domingo 18 de abril del 2021
COLUMNISTAS opinión
07-03-2021 03:06

Régimen discursivo

¿Cómo llega este bloque de poder a definir como comunista a un gobierno extremadamente moderado como el actual?

07-03-2021 03:06

En este último año, en los medios hegemónicos se menciona insistentemente la palabra “comunismo” para definir la situación presente en Argentina. También lo escuché en muchos de los participantes de las marchas que organiza el PRO, como la de hace una semana. Se usa “comunismo” para describir el sistema político-económico al que estaríamos sometidos bajo el gobierno de Fernández. Es este un tema sobre el que conviene reflexionar con la mayor profundidad posible –aun en el breve espacio del que dispongo–, en un horizonte en el que el PRO, sus aliados, una parte significativa de sus votantes y los demás integrantes de la alianza de poder de la que el PRO es su brazo político (los grandes medios, el capital financiero, el núcleo duro del campo, sectores claves de la justicia y los servicios de inteligencia, e incluso de las fuerzas de seguridad) van tomando, día a día, posiciones de derecha extrema, en un régimen discursivo al que se podría denominar “posverdad” (ni “posverdad” ni “derecha extrema” son términos que me satisfacen: a falta de espacio aquí para repensarlos como correspondería, los uso solo con el fin de no demorarme). 

¿Cómo llega este bloque de poder –el poder real en Argentina, como en otros lados– a definir como comunista a un gobierno extremadamente moderado como el actual? Aquí una hipótesis, rápida y de trazo grueso: después de la Segunda Guerra Mundial el capitalismo occidental, ante el temor de un avance del socialismo real y demás izquierdas de tipo marxista, fundó un tipo de capitalismo aliado con un modelo de democracia que incorporaba la noción de derechos (sociales, laborales, etc.) con gobiernos de tipo socialdemócrata o socialcristiano. Hacia fines de los 70, el neoliberalismo (en el hemisferio norte y en las dictaduras del Sur) toma conciencia de la derrota de la izquierda y del fin de cualquier riesgo revolucionario. Y define como enemigo, por lo tanto, no a la izquierda –que ya no tenía capacidad de acción– sino a la socialdemocracia y el socialcristianismo, es decir, a las democracias que incorporaban la noción de derechos. La victoria neoliberal, al mismo tiempo que brutal, fue sencilla (pocas cosas colaboraron más que la debilidad intelectual y ética de la socialdemocracia). Abolida (o disminuida al mínimo) la democracia basada en la noción de derechos (“derecho” es la palabra prohibida del macrismo: nadie jamás en Juntos por el Cambio la pronuncia), neoliberalismo pasó a ser sinónimo de capitalismo. Ya no había dos tipos de capitalismo (ambos basados, por supuesto, en la propiedad privada y en la explotación del hombre por el hombre), uno que se aunaba con democracia y derechos y otro que concebía un poder hegemónico de las grandes corporaciones financieras sin (o con muy pocos) derechos, sino ya un solo tipo de capitalismo: el neoliberal. En esta dinámica, aquel que se opone al neoliberalismo se opone, bajo este régimen discursivo, al capitalismo mismo. Es decir, aquel que se opone al neoliberalismo se convierte en anticapitalista, o sea, en comunista. El procedimiento es de una lógica implacable y aterradora. La pregunta es: ¿está el discurso de tipo socialdemócrata o socialcristiano (lo que aquí se encarnaría en un peronismo de centroizquierda) en condiciones intelectuales-políticas de desbaratar esa lógica? Tengo muchas, muchas dudas.

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