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06-11-2021-logo-perfil
. | Cedoc Perfil

Leo El duelo, de Joseph Conrad (traducido por Elvio Gandolfo, editado por Perfil Libros). Antes vi su versión cinematográfica, Los duelistas, filmada por Ridley Scott. Después pretendo cambiar de tema, de tema y de registro, y empiezo a leer un libro bien diferente: La historia de las marcas deportivas, de Eugenio Palopoli (editado por Blatt & Ríos). Tal vez por sugestión personal, tal vez por una cierta irradiación de intertexto, se me ocurre que algo hay de D’Hubert y de Feraud en la historia de los hermanos Dassler. Un enganche vitalicio de rencor y animadversión, traspasado a Adidas y a Puma. Es como si en La intrusa los hermanos Nilsen no hubiesen resuelto el conflicto matando a la Juliana: el desarrollo se habría ajustado perfectamente a la debida corrección hoy imperante, pero para Borges no habría habido cuento –y entonces para sus lectores tampoco. Imposible de compartir, pero imposible de dividir, la Juliana los habría mantenido para siempre unidos, pero no en la fraternidad como tal, sino en el encono, la sorda fricción, la disputa implícita, el perpetuo malquistarse. Yo no conozco Herzogenaurach, allá en el sur de Alemania, pero no ha de ser como Turdera (Turdera sí conozco). En cualquier caso los Dassler, a diferencia de los Nilsen, sí pudieron dividir lo que había en disputa: la fábrica paterna de zapatos. Hicieron dos fábricas distintas, una de cada lado del río que divide la pequeña ciudad en dos. Retomaron esa división. Y a la vez la reforzaron.

De un lado al otro, sin embargo, es decir de la rive Puma a la rive Adidas, se entabló un venenoso y duradero relojeo mutuo; separarse, después de todo, no les sirvió a los Dassler sino para crear otra forma de unión. Rompieron en efecto la sociedad comercial que los unía, pero con eso no hicieron más que entablar otra forma de vínculo; la de estar, a la distancia, cada uno pendiente del otro. En eso parece haber algo de la historia que cuenta Conrad. Ese duelo interminable que se prolonga, se reanuda y se eterniza en sucesivas reediciones, sin terminar de depararles lo que en principio los dos personajes más desearían: un desenlace.

Pero en el caso de El duelo de Conrad, el enganche no es parejo, no es mutuo. En rigor de verdad es Feraud quien se enquista con D’Hubert, y se enquista de manera tal que la inquina persiste y persistirá indefinidamente a lo largo del tiempo. Existe un lugar común según el cual “para pelear hacen falta dos”. La novela de Conrad lo desmiente. Es Feraud el que quiere pelear. D’Hubert prefiere salirse y prescindir, podría incluso olvidarse de todo; pero el otro, más que obstinado, vuelve siempre a aparecer y a entablar su desafío. Decir sí, decir no, no decir nada: todo es ya parte del juego. Es parte de ese absoluto que D’Hubert ha pasado a ser para Feraud. Algo así como la razón de su vida.

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Extraña disparidad, disparidad brutal: uno odia y el otro no, uno odia y el otro no siente nada. Cabe hablar de odio no correspondido, así como se habla de amor no correspondido. Y así como se dice de un amor que es el amor de la vida para alguien, D’Hubert es para Feraud el odio de su vida. Tan pleno y tan duradero como un amor. Y tan hiriente, tan insoportablemente hiriente, ante la falta manifiesta de reciprocidad. D’Hubert se ve capturado, y por momentos agobiado, ante la fijación de la obsesión de Feraud. Ser la obsesión de la vida de otro, ser la razón de vivir de otro cuando ese otro en verdad no importa, puede llegar a ser fatigoso. Sobre todo si ese otro, para uno, es nadie. Y si encuentra, en el odio irrenunciable, la única chance de cobrar alguna entidad, aunque penosa, aunque desesperada, aunque estéril.

El final de El duelo es importante: D’Hubert no va a darle muerte a Feraud, aunque lo vence en un enésimo duelo. Lo que tiene para darle es otra cosa: su desprecio. Y más que su desprecio, su simple indiferencia. Pero la indiferencia de por sí no es la manera de salirse de la serie de duelos que impone Feraud, es la manera de ganarlos. Para deshacerse de Feraud, D’Hubert tiene que enterarse de Feraud. Y entonces sí, sencillamente, encogerse de hombros.