3rd de March de 2021
COLUMNISTAS opinión
21-02-2021 04:49

Concursos en San Pablo

El mundo de Madalena Schwartz está hecho de travestis, transformistas y en general la escena gay de los 70 en adelante.

21-02-2021 04:49

Tengo decenas de amigos que conocen Brasil, pero pocos que hayan ido a San Pablo y ninguno que le guste esa ciudad. Es verdad que San Pablo es inmensa, fea, invivible, peligrosa, sucia y, en buena medida, carente de gracia. Sin embargo, me gusta mucho. Es más, probablemente me guste mucho precisamente por eso. Es una ciudad en la que viviría o, en el peor de los casos, iría año a año, como me sucedió casi siempre en la última década. De hecho, no solo soy el único entre mis amigos que ama San Pablo, sino también, probablemente, debo ser el único que no conoce ciudades balnearias en Brasil (salvo Río de Janeiro y Paraty, adonde fui por razones profesionales) y que, en cambio, conoce los sebo paulistas casi como un nativo. Además, me gustaría vivir en un piso alto en la avenida Paulista –lugar maravilloso, epicentro del caos urbano–, me siento feliz caminando por el centro, aunque por momentos parece haber sido bombardeado o sufrido un terremoto; me gusta comer comida japonesa berreta en Liberdade mientras miro la autopista que pasa por debajo, mucho tiempo tuve un amigo –que en verdad me caía mal–, de quien aceptaba su invitación anual a cenar en su casa solo para entrar al edificio Martinelli, donde él vivía, el más imponente de Latinoamérica. Durante todos estos meses escuché, entre otros periodistas de TN y La Nación, al teledoctor Castro decir una y otra vez que la Sputnik V era poco menos que venenosa y, amparado por su prestigio intelectual y su sabiduría médica, por supuesto creí en sus comentarios. Ahora que se sabe que no es así (cualquiera puede tener un error: jamás dudaría de su honestidad intelectual), espero que pronto pase todo esto, pueda vacunarme e ir a San Pablo. 

Pero si pudiera ir hoy mismo, si por alguna razón en vez de estar aquí, en la habitación de un hotel de pasajeros en Constitución, pudiera estar justamente en la avenida Paulista, lo primero que haría es ir al Instituto Moreira Salles a ver As Metamorfoses. Madalena Schwartz, travestis e transformistas na São Paulo dos anos 70, muestra curada por Gonzalo Aguilar y Samuel Titan Jr., de por sí garantía de creatividad y rigor intelectual. Fotógrafa, Schwartz nació en Budapest y murió a principios de los 90 en San Pablo, ciudad en la que vivió más de treinta años. Yo había visto alguna de sus obras (como las que están en el Museo Nacional de Bellas Artes, gracias a la donación de Sara Facio) y otras fotos, precisamente en el Moreira Salles, hasta que no hace mucho, en 2019, en la terraza de la Martin Fontes de la Paulista, pegué un saldo de Crisálidas, libro que compila sus mejores fotos, objeto extraordinario. Pues, imagino que una muestra de la envergadura de As Metamorfoses… debe ser única. Schwartz es una de las más grandes retratistas de nuestro tiempo. Su mundo está hecho de travestis, transformistas y en general la escena gay de los 70 en adelante, fotografiado con una mezcla de complicidad, precisión documental y la búsqueda de una expresividad radical. 

Hasta mediados de los 60, Schwartz trabajaba como lavandera no lejos del edificio Copan, obviamente en San Pablo. Por azar, en un concurso escolar, uno de sus hijos ganó una cámara fotográfica, que inmediatamente fue usada por ella. La vida de Schwartz cambió para siempre, y la de los amantes de la fotografía también.

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