miércoles 06 de julio de 2022
COLUMNISTAS Silencios

Revolución permanente

17-06-2022 23:55

En su Lección inaugural en una de las más altas instituciones de enseñanza, Roland Barthes sostuvo, con una temeridad admirable, que “la lengua, como ejecución de todo lenguaje, no es ni reaccionaria ni progresista, es simplemente fascista, ya que el fascismo no consiste en impedir decir, sino en obligar a decir”.

Como es imposible escapar a ese poder omnímodo y al mismo tiempo gregario, Barthes propuso una única escapatoria: “Hacer trampas con la lengua, hacerle trampas a la lengua” y hacía coincidir esta treta saludable, ese magnífico engaño “que permite escuchar la lengua fuera del poder, en el esplendor de una revolución permanente del lenguaje” con lo que se reconoce como literatura.

Entre nosotros, Santiago Kalinowski caracterizó los usos inclusivos del lenguaje como hechos retóricos y no lingüísticos y, en estos días, sostuvo que la intervención inclusiva afecta, en realidad, cuatro o cinco palabras.

El lenguaje no es solo un sistema de signos, sino también un vehículo de expresividad. De ahí que las gramáticas tensivas pongan el acento en la subjetividad y en el acontecimiento de discurso. De modo que todo aquello (no importa qué: una “e”, una “i” o un plural supuestamente mal formado) que en el uso del lenguaje exprese un cierto desacuerdo en relación con el sistema categorial de la lengua merece una escucha (si se quiere: una escucha crítica).

La reciente resolución de CABA es desafortunada por varias razones. Tal como está formulada, imposibilita la enseñanza bilingüe, tanto en lenguas de prestigio (inglés, francés) como en lenguas aborígenes (guaraní, por ejemplo). En lugar de fundamentar la decisión en una institución decadente y antipática como la RAE, pudo haber recurrido a los LAD (Language Acquisition Devices), según los cuales las lenguas se incorporan en principio por sus regularidades, y legislar solo para la primaria. Atribuir los pobres resultados en las pruebas de rendimiento escolar al uso en el aula de lenguaje inclusivo es, en el mejor de los casos, ingenuo y en el peor una estrategia para autoexculparse y pensar que salvado el escollo de la “e” o la “x” todo volverá a ser un paraíso sarmientino.

Si lo que se busca son las formas que, en la lengua, nos permitan enfrentar el patriarcado, la discriminación y la ignorancia de las nuevas identidades no binarias, no se entiende por qué la escuela debería quedar al margen de esa busca.

Obligados a callarnos y a una lengua sin expresión (muerta), ¿cómo podríamos dar sentido a nuestro silencio?