sábado 25 de junio de 2022
COLUMNISTAS tramas

Odio y futuro

01-10-2021 23:55

Cansada de este presente aún demasiado incierto para mi gusto, pretendí especular sobre el futuro, ver más allá, como hacen los grandes. “¿Cuál es el hito que define nuestro momento en la Tierra?” Pregunté, para arrancar, a mi hijo adolescente. “Internet”, dijo, y añadió que yo soy A.I. y los suyos D.I. (antes y después de Internet), afirmación que me hizo sentir obsoleta, de modo que redireccioné el pensamiento a una idea que aparece cada vez con más insistencia en los discursos del poder: eliminar el odio. ¿Futuro sin odio? “La crítica y la disidencia son el cuerpo que hay que proteger para que crezca bien y no degenere en posibles enfermedades, entre las cuales existe el odio, que es la disidencia llevada a su figura hiperbólica”, apunta el polémico filósofo italiano Diego Fusaro, obsesionado con el riesgo de perpetuarse que acarrean los mecanismos de control que activó la pandemia, presentados como excepcionales. Odio y control o, mejor dicho, nada de odio y máximo control sería el combo número uno de este período extraordinariamente contradictorio en el que biopolítica y biotecnología son conceptuadas como llaves de la paz venidera para algunos y puertas al cadalso para otros. 

“Tengo que ir a Vigilar y castigar”, me dije en un lapsus, pero los intentos recientes de cancelar a Foucault me hicieron volantear a Carl Schmitt y corrí a buscar una cita que recordaba vagamente, leída en un ensayo de Andrés L. Rolandelli; también estaba Marx, que siempre aparece: “Una de las intuiciones de Karl Marx sociológicamente más fecundas es haber dado a reconocer que la técnica es realmente el principio revolucionario, y que a su lado todas las revoluciones basadas en el derecho natural resultan arcaicas niñerías. (...) una sociedad construida solo sobre el progreso técnico no puede ser sino revolucionaria: pero una sociedad así pronto se habrá aniquilado a sí misma y a su técnica”. Quedé en ascuas: ¿Nos hacemos mejores, marchamos al colapso o tendremos que pilotearla en el “capitalismo poshumano” que vaticina el mediático Slavoj Žižek? 

“Los filósofos no saben profetizar –reprobó un amigo seudolibertario–, mejor dale bola a Bill Gates”, así que fui a leer las últimas noticias que lo tienen como protagonista y el énfasis de la prensa en calificarlo de filántropo me dio escalofríos así que recurrí directamente a su blog para dar con distintas predicciones sobre la salud universal y el cambio climático de cara a la mentada Agenda 2030. Empecé a columbrar que, para alguien como yo, que ni siquiera puede concretar un viaje pautado para 2021 porque el país de destino no recibe argentinos, por más vacunados que estén, pensar a 10 años es mucho. “Mejor ir a Oriente –pensé a esta altura más guiada por la tozudez que por el futurismo– de la metafórica mano de Yuk Hui, quien, para algunos, destronará a Byul Chung Han”. Me gustó que reniegue de la idea de una tecnología universal y que critique al transhumanismo pero me aterró al comparar el covid con Fukushima, asegurando que “este tipo de accidentes va a continuar en un futuro cercano” y al preguntarse si “vamos a utilizar la misma forma de inmunología/inmunidad” para rematar con que “tal vez esto continúe porque nadie va a gestionar el cambio”. Creí no poder sentirme peor, pero al caer en un texto de Bifo Berardi (había evitado leerlo ex profeso cuando salió y había hecho muy bien) diciendo que “debido a la reducción de los márgenes de utilidad, el capitalismo se está volviendo enemigo mortal de la vida humana que no vale nada” y que “se prepara un Holocausto de proporciones tan enormes que el pasado Holocausto parecerá como una minucia” casi me desvanezco. 

Para calmarme (o tal vez para resucitar) repasé los pifies de tantas predicciones a lo largo de la historia, las vueltas de tuerca de la trama universal; y concluí que mejor especular sobre el presente, que al futuro le entren los que pueden, que a mí solo me da para intentar sacar alguna ventaja de ser A.I. y, por lo tanto, de haber visto el viejo mundo. Y si el odio es una “una tristeza acompañada de una causa exterior”, como dijo Spinoza, lo mejor será aceptarla y dejar de fantasear con la abolición de sus síntomas.