara oculta de alguna niñera que le pega un tortazo al niño que le han confiado, me acuerdo de Eula-Beula”, recordó años después el hijo menor de Nellie. Eula-Beula fue despedida un día que le dio al pequeño Stephen siete huevos fritos que éste comió hasta quedar liquidado adentro de un placar y vomitó sobre los zapatos de la madre. A los cinco años, el pequeño Stephen le preguntó a su madre si había visto morir a alguien. Le dijo que a dos personas: una niña de siete años que se ahogó en un lago y un marinero que se tiró del techo de un hotel: “Reventó –dijo Nellie– lo salpicó todo con un liquido verde”, después le leyó un cuento a los niños y los tapó para que se durmieran. Pero el menor, Stephen, no pudo pegar un ojo en toda la noche. 

Por una enfermedad infantil, el niño Stephen no fue al colegio por un largo tramo y se la pasó en la cama leyendo los comics de Combat Casey. Se le ocurrió escribir algo copiando a esos relatos. Se lo leyó a Nellie. Y a ella le encantó: “Yo nunca la había visto poner aquella cara (al menos por mí) y me entusiasmó. Me preguntó si lo había inventado y no tuve más remedio que decirle que había copiado la mayor parte del relato. La cara de decepción que puso mi madre me hundió en un pozo, me devolvió la libreta y dijo: Escribí vos uno, Stephen, los comics de Combat Casey no valen nada”. Stephen terminó escribiendo un cuento con cuatro animales mágicos que iban en un coche viejo ayudando a la gente. “¿Este no es copiado?”, preguntó Nellie. “Le dije que no. Me dijo que valía la pena publicarlo. Desde entonces no me han dicho nada que me haya hecho tan feliz”. 

En el 58, Nellie consiguió un empleo en una lavandería de Stranford, donde era la única mujer blanca que trabajaba en el rodillo. También hacía changas horneando pasteles a las cinco de la mañana o planchando en la lavanderia en pleno verano con temperaturas de 43 grados y donde el jefe repartía pastillas de sal a la una y a las tres de la tarde. Por los trabajos de Nellie, la familia King eran nómades yendo entre Indiana, Wiscosin y Connecticut. Hasta que a sus hermanas se les ocurrió darle un trabajo especial. Pagarle para que cuidara a sus padres que estaban envejeciendo y tenían mala salud. Así que sentaron sus reales en Maine y Nellie se puso a cuidarlos. 

“Yo creo que mamá aborrecía su nuevo empleo. Queriendo cuidarla, sus hermanas sólo consiguieron  convertir a una madre autosuficiente, divertida y un poco loca  en una simple ayudante corta de fondos. La mensualidad que le mandaban cubría la comida, pero no mucho más. A los niños nos mandaban cajas de ropa. En cuanto se instaló en la casa de sus padres, mamá cayó en la trampa. A la muerte de sus padres, consiguió otro empleo, pero siguió viviendo en la misma casa hasta que se la llevó el cáncer. Tengo la impresión que en su larga agonía ya no veía la hora de marcharse”, rememora Stephen. 

Lo que le hicieron sus hermanas a Nellie fue lo que Lacan llama “el regalo envenenado”. Al final, por culpa de ese obsequio, terminó teniendo una vida que pareció escrita por Stephen King.

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