viernes 19 de agosto de 2022
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Parajes

Las dos tenemos en la lengua una música mesopotámica, más pronunciada en ella porque, ay los correntinos, las correntinas, tienen esa elle hermosa que no se pierde nunca.

11-12-2021 23:55

Hace unos años tomamos un café con Cristina Iglesia en La Perla. Ella vive en Once y yo viví en el barrio cuando recién llegué a Buenos Aires. Me encanta el caos de esa parte de la ciudad, los inmigrantes mezclados con los provincianos como yo, vendiendo biyuterí, torta asada, bombachas de nylon, perfumes, esos chifles que imitan el maullido de un gato al que se le pisó la cola. Pasé por ahí, salida del subte, y llegué al bar también ruidoso aunque Cristina había elegido una mesa donde pudimos charlar sin levantar la voz. Las dos hablamos despacio, las dos tenemos en la lengua una música mesopotámica, más pronunciada en ella porque, ay los correntinos, las correntinas, tienen esa elle hermosa que no se pierde nunca (hace poco una amiga me contó que su madre es correntina y que se fue de la provincia hace cincuenta años, jurando no volver. No volvió. Mi amiga maneja y yo cebo mate, suena su teléfono, atiende con el altavoz, es su madre, la escucho: el acento sigue allí, intacto. No sabemos qué le pasó para determinarse a no pisar nunca más Corrientes, pero la elle sigue ahí como un pedacito de estero, de palmeral, enganchado en su lengua). Aquel café era porque había leído Corrientes, un libro delicado, con algunos trazos autobiográficos, estampas de un campo sin soja, con gauchos a caballo y en patas como monta el guacho correntino, un puñadito de relatos que se leen sin orden. Había visto el libro en una librería, una edición de Beatriz Viterbo, lo compré por el título, porque todo lo que tiene que ver con Corrientes me fascina. Uno de aquellos relatos se sitúa en el leprosario de la Isla del Cerrito y aunque lo haya leído hace ocho años o más lo tuve muy presente cuando por fin visité la isla hace dos o tres meses. Se lo cuento ahora a Cristina cuando volvemos a charlar porque sacó otro libro (en el medio hubo otro también precioso, Justo entonces, en ese estilo que ya es suyo, una brevedad híbrida donde lo biográfico y la ficción se juntan como se juntan las aguas del Paraguay y del Paraná frente a Cerrito). Me dice que solo volvió una vez para acompañar a un documentalista, pero que la isla de hoy no tiene nada que ver con aquella donde fue la niña sana, hija del director del leprosario, la niña solitaria que espiaba a los enfermos desde lejos, la que se sentía más parte de ese pueblo-hospital que de la ciudad a la que regresaba obligada por la escolarización. Isleña es el relato que cierra su nuevo libro, el que nos reúne de nuevo, Parajes, publicado por Nudista. Otra vez el campo familiar, cerca de la ciudad de Mercedes, adonde Cristina vuelve cada año por unos meses. Un paisaje encendido por el fuego de los pastizales, salpicado de garzas, de lagunas, del que alguna vez se huyó porque llegaba el ejército tirando puertas abajo; la ciudad de Corrientes donde las muchachas andan en moto, con camperas de cuero, por la costanera y también ciudades lejanas visitadas, habitadas por algunos meses: Perissa, Roma, Nueva Orleans, Berlín; y el Gauchito Gil, los promeseros a caballo, la mafia telúrica que se extiende sobre el paraje santo. Mi relato favorito de este libro donde todos los relatos son hermosos, es Horse: la seducción de los caballos y el padre que le regala su tesoro, la pequeña camisa azul y fucsia del jockey Olivera: “Me la dio acomodada entre papeles de seda en una caja de zapatos gris: él mismo, que no sabía hacerlo, lavó y planchó la prenda minúscula para que yo la guardara como recuerdo suyo”.

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