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COLUMNISTAS / imposibilidades
viernes 31 julio, 2020

Pedagogía del desasosiego

Foto: Cedoc

120 días después, completamos nuestro curso de “Literatura del Siglo XX” de este año de manera remota. Nuestro gran éxito fue haber podido sobrevivir a la hostilidad del mundo, a la excepcionalidad de la situación, incluso a la melancolía de lo déjà fait.

El curso respondió a un entusiasmo pedagógico, o dos, o tres. El primero se relaciona con un campo de tensiones que una institución (la Facultad de Filosofía y Letras) nos encomendó que interrogáramos: la Literatura del Siglo XX. Desde hace años, como cátedra constituida, venimos inscribiendo con cierto entusiasmo nuestra pedagogía y las investigaciones que con ella asociamos en el campo de la Literatura Mundial. 

Lo segundo que, como docentes y críticos, suele arrebatarnos es la relación de algo que ya ha pasado (el siglo XX y sus literaturas) con el presente. Entendemos nuestra propia práctica como una arqueografía de lo que somos y de lo que leemos. No proponemos textos de un canon pretérito sino que sometemos esos textos a principios de articulación que, creemos, sirven para interrogar el hilo de sombra que va trazando el sol en su movimiento hacia nuestra propia noche (que es también la promesa de una nueva mañana).

Es por eso que últimamente nos obsesiona lo que vive todavía y la comunidad de la que participa. Si la cátedra es el lugar de todos los intercambios lo es porque, a su manera, se deja arrastrar por un principio de comunidad y las tecnologías que permiten que esa comunidad se sostenga.

Hemos definido nuestro campo de operaciones en relación con el presente y hemos puesto a los estudios literarios que proponemos a la sombra de una ética. 

Pero además, hemos investigado la fuerza de una pedagogía virtual (a través de internet), que sin desdeñar los afanes de la textualidad, funcionara a la distancia, en la distancia, por la distancia. 

El curso que acabamos de terminar es, pues, un manual de enseñanza no presencial que también puede entenderse como un manojo de cartas de amor. Amor a la letra, a la enseñanza y al trabajo en común.

La literatura es también un viaje: el momento en que la literatura se confunde con una experiencia, no necesariamente de orden estético. De modo que si bien muchos de los objetos que analizamos responden a demandas específicas (académicas o, para ser más precisos, de mercado institucional), hemos tratado, cada vez, que los textos respondieran a una experiencia (¿acaso la escritura es otra cosa?). 

Si es cierta la sentencia de la filosofía más actual y más alemana en el sentido de que el humanismo ya no nos sirve como dispositivo para amansar a las fieras, también es cierto que eso nos obliga a sostener, sobre todo en el desasosiego, las viejas utopías de aquellas humanidades cuyo amparo nunca debimos rechazar.     

Precisamente por eso es que nos pareció necesario insistir en el lugar de la lectura, de la literatura, de los profesores y de los intelectuales en este Brave New World que nos toca atravesar y en el cual (soy consciente de la paradoja) sólo las tecnologías comunicacionales de última generación parecen garantizar nuestra supervivencia. 

Tuvimos que hacer frente a varias imposibilidad históricas: el aislamiento, la pobreza de recursos institucionales, la incertumbre sobre el futuro, la crisis política y una creciente paranoia como discurso dominante. 

Somos ese sujeto a quien cada vez más las condiciones históricas le impiden hablar. La pregunta “¿Es posible continuar?” parecía hace eco en el vacío.

Si la voz de la época dice que no está garantizado el derecho a la existencia del arte, ahora podemos comprender cómo la literatura ha encontrado maneras de sortear la piedra en el camino, el cansancio, para proponer mundos para el día después de mañana. Haciendo como que no oyó nada. 

A veces hay que hacerse el sordo para sobreponerse a las imposibilidades que nos marcan los tiempos. No estamos hablando sólo del placer (cada cual encontrará placer en lo que quiera), sino de nuestra responsabilidad ante la historia: la historia y el futuro de la lectura. La historia y el futuro de la democracia y de la vida. 


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