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COLUMNISTAS / hipertrofia de la innovacion
domingo 3 noviembre, 2019

Por qué Dylan venció a Balcarce

Estos cuatro años fueron inéditos porque un administrador no peronista ni radical convocó para gestionar a una amplia mayoría de CEOs.

por Gustavo González

Sucesión. “Nosotros tuvimos a Balcarce, un invento comunicacional. Y se terminó notando que Mauricio no tenía nada que ver con el animal. Como se nota que el perro de Alberto es de verdad”. Foto: Pablo Temes

Aún no se sabe todo lo que se terminará junto a estos cuatro años de gobierno de Macri. Pero es probable que lo que se termine sea más que cuatro años de gobierno de Macri. Pasaron cosas, muchas.

Pasó que por primera vez una alianza social policlasista llegó a elegir la representación política de alguien que no provenía del peronismo. Macri tuvo la oportunidad de profundizar esa alianza y de corporizar una síntesis histórica superadora del peronismo y el radicalismo.

Hoy se sabe que no lo logró y que después de los resultados económicos de su gobierno, esa alianza perdió en el camino a una porción importante de los sectores pobres que no volvieron a votar a Macri. Y desgastó y de-silusionó a sectores medios y altos que igual lo votaron frente al temor que para ellos sigue generando el kirchnerismo.

Restaría saber a cuánto se reduciría ese 40% que obtuvo si se contara solamente el voto del elector genuino, satisfecho con su gestión, suponiendo que en el futuro el voto anti K podría diluirse o buscar otro candidato.

También pasó que, por primera vez en la historia, un gobierno no peronista estaría finalizando su mandato dentro de los plazos originales. Lo que en otro país es una aburrida normalidad, aquí es un logro institucional y un eventual activo político.

El país no es una empresa. Estos cuatro años, además, fueron inéditos porque un administrador no peronista ni radical convocó para gestionar a una amplia mayoría de CEOs. El objetivo verbalizado era trasladar el éxito y su expertise en el mundo empresario a la administración pública. Y reemplazar a los políticos y dirigentes “contaminados” por las mañas y corruptelas de la vieja política.

Lo que se demostró es que se puede gestionar el Estado a través de un trato respetuoso con los privados e, incluso, conseguir mejores precios para la construcción de obras públicas. Lo que estuvo lejos de demostrarse es que un país se puede manejar como se maneja una empresa privada. Empezando por el propio Macri.

Lo explicó Paul Krugman en su artículo “Un país no es una empresa”: “Así como lo que los estudiantes aprenden en Economía no les servirá para echar a andar un negocio, tampoco lo que los empresarios aprenden operando una empresa les ayudará en formular políticas económicas”.  Se necesita más que eso. Para Krugman, el trabajo de un empresario o un CEO consiste en ganar dinero, no en crear empleo y, a veces, ni siquiera en desarrollar empresas duraderas. Lo que suelen buscar es el máximo rendimiento posible.

Macri y sus CEOs aplicaron desde el primer día la razonable lógica empresaria de que no se puede gastar más de lo que se tiene, sin entender que para alcanzar el mismo objetivo en una empresa/país con 44 millones de habitantes se requiere, entre otras condiciones, amplios consensos. Sobre todo cuando se trata de drásticos ajustes para alcanzar el déficit cero: es necesario explicárselo a todos y dialogar con los representantes políticos de los millones de argentinos que no habían elegido a Macri, para convencerlos y conseguir que convenzan a sus representados.

El marketing electoral será otra víctima de la derrota. Se asociará el nuevismo al fracaso de la gestión Macri.

Quien maneja un país no es el dueño del paquete accionario, y su futuro en ese cargo depende del voto que le den los ciudadanos, que no son sus empleados. Ahora, por ejemplo, la mayoría de ellos le revocó el mandato y eligió otro gerenciador.

El peligro que trae aparejada la derrota del macrismo es que además de cristalizar el fracaso de los CEOs en la gestión pública, también se den por fracasadas las mejores prácticas institucionales y de racionalidad económica que algunos de esos funcionarios llevaron adelante.

Crisis del marketing. Lo que también revelaron estos años es que las mismas técnicas de marketing que pueden servir para llegar al poder, no alcanzan para permanecer en él. Y hasta pueden convertirse en un significante social de la derrota.

La duda es si aquella alianza policlasista que ayer se había sentido seducida y reflejada por un marketing que exaltaba el nuevismo del PRO (informalidad, redes sociales, liviandad política, lejanía de los partidos tradicionales), en el futuro asociará esas características al fracaso de una gestión.

Como el truco de los magos, la innovación es una cualidad de los creativos hasta que se descubre que es solo una estrategia de campaña. Cuando se revela el truco la magia deja de tener efecto.

Lo que pasó con el macrismo es una hipertrofia de la innovación, un gobierno en el que la genialidad de sus estrategas electorales llegó a reemplazar el rol de la política, y quienes debían ser los conductores se dejaron conducir por los resultados de los focus group. La culpa no es de los consultores. Es de los políticos.

Esa hipertrofia inventiva fue producida por la retiración de los trucos en medio de una crisis que nunca se superó.

Así, lo que antes parecía fresco y cool se empezó a percibir como artificioso y electoralista. Demasiado nuevismo se volvió viejo.

 Al punto de que después de las PASO Macri decidió asumir la campaña tradicional de los actos en todo el país, con los típicos discursos prolongados y pasionales que esperan esas movilizaciones. Es probable que parte del repunte de las elecciones generales se haya debido a ese regreso a la campaña clásica.

Fernández es el regreso a cierta modernidad clásica, frente a una posmodernidad que está en crisis en el mundo.

¿Vuelve la modernidad? Desde el principio, los estrategas electorales de Alberto Fernández descubrieron, o intuyeron, que una parte de la sociedad comenzaba a asociar mala gestión de gobierno con exceso de marketing, y a los mensajes breves del oficialismo con contenido hueco.

Cerca de Alberto explican que él deshechó de entrada los artificios de la mercadotecnia electoral. Más por instinto político que por análisis sociológico. Por eso era criticado por expertos del macrismo y hasta de su propio entorno.

Uno de los principales estrategas de Macri simboliza ahora su éxito en la imagen de Alberto paseando a su perro Dylan: “Nosotros tuvimos a Balcarce, pero fue un invento comunicacional y se terminó notando que Mauricio no tenía nada que ver con el animal, que no era natural. En cambio, la gente se dio cuenta de que el perro de Alberto es de verdad y que él lo quiere”.

La metáfora se extiende a Alberto tocando la guitarra, riendo con amigos, fotografiado con su pareja, abrazado a su hijo. Fernández significó el regreso del candidato tradicional, casi anticuado: el candidato de los discursos largos, con bigote, ropa formal y entonación gardeliana.

El marketing y la consultoría política también fueron víctimas de la derrota macrista. Lo mismo que la posmodernidad política, de la que Macri y los suyos fueron fieles reflejos. El problema es que los tiempos posmodernos también están en crisis, y no por culpa de Macri.

La modernidad está de vuelta en el mundo, convertida en hipermodernidad. Lo que sale de esa mezcla rara de posmo y moderno es Trump como revival de la Guerra Fría, Bolsonaro y Maduro como herederos de los liderazgos caricaturescos de los 60 y 70 o el regreso de los nacionalismos extremos. También el kirchnerismo es exponente en la Argentina de esa hipermodernidad, de la militancia setentista, pero con OSDE.

Sin embargo, el presidente electo parece más una resurrección de lo moderno, del peronista clásico, de lo que simboliza Litto Nebbia y el rock nacional frente a la liviandad festiva de Gilda y la cumbia.

 Y como todo presidente electo, Fernández tiene una gran ventaja. Todavía no empezó a gobernar.


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